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La Francia multicolor que humilló a Le Pen

Jean-Marie Le Pen en una imagen de archivo.

Jean Marie Le Pen, el líder del xenófobo Frente Nacional, había detectado una brecha en la Francia de mediados de los años 90. Con un racismo creciente en la sociedad gala decidió atacar a la selección de fútbol por no ser representativa de Francia blanca y nacionalista que añoraba. 

En 1996 Le Pen bramó: “Es artificial que hagamos venir jugadores extranjeros para bautizarlos como equipo de Francia. La mayoría no lo canta, o visiblemente no se saben La Marsellesa”. Le Pen había lanzado una bomba de odio sobre la selección bleu. En ella dominaba la presencia de jóvenes como Christian Karembeu, Zinedine Zidane, Bernard Lama, Marcel Desailly… El seleccionador Aimé Jacquet le contestó: "Yo no respondo a un payaso ni a cosas grotescas”.

En 2010 Michel Platini reconoció que nunca había cantando el himno nacional: "Yo nunca lo hice. Que no cantes La Marsellesa no significa que no te puedas sentir profundamente francés”. Nadie acusó al extraordinario y blanco centrocampista de falta de patriotismo.

La semilla del odio regada por Le Pen iba creciendo. Un año después en una encuesta realizada por la Comisión Nacional Consultiva de los Derechos del Hombre determinaba que el 58% de los franceses se declaraba racista o “tentado por el racismo”. Los descendientes de la Revolución de 1789 eran, junto a los belgas, los ciudadanos más racistas de Europa. La mayoría de los encuestados se sentían representados por las siguientes expresiones: 

—“Hoy en día uno, en Francia, ya no se siente en casa como antes”.

—"Hay demasiados árabes en Francia”. 

—"Hay demasiados negros en Francia”. 

—"Los inmigrantes vienen para aprovecharse de nuestra Seguridad Social”. 

—"No hay por qué luchar contra el racismo”.

—"La mayoría de los extranjeros tienen una cultura demasiado distinta como para integrarse". 

Y con este ambiente se disputó un año después el Mundial de Francia. 14 de los 22 convocados por Jacquet habían nacido fuera de Francia o eran hijos de inmigrantes. La televisión nacional se esforzaba en destacar el desinterés de los franceses por un deporte que nunca había sido rey en Francia. Ese honor le correspondía al noble rugby. Mucho menos eran los optimistas que le vislumbraban un gran papel a les bleus.

Durante el torneo se fue apelando a una nueva bandera tricolor que superaba a la oficial. Una que formada por el blanco europeo, el negro africano o antillés y el moreno magrebí, parecía haber obrado de antídoto contra el racismo y la xenofobia rampantes.

Y así Francia fue progresando hasta ganar en la final de Brasil por 3-0 con dos goles de cabeza de Zidane. Esa misma noche su cara era proyectada sobre el Arco del Triunfo con frases como: “La victoria está en nosotros” o "Gracias Zizou".

Al día siguiente todos los periódicos aludían a la "lección de unidad" ofrecida por el "argelino Zidane", el "bretón Guivarch", “el originario de Guadalupe Thuram”, el "pirenaico Barthez", el "canaco Karembeu", el "vasco Lizarazu", el "africano Desailly", el "armenio Djorkaeff...". "Francia es multirracial y así quedará", indicaba el diario conservador Le Figaro.

El Frente Nacional, que se había quedado totalmente descolocado ante el fenómeno, se apresuró a rectificar felicitando a Zinedine Zidane, "hijo de la Argelia francesa”. El presidente de la República, Jacques Chirac, se refirió a la selección como a una manifestación ejemplar de la unidad nacional: "Esta Francia multicolor y ganadora…”.

La lección de unidad y los mensajes de fraternidad duraron lo que duraron. El descontento de las minorías fue creciendo y tuvo su punto culminante en los incidentes de 2005 en el que los jóvenes de los suburbios de París iniciaron una de quema de coches masiva. Estaban hartos del desempleo y el acoso policial en la zona. La Francia multicolor se había olvidado de ellos. 

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24 de junio de 2018 - 21:52 h

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