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El memorándum de 1977 que advirtió a Jimmy Carter de la crisis climática y fue desoído

Frank Press observa al presidente estadounidense Jimmy Carter con un texto de Press.

Emma Pattee


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En 1977 llegó a los cines Star Wars, la ciudad de Nueva York sufrió un apagón que duró 25 horas y se puso a la venta el ordenador Apple II. También fue el año en que un extraordinario memorándum de una página circuló por las más altas esferas del Gobierno estadounidense.

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Antes de que la emergencia climática pasara a formar parte de la agenda del país, este memorándum esbozaba lo que se sabía en aquel momento –y lo que se temía– sobre la crisis. Fue premonitorio en muchos sentidos. Pero ¿alguien escuchó esas advertencias?

En julio de 1977, el entonces presidente estadounidense Jimmy Carter solo llevaba siete meses en el cargo, pero ya se había forjado una reputación de político interesado en cuestiones medioambientales. Había instalado paneles solares en la Casa Blanca y había anunciado un plan nacional de energías renovables.

“Debemos empezar ahora a desarrollar nuevas fuentes de energía no convencionales de las que dependeremos en el próximo siglo”, dijo en un discurso al país sobre sus principales objetivos.

El escrito interno sobre el clima llegó a su mesa unos días después de las celebraciones del Día de la Independencia, el 4 de julio, con el ominoso título de “La liberación de CO2 y la posibilidad de un cambio climático catastrófico”.

“El presidente lo ha visto”

Lo primero que llama la atención es el sello que aparece en la parte superior, parcialmente borrado, que dice en mayúsculas “El presidente lo ha visto”.

El comunicado fue escrito por Frank Press, principal asesor científico de Carter y director de la Oficina de Política Científica y Tecnológica. Press era un geofísico alto y serio que se había criado en una familia judía de Brooklyn y al que sus colegas consideraban “brillante”. Antes de trabajar en el Gobierno de Carter, había sido director del Laboratorio Sismológico del Instituto Tecnológico de California y consultor en agencias federales como la Marina y la NASA.

“Carter tenía un gran respeto por Frank y por la ciencia”, dice Stu Eizenstat, que fue el principal asesor de política interior de Carter de 1977 a 1981.

Press comenzaba el informe con la exposición de la ciencia de la crisis climática tal y como se entendía en aquella época: “La quema de combustibles fósiles ha aumentado a un ritmo exponencial en los últimos cien años. Como resultado, la concentración atmosférica de CO2 está ahora un 12% por encima del nivel de la revolución preindustrial, y puede llegar a ser de 1,5 a dos veces ese nivel dentro de 60 años. Debido al efecto invernadero del CO2 atmosférico, el aumento de la concentración inducirá un calentamiento climático global de entre 0,5 y 5°C”.

Estas afirmaciones visionarias estaban en consonancia con la ciencia sobre el clima que se había originado en la década anterior, cuando el Gobierno estadounidense financiaba las principales agencias científicas centradas en la ciencia espacial, atmosférica y oceánica. Una investigación realizada para el presidente Lyndon B. Johnson en 1965 había revelado que miles de millones de toneladas de dióxido de carbono se estaban “añadiendo a la atmósfera terrestre por la quema de carbón, petróleo y gas natural”.

Efectos catastróficos

El escrito de Press estaba en lo cierto. En 2021, por primera vez en la historia, la concentración atmosférica de CO2 alcanzó los 420PPM, el punto intermedio hacia la duplicación de los niveles preindustriales de CO2 que había indicado Press.

“El efecto que puede tener sobre el medio ambiente una oscilación climática de tal rapidez podría ser catastrófico y exige una evaluación de impacto de una importancia y dificultad sin precedentes. Un cambio climático rápido podría provocar pérdidas de cosechas a gran escala en un momento en el que el aumento de la población mundial lleva a la agricultura al límite de su productividad”, escribió.

Press tenía razón. De hecho, hemos visto los efectos catastróficos de un cambio climático, en forma de fenómenos meteorológicos cada vez más graves, como sequías, olas de calor y huracanes de mayor intensidad. Mientras tanto, en muchas partes del mundo el calentamiento ya ha frenado el aumento de la productividad agrícola, y se cree que es posible que se produzcan crisis de producción de alimentos a gran escala.

“La urgencia del problema deriva de nuestra incapacidad para cambiar rápidamente a fuentes de energía no fósiles una vez que los efectos climáticos se hagan evidentes no mucho después del año 2000; la situación podría salirse de control antes de que las fuentes de energía alternativas y otras acciones correctivas surtan efecto”, escribió Press. 

Esta afirmación es correcta. En la década de 2000, los efectos de la crisis climática se hicieron evidentes en algunas regiones en forma de olas de calor más mortíferas e inundaciones y sequías más fuertes. 

“La disipación natural del CO2 no se producirá hasta un milenio después de que la combustión de los combustibles fósiles se reduzca notablemente”, decía el documento.

En realidad, esta predicción de Press fue desmentida hace al menos una década. Los científicos antes creían que un cierto calentamiento quedaba “grabado”, pero desde entonces han descubierto que tan pronto como las emisiones de CO2 dejan de aumentar, la concentración atmosférica de CO2 se nivela y cae lentamente.

Oportunidad perdida

“Como se sabe, esta cuestión no es nueva. Lo que sí es nuevo es el creciente peso del apoyo científico que hace que el impacto del CO2 en el clima pase de ser una especulación a una hipótesis seria que merece una respuesta que no sea ni conformista ni de pánico”, escribió Press.

Pero había otras corrientes que no siguieron lo que decía el experto. “La historia de la política climática en Estados Unidos, en general, es la de las oportunidades perdidas y de retrasos que no tienen justificación”, dice Jack Lienke, autor del libro Struggling for Air: Power Plants and the “War on Coal” ('Luchando por el aire: Las centrales eléctricas y la “guerra contra el carbón”').

Muchas otras cuestiones pueden parecer más urgentes, o simplemente se entienden mejor. Como escribe Lienke en su ensayo, “en una época en la que los estadounidenses seguían muriendo con cierta regularidad en episodios agudos de contaminación relacionados con la inversión térmica, no es de extrañar que los legisladores estuvieran más preocupados por los daños conocidos del dióxido de azufre y el monóxido de carbono que por la incierta y aparentemente lejana amenaza del cambio climático”.

“La prestigiosa Academia Nacional de Ciencias acaba de avisar de que emitirá una declaración pública en este sentido dentro de unas semanas”, decía Press.

Esa declaración pública, emitida a finales de ese mes, hace hincapié en la importancia de abandonar la energía de los combustibles fósiles y subraya la urgencia de iniciar la transición hacia nuevas fuentes de energía lo antes posible: “Con el final de la era del petróleo en el horizonte, debemos tomar decisiones a largo plazo en cuanto a las futuras políticas energéticas. Una lección que hemos aprendido es que el tiempo necesario para la transición de una fuente principal a otra es de varias décadas”.

¿Y qué pasó? Cuando el memorándum de Press llegó a la mesa del presidente, lo hizo con una nota aclaratoria de Jim Schlesinger, el primer secretario de Energía de Estados Unidos: “Mi opinión es que las implicaciones políticas de esta cuestión son todavía demasiado inciertas para justificar la participación presidencial o iniciativas políticas en esa dirección”.

Todo parece indicar que durante su mandato Carter hizo caso a esta advertencia del secretario de Energía y no tomó muchas medidas para mitigar la crisis climática. Sin embargo, el presidente aprobó algunas leyes importantes para el medio ambiente, como el inicio de las primeras campañas nacionales de limpieza de residuos tóxicos y la creación de las primeras normas de ahorro de combustible.

Un reto importante al que se enfrentó Carter fue el de sus propios objetivos energéticos contradictorios. A pesar de su objetivo de fomentar las energías alternativas, también consideraba que había un interés de seguridad nacional en impulsar la producción de petróleo en Estados Unidos tras la crisis de 1973.

“Nos percatamos de que nuestra dependencia del petróleo extranjero era peligrosa y, sobre todo, de que las energías alternativas estaban en pañales”, dice Eizenstat. “Así que Carter se dedicó a proteger el medio ambiente y a la vez a fomentar más el petróleo y el gas nacionales para reducir la dependencia del petróleo extranjero”. Y añade: “Como en toda política, hay objetivos contradictorios”.

Una inspiración

Aun así, es probable que si Carter hubiera sido reelegido, el mundo ahora estaría en mejores condiciones con respecto al impacto del cambio climático. Una de las primeras medidas que tomó Ronald Reagan tras ganar las elecciones en 1981 fue desmontar los paneles solares de la Casa Blanca. Mientras tanto, la industria de los combustibles fósiles –cuyos científicos ya estaban estudiando las formas en que los combustibles fósiles estaban cambiando el clima– empezó a gastar decenas de millones de dólares en sembrar dudas sobre las teorías científicas en torno al cambio climático.

¿Logró algo el memorándum de Press? Fue un “momento de transformación” para una persona: Eizenstat. El asesor dice que fue decisivo para su trabajo futuro sobre la crisis climática, incluyendo su decisión en 1997 de ser el principal negociador de Estados Unidos para los protocolos de calentamiento global de Kioto.

Esos protocolos sentaron las bases del primer esfuerzo internacional para abordar la política climática a nivel mundial. Así que, aunque las palabras de Press no tuvieron mucha repercusión en su momento, su advertencia no cayó en el olvido.

Traducción de Emma Reverter.

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