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Las huellas del 2 de mayo en Chueca y Salesas

Tal día como hoy, pero de 1808, los madrileños salieron a la calle para defenderse contra la invasión de las tropas francesas de Napoleón. Aunque los frentes de batalla estuvieron concentrados en otros puntos de la ciudad (como el vecino Malasaña), cuentan los textos de autores de la época que, cuando de defender lo suyo se trataba, la gente del barrio daba su sangre si era preciso.

El Motín de Aranjuez, que tuvo lugar entre el 18 y 19 de marzo de 1808 y que terminó con la caída de Godoy, tuvo una gran repercusión en las calles de Chueca. Según recuerda Mesonero Romanos, los madrileños asaltaron las propiedades de Godoy, de sus familiares y de sus simpatizantes al grito de «¡Muera el Choricero!» (apodo de Godoy por su origen extremeño). Su residencia de la calle del Barquillo (esquina a la plaza del Rey), fue saqueada, sus muebles y enseres arrojados por los balcones y todo ello quemado en la misma plaza. La misma suerte corrieron la casa de su hermano en la calle Alcalá y con la del famoso dramaturgo Leandro Fernández de Moratín, en el número 17 de la calle Fuencarral.

Con los ánimos aún encendidos, las barriadas de los chisperos y de las Maravillas volvían a convertirse en indeseadas protagonistas de nuevos enfrentamientos. El 2 de mayo de ese mismo año los hombres y mujeres del barrio demostraron una vez más su valentía y arrojo luchando contra las tropas del ejército de Murat.

Así lo dejaron patente los ‘chisperos’ luchando con bravura contra el invasor en la Puerta de Recoletos (que estaba ubicada en la actual Plaza de Colón, a la altura de la Biblioteca Nacional) y el Portillo de Santa Bárbara (en la actual Plaza de Alonso Martínez, que es el punto más alto de toda la ciudad).

Pero no sólo los hombres tenían un espíritu combatiente, las mujeres del barrio también eran de armas tomar. Cuenta Azorín que, paseando un hijo del general Legrand (hombre de confianza de Napoleón) por una de las calles de Chueca, «unas chisperas, desde un balcón, arrojaron un tiesto de claveles que le abrió la cabeza y cubrió de flores su cadáver».

Los enfrentamientos de Monteleón

Pero si hay un lugar que ha pasado a la historia fueron los incidentes ocurridos en las inmediaciones del parque de Artillería, cuyo portal de ingreso estaba en la actual plaza Dos de Mayo. Las características del edificio hacían casi nulas las posibilidades de operar su defensa, a pesar de contar con suficiente armamento, municiones y pertrechos para rendir batalla.

La movilización de los madrileños en busca de armas para resistir a las tropas de Napoleón tuvo su punto culminante en ese cuartel, donde se hallaba una compañía francesa. Llegó entonces al lugar un grupo de militares comandados por los oficiales Luis Daoíz y Pedro Velarde, que animaron a los invasores a rendirse ante la inminente entrada de numerosos vecinos, que vociferaban y presionaban sobre los portales. Persuadidos por la fuerza de la masa civil, los franceses entregaron sus armas.

Los sublevados irrumpieron en el cuartel y se apoderaron del armamento galo. Pero, no demoraron los franceses en enterarse de las incidencias y enviaron al lugar al batallón de Westfalia, que comenzó a avanzar implacable por la calle Fuencarral. La resistencia combinada de militares y vecinos le supusieron importantes bajas a los franceses, pero la llegada de unos refuerzos enormemente superior en efectivos y recursos decidió la contienda a favor de los franceses.

El combate fue terriblemente sangriento y sucumbieron, junto a muchísimos madrileños, Daoíz, Velarde y el teniente Jacinto Ruiz de Alarcón, al que la Plaza del Rey le rinde su homenaje en forma de estatua firmada por Mariano Benlliure en 1891. El 4 de diciembre de 1808, la heroica resistencia trasladó su trágico escenario a la infructuosa defensa de la Puerta de Bilbao.

Jacinto Ruiz y Mendoza, uno de los héroes del 2 de mayo

Nacido el 16 de agosto de 1779 en Ceuta en el seno de una familia militar, ingresó como cadete a los dieciséis años y se labró toda una carrera militar. Sin haber recibido aún su bautismo de fuego y destinado en la tercera Compañía del Segundo Batallón de su regimiento, el 2 de mayo de 1808 estaba guardando cama por enfermedad pero, al oír las descargas del ejército francés, se dirigió al cuartel de su Regimiento y, siguiendo las órdenes de su coronel, salió al mando de la 3ª Compañía para reforzar las tropas acuarteladas en el Parque de Artillería de Monteleón.

Bajo las órdenes del capitán del parque, Luis Daoíz, y junto al capitán Pedro Velarde, permite la entrada de vecinos al recinto para entregarles armas y disponerse a la defensa. Herido en el brazo izquierdo al inicio de la contienda, volvió a la lucha tras ser curado y, poco después, recibió otro disparo que le penetró por la espalda y le salió por el pecho.

Al retirar los cuerpos de los fallecidos observaron que aún respiraba y le llevaron a su cuartel, en la calle Ancha de San Bernardo, para trasladarlo a casa de María Paula Variano y evitar, así, que el enemigo lo hiciera prisionero. Recuperado de su estado de gravedad, tras un paseo por el Retiro observó los despliegues de las tropas francesas y decidió sumarse a quienes se reorganizaban, en otros puntos de España, en defensa de la independencia española. Ascendido a teniente coronel, se trasladó a Badajoz desoyendo los consejos de su médico y los de sus compañeros, pero su estado de salud se agravó durante el viaje y tuvo que detenerse en Trujillo, donde falleció con tan sólo veintinueve años.

En marzo de 1909, el Gobierno ordenó el traslado a Madrid de sus restos mortales, que se encontraban dentro de una urna de caoba con adornos de cobre, que llegó por ferrocarril a la estación de Atocha y fue colocada en un armón de artillería, donde le tributaron los honores fúnebres que indican las Reales Ordenanzas para el Capitán General que muere en una Plaza en la que tiene mando.

Las llaves de la triple cerradura quedaron en poder de las Cortes, el Ayuntamiento y el Museo de Infantería. La inhumación de su cadáver se realizó en el monumento erigido en su honor en la plaza del Rey, aunque algunas cenizas están repartidas en otras dos pequeñas arcas, una de ellas actualmente en el Museo Militar de La Coruña y la otra en Ceuta, en el Museo de la Legión.

El homenaje de Federico Chueca a los héroes del 2 de mayo

Otro de los personajes estrechamente relacionados con el barrio, Federico Chueca, también quiso aportar su granito de arena a la memoria del 2 de mayo. Como uno de los máximos representantes del género chico (zarzuela) y uno de los compositores de música popular más conocidos del panorama patrio, autor de éxitos tan famosos como La Gran Vía (1886), Agua, azucarillos y aguardiente (1897) o del pasodoble Cádiz (1886) –que llegó a ser himno nacional durante un tiempo– le puso banda sonora a este acontecimiento histórico.

Con motivo del Centenario de la Guerra de la Independencia, el Círculo de Bellas Artes de Madrid realizó un concurso para elegir una pieza musical que evocara la lucha contra los franceses. Fue así como Chueca compuso "El dos de mayo" (1908), un pasodoble de lo más marcial dedicado«Al pueblo del dos de mayo» que tuvo desde su estreno un éxito extraordinario y que se convertiría, de manera fortuita, en su última obra musical.

Más información sobre el Dos de Mayo:

Los hechos del Dos de Mayo de 1808, en la pintura

Los hechos del Dos de Mayo de 1808, en la pintura

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Publicado el
2 de mayo de 2014 - 12:00 h

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