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OPINIÓN

No hay que dejar que Rusia defina los términos de la invasión de Ucrania

El presidente ruso, Vladímir Putin, durante la celebración del Día de la Victoria en Moscú, el 9 de mayo.

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Durante las últimas semanas la opinión pública en Occidente se ha obsesionado con esta pregunta: “¿qué se le pasa por la cabeza a Putin?”. Los expertos occidentales se plantean si la gente que lo rodea le cuenta toda la verdad. ¿Está enfermo o se está volviendo loco? ¿Le estamos acorralando en una esquina en la que no verá otro modo de salvar el pellejo más que pisando el acelerador del conflicto hacia una guerra total?

Deberíamos dejar de obsesionarnos con la línea roja, esa interminable búsqueda del correcto equilibrio entre el apoyo a Ucrania y evitar una guerra total. La “línea roja” no es un hecho objetivo: el propio Putin traza una nueva continuamente y nosotros contribuimos al nuevo trazado que establece él con nuestras reacciones a los movimientos rusos. Plantear si EEUU cruzó una línea roja al compartir inteligencia con Ucrania, nos lleva a olvidar la cuestión de fondo: fue la propia Rusia la que cruzó la línea al atacar a Ucrania. Así que, en lugar de encontrarnos a nosotros mismos como un grupo que solo reacciona ante Putin como si fuera un inescrutable genio diabólico, deberíamos cambiar la perspectiva y mirarnos en el espejo: ¿Qué es lo que nosotros, el “Occidente libre”, queremos de este asunto?   

Tenemos que analizar la ambigüedad de nuestro apoyo a Ucrania con la misma crudeza con la que analizamos la postura de Rusia. Deberíamos ir más allá del doble rasero que se aplica actualmente a los fundamentos mismos del liberalismo europeo. Recuerde cómo en la tradición liberal de Occidente a menudo se justificaba la colonización con el argumento de los derechos de los trabajadores.

John Locke, el gran filósofo de la Ilustración y defensor de los derechos humanos, justificó que los colonizadores blancos tomaran tierras de indígenas americanos con un extraño argumento sobre el exceso de la propiedad privada, que aparentemente sonaba de izquierdas. Partía de la premisa de que cada individuo debería poder poseer solo tantas tierras como pudiera usar de forma productiva, nada de grandes extensiones de tierra que no pudiera aprovechar (y quizá arrendar a otros). En América del Norte, desde su punto de vista, los nativos estaban usando amplias extensiones de tierra prácticamente solo para cazar, y los colonizadores blancos -que querían usarlas para una agricultura intensiva- tenían derecho a confiscarlas por el bien de la humanidad.

En la actual crisis ucraniana ambas partes presentan sus actos como algo que, simplemente, tenían que hacer: Occidente tenía que ayudar a Ucrania a seguir siendo libre e independiente; Rusia estaba obligada a intervenir militarmente para proteger su seguridad. El último ejemplo: el ministro de Exteriores ruso afirmando que Rusia se verá “forzada a tomar represalias” si Finlandia ingresa en la OTAN. Esta decisión solo parece “forzada” si uno acepta todo el marco de supuestos ideológicos y geopolíticos que sustentan la política rusa.

Cómo influye la cultura rusa

Hay que analizar estos supuestos con detenimiento, sin tabú alguno. A menudo oímos que deberíamos trazar una línea clara para separar la política de Putin de la gran cultura rusa, pero esta línea de separación es mucho más porosa de lo que pueda parecer. Deberíamos rechazar sin tapujos la idea de que, después de años intentando resolver pacientemente la crisis ucraniana a través de negociaciones, al final Rusia se vio forzada/obligada a atacar Ucrania: nadie está obligado nunca a atacar y aniquilar a todo un país. Las raíces son mucho más profundas; estoy dispuesto a llamarlas totalmente metafísicas.

Anatoli Chubáis, padre de los oligarcas rusos (orquestó la rápida privatización rusa en 1992), dijo en 2004: “He releído toda la obra de Dostoyevski durante los últimos tres meses. Y apenas siento otra cosa que un odio físico hacia ese hombre. Desde luego es un genio, pero su idea de que los rusos son personas especiales, sagradas, su culto al sufrimiento y sus elecciones equivocadas hacen que quiera romperlo en pedazos”. Aunque Chubáis me disguste mucho por sus políticas, creo que tiene razón sobre Dostoyevski, quien proporcionó la expresión “más profunda” de la contraposición entre Europa y Rusia: individualismo frente a espíritu colectivo, hedonismo materialista frente a espíritu de sacrificio.

Rusia presenta ahora su invasión como un nuevo paso en la lucha por la descolonización, contra la globalización occidental. En un texto publicado a principios de este mes, Dimitri Medvédev, el expresidente de Rusia y actualmente vicepresidente del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa, escribió que “el mundo ansía acabar con la idea de un mundo con Estados Unidos en el epicentro, y que emerjan nuevas alianzas internacionales basadas en criterios pragmáticos”. (“Criterios pragmáticos” significa desprecio de los derechos humanos universales, claro).

Manipular la verdad

Así que nosotros también deberíamos establecer líneas rojas, pero de forma que dejemos clara nuestra solidaridad con los países en desarrollo. Medvédev predice que, debido a la guerra en Ucrania, “puede que haya hambre en algunos países por la crisis alimentaria”. Es una pasmosa afirmación llena de cinismo. Este mes de mayo hay unos 25 millones de toneladas de grano pudriéndose lentamente en Odesa, en barcos o silos, ya que las fuerzas navales rusas bloquean el puerto. “El Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (PMA) ha alertado de que hay millones de personas ‘encaminadas hacia el hambre’, a no ser que los puertos del sur de Ucrania, cerrados por la guerra, se reabran”, informa Newsweek.

Ahora Europa ha prometido ayudar a Ucrania con el transporte del grano por ferrocarril y en camiones, pero esto es claramente insuficiente. Hace falta dar un paso más: una exigencia clara para abrir el puerto a la exportación de grano, incluyendo el envío de barcos militares como protección. No se trata de Ucrania, se trata del hambre de cientos de millones de personas en África y Asia. Aquí es donde se debería trazar la línea roja.

El ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, dijo recientemente: “Imaginen que [la guerra en Ucrania] fuera en África u Oriente Medio. Imaginen que Ucrania fuera Palestina. Imaginen que Rusia fuera Estados Unidos”. Como era de esperar, comparar el conflicto de Ucrania con la difícil situación de los palestinos “ofendió a muchos israelíes, que creen que no hay similitudes”, dijo a Newsweek. “Por ejemplo, muchos señalan que Ucrania es un país soberano y democrático, pero no consideran que Palestina sea un Estado”. Claro que Palestina no es un Estado, porque los israelíes niegan su derecho a ser un Estado, de la misma forma que Rusia niega a Ucrania ser un Estado soberano. Aunque los comentarios de Lavrov me parezcan repulsivos, a veces manipula la verdad hábilmente.

“Respeto” pragmático

Sí, el Occidente liberal es hipócrita al aplicar sus altos estándares de forma muy selectiva. Pero hipocresía significa que violas los estándares que proclamas, y de esa manera te abres tú mismo a una crítica inherente: cuando criticamos el Occidente liberal, empleamos sus propios estándares.

Lo que ofrece Rusia es un mundo sin hipocresía, porque no tiene unos estándares éticos globales, solo practica un “respeto” pragmático por las diferencias. Hemos visto claramente lo que esto significa después de que los talibanes tomaran Afganistán: inmediatamente cerraron un acuerdo con China. China acepta el nuevo Afganistán a cambio de que los talibanes ignoren lo que China está haciendo a los uigures. Esta es, en resumen, la nueva globalización por la que aboga Rusia. Y la única forma de defender lo que vale la pena salvar de nuestra tradición liberal es insistir, sin piedad, en su universalidad. En el momento en el que aplicamos un doble rasero, somos tan “pragmáticos” como Rusia.

* Slavoj Zizek es filósofo cultural. Es investigador senior en el Instituto de Sociología y Filosofía de la Universidad de Liubliana, Ilustre Catedrático Internacional de Alemán en la Universidad de Nueva York y director internacional del Instituto Birbeck de Humanidades en la Universidad de Londres.

Traducción de María Torrens Tillack

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