“Somos kurdos, pero también sirios”: el regreso al barrio donde comenzó el colapso del Kurdistán sirio
El pequeño Ahmed acababa de llegar del colegio cuando estalló la violencia. Había sido una mañana normal en Sheij Maqsoud, barrio de mayoría kurda y hasta ese 6 de enero bajo control de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), también de liderazgo kurdo. Con las primeras explosiones, los vecinos bajaron a refugiarse entre las esquinas de la casa de Fátima Ahmed. Los pisos bajos son más seguros: las bombas suelen caer en las azoteas, además de que hacen más corta la huida.
Al segundo día de ataques, las súplicas de Ahmed, de 10 años, —“mamá no podemos estar aquí, vamos a morir”— forzaron a la familia a hacer las maletas. Antes de tomar el corredor humanitario que volvió a anegar de exilio las calles de Alepo, Fátima quemó sus libros de kurdo.
Sobre una colina con una vista privilegiada en el extremo norte de la ciudad, hileras de lo que fueron bloques de viviendas, ahora reducidas a sus estructuras quemadas, preceden al checkpoint de entrada a Sheij Maqsoud. Refugio diverso de etnias y confesiones, el barrio llevaba bajo control de las FDS desde 2012. Durante ese tiempo ha sido objetivo tanto de la furia del régimen de Bashar al Asad y los aviones de combate rusos, como de los grupos rebeldes ahora en el poder en Damasco.
Hasta quienes viven cerca de lo que fue el frente de batalla han perdido la cuenta de qué agujeros en las fachadas son de los últimos enfrentamientos o cuáles del pasado, o cuándo fue que quedaron completamente inutilizables el colegio y la mezquita aledaños.
Tantos han sido los ciclos de violencia que con hartura y casi humor, Fátima Barbaneh, de origen árabe y profesora de 25 años, llama a este último estallido “guerra psicópata”: “14 años en conflicto no es un número, es mi infancia destruida. Estaré en contra de todo aquel que quiera volver a llevarnos a lo mismo. Ya es suficiente”.
14 años en conflicto no es un número, es mi infancia destruida. Estaré en contra de todo aquel que quiera volver a llevarnos a lo mismo. Ya es suficiente
Sheij Maqsoud y el pueblo vecino de Ashrafiyeh, con unas características muy similares, han sido durante este último año una suerte de islas bajo control de las facciones kurdas en una ciudad ya ampliamente unificada bajo el mando del Gobierno que dirige Ahmad al Sharaa, antiguo líder de la Al Qaeda en Siria y a quien el Consejo de Seguridad de la ONU levantó las sanciones por terrorismo en noviembre del 2025. Ambos barrios quedaron como avanzadilla del más amplio territorio kurdo, conocido como Rojava, que se extendía hacia todo el noreste petrolero del país. Un experimento de convivencia fallido en la nueva Siria.
La caída de Bashar al Asad en diciembre de 2024 puso fin a una guerra civil que desangró y dividió Siria en un mosaico de milicias y grupos armados. El nuevo régimen se propuso retomar el control sobre el territorio y en marzo de 2025 llegó a un acuerdo con las facciones kurdas para integrarlas en el entonces naciente Ejército nacional sirio. Pero al terminar el año los resultados no eran satisfactorios para Damasco. Hubo una ronda de negociaciones mediadas por la misión estadounidense contra el terrorismo que, sin embargo, fue interrumpida de golpe. Antes de que hubiera tiempo para retomarlas, la guerra comenzó en los barrios kurdos de Alepo. Ambas partes se acusan mutuamente de haber disparado primero.
Seis días de combate. 80 muertos, entre ellos civiles, y 140.000 personas desplazadas. Cuando regresaron, algunas al cabo de varias semanas, no había ni rastro de Qassad, la palabra en árabe para referirse a las FDS. Durante esas semanas de incertidumbre, tanto Fátima Ahmed como Sibar Haçi, también kurda, encontraron refugio en casas de familiares en los alrededores de su ciudad natal de Afrín, de mayoría kurda controlada por milicias turcas desde 2018. “Pensé que me volvería a quedar sin casa”, rememora Sibar, a quien las guerras han forzado hasta cuatro veces a abandonar su hogar. “Cuando volvimos a Sheij Maqsoud estuvimos varias semanas sin Internet ni electricidad, solo agua fría. Vivir así es tan incómodo que no te sientes como un ser humano”, continúa.
Sibar no quiere hablar de partidos políticos, tiene suficiente con sacar adelante a sus cuatro hijos con el sueldo semanal que su marido gana como sastre. Sí reconoce que se sentía más segura bajo el control de las FDS, con quienes tenía claro que los elementos principales de su identidad, que son su lengua kurda y sus fiestas tradicionales, estaban garantizados. Pide “seguridad y trabajo” a quien sea que gobierne.
Mientras Sibar habla, su vecina árabe Zobida Abosouf teje en silencio una bufanda. Las familias de ambas pasaron las primeras horas de los ataques juntas. Zobida también arrastra una larga historia de desplazamiento y pérdida dentro del mismo Alepo. En un primer momento dice que el cambio de mando en Sheij Maqsoud no le importa demasiado, pero después expresa cierto alivio de que la comunidad sea integrada en el resto de la ciudad. Con Qassad, comenta, había muchas duplicidades: dos retenes de entrada, dos sistemas educativos, identificaciones y un sistema de seguridad con contraseñas. Ahora espera que el día a día se simplifique.
Entre sorbos de té, de la calle se cuela la música de una boda kurda, recuerdo de que la vida se abre paso con urgencia. A pocos metros de los edificios maltrechos que marcan la línea de frente, donde todavía quedan casquillos de las balas y los sacos de arena donde se apostaban los francotiradores de Qassad, una nueva cafetería da la bienvenida a sus clientes. En las arterias principales, embarradas del invierno lluvioso, gritan los fruteros y pasean sus productos los vendedores ambulantes.
Ruge el adhan—el llamado al rezo de las mezquitas— del mediodía y una avalancha de niños muy pequeños sale del colegio. Hay dos escuelas juntas: Eye Qassem, en honor a una niña asesinada por una bala perdida en el recreo hace más de una década; y Alan Mihemed, renombrado así por un niño que falleció ahogado en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa. La violencia de los adultos permea la infancia, y los últimos enfrentamientos de la “guerra psicópata" están dejando una peligrosa huella sectaria que empieza tomar forma desde las edades más tempranas.
Hace poco, Ahmed le preguntó a Fátima si los combatientes kurdos y árabes a los que escuchó pelear en las calles de su vecindad seguirían enfrentándose a muerte en el cielo. Karim Barbaneh, de 12 años, cuenta que desde la “Liberación” —como se conoce en Siria el momento de la caída de Assad— empezaron los roces entre compañeros que llevaron a clase banderas y globos con las tres estrellas rojas de los grupos rebeldes y otros que se molestaron ante ese símbolo. Desde entonces, recuerda, se empezó a diferenciar entre árabes y kurdos en Sheij Maqsoud.
El asedio de Kobane
La operación del Gobierno sirio que comenzó en la devastada Alepo, en Sheij Maqsoud y Ashrafiyeh, continuó su avance hasta tomar casi todo el noreste kurdo. Sucedió en apenas horas. Las principales alianzas de las FDS cambiaron de bando: Estados Unidos y las tribus árabes de Deir Ezzor y Raqqa, regiones de mayoría árabe pero también bajo el gobierno autónomo por más de una década.
Acorralados y sin apoyos, los kurdos llegaron a un acuerdo de alto el fuego y renegociaron su integración en el Ejército. Las conversaciones dieron frutos cuando Rojava apenas había quedado reducida a tres ciudades: Hasakeh, Qamishli y Kobane. En las dos primeras la nueva bandera siria ondeó enseguida, el pacto entró en vigor sin contratiempos y fuerzas sirias fueron recibidas con arroz y pétalos de flores.
En Kobane todavía no hay fecha para que esto ocurra. La ciudad ha sufrido un grave asedio. Según testimonios desde dentro y la denuncia del Observatorio Sirio de los Derechos Humanos han muerto varios niños por el frío y la falta de recursos médicos. Naciones Unidas manda camiones de ayuda humanitaria periódicamente. Hay electricidad apenas unas horas al día, escasea la comida, falta gasolina para los calentadores, la conexión a Internet es precaria y a través de redes satelitales. La ciudad se convirtió en lugar de acogida para aquellos kurdos de zonas rurales cerca de Kobane que ahora están viviendo en escuelas o durmiendo en camionetas cubiertas con lonas para aislarse de las temperaturas bajo cero.
Es como si estuviésemos esperando la muerte en silencio
“Es como si estuviésemos esperando la muerte en silencio”, cuenta en una nota de voz una estudiante kurda de la ciudad, quien rememora episodios de violencia contra los kurdos como las masacres de 2015. Entonces fueron asesinadas 233 personas a manos de terroristas del Estado Islámico, que hacía pocos meses había declarado su califato en Siria. Con la frontera con Turquía cerrada, la falta de información y la espera acrecientan la sensación de encierro.
Ante un Kurdistán que se desvanece en Siria, entre las voces civiles entrevistadas domina el pragmatismo. “Somos kurdos, pero somos sirios también”, sentencia Fátima. Sentada en un sofá bajo alrededor de un calentador de keroseno —el mismo en torno al que se reúnen tantas familias en todo el país— muestra el dibujo de Ahmed, el pequeño de sus tres hijos. En el papel, los colores nacionales se mezclan con el sol que simboliza a los kurdos. Una bandera híbrida como un grito a una coexistencia que ya lleva años practicándose entre vecinos en este barrio exhausto de violencia en las afueras de Alepo.
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