Sobre este blog

'Leer el presente' es un espacio que dedicamos a libros desde eldiario.es/murcia. Del mundo a la página y viceversa. Coordina José Daniel Espejo.

Alfonso García-Villalba, escritor: “Todo el arte debe procurar abrirse a otras realidades”

Alfonso García-Villalba / NINO MALONE

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El narrador murciano Alfonso García-Villalba lanza 'Signos herméticos de una nueva melancolía' (Franz), una novela inclasificable pero tan onírica y adictiva como los escarabajos psicoactivos que pueblan sus páginas. A caballo entre múltiples planos de la realidad, los personajes de García-Villalba giran y se enredan hasta confundirse entre sí en un viaje iniciático que los devuelve -transmutados- al punto de partida. Con ese deslumbramiento literario en la mente, me he sentado unas cuantas veces -con tiempo por delante- a charlar con Alfonso sobre lo divino, lo humano, lo oculto, lo hermético y lo violento de este libro, ya el tercero en su carrera, con el que creo que ha llegado a donde quería.

“¿Te gustan los desvíos?”, dice un personaje al principio de la novela, y creo que es justo empezar por preguntarte por esta peculiar estructura, donde los personajes orbitan alrededor de sí mismos y la historia toma sucesivos desvíos hasta volver al punto de partida. ¿Te gustan los desvíos, amigo narrador?

Me encantan los desvíos. Siempre me han gustado. Los desvíos conceptuales y los desvíos espaciales. Coger una carretera secundaria y salirse de la autopista y ver lo que hay más allá del camino principal. Una carretera secundaria es un sendero luminoso. Incluso es una metáfora que te permite salir de la órbita predeterminada, del dictado, de lo que se supone que hay que hacer. Y siempre que pienso en la palabra desvío me acuerdo de Detour de Edward G. Ulmer, una película de 1945 en la que el protagonista conduce su coche atravesando el desierto y le van surgiendo una serie de cosas que lo llevan a salirse del camino que se suponía debía tomar… Ulmer es un director fantástico que no es suficientemente conocido, creo yo, y que también dirigió una hauntológica y estupefaciente película que se llamaba Satanás con Boris Karloff y Bela Lugosi como protagonistas. Este director empezó en el cine trabajando en la escenografía de El gabinete del Doctor Caligari o como colaborador de Fritz Lang en Metrópolis. Y podemos decir que Ulmer tomó también un desvío al emigrar en los años veinte a Estados Unidos donde, a decir verdad, casi siempre trabajó desde la marginalidad y la marginalidad, a su modo, es una forma de desvío, de no estar en el epicentro, orbitando fuera de la corriente principal. Y, de hecho, podría decirse que en mi respuesta he tomado un buen desvío. 

Los personajes de ‘Signos herméticos de una nueva melancolía’ no parecen ser muy conscientes de formar parte de una narración: se estancan, se repiten, se mezclan, comparten ideas, miedos, visiones… ¿se disuelven?

Los personajes de 'Signos herméticos de una nueva melancolía' forman parte de una narración que deviene bucle en algunos momentos. Y ellos también entran en bucle. Y, en cierto modo, son sombras un tanto espectrales que, paulatinamente, van disolviéndose. De hecho el título original de la novela (o el que manejé durante un tiempo) era “Desintegración”. ¿Y por qué? Porque, en cierto modo, durante la narración asistimos a la desintegración de la conciencia de los personajes. Y también porque, recurrentemente, a lo largo de la novela aparece un verso de la canción “Homesick” que formaba parte del álbum Disintegration de The Cure del año 1989.  Aunque, más bien, y volviendo a centrarnos en los personajes de 'Signos herméticos de una nueva melancolía', la conciencia que realmente se desintegra o que resulta más evidente hacerlo es la de N. Su memoria fluctúa, incluso se hace borrosa, se pierde. Así que las identidades de los diferentes personajes parecen fusionarse, fundirse. Los límites entre unos y otros llegan a ser difíciles de precisar en algunos pasajes. Y, como decía antes, a veces entran en bucle. De algún modo, cuando escribo busco las repeticiones, algo así como loops pero sin llegar a extremos. Supongo que escuchar la música de Steve Reich o Eliane Radigue me ha influido en ese concepto de reiteración que manejo a nivel literario. E incluso Radigue, una compositora francesa de música experimental que tiene una obra musical muy hipnótica, ha contribuido, en cierto modo, a la estructura de la novela, al ritmo que tiene. Al hecho de volver hacia atrás e ir hacia delante y borrar o empezar de cero. O a la mitad. En cualquier otro punto que pueda acabar con la ilusión de linealidad, aniquilarla. Porque la linealidad, a fin de cuentas, es una ilusión. De tal forma, alguno de los personajes llega a decir: “Todo consiste en ir hacia atrás, recordar, revertir el proceso, retroceder.” Pero también avanzar, ir hacia el futuro, escapar del presente, hacer que la unidad temporal se difumine de modo que todo llegue a adquirir un carácter onírico.

El universo de tu novela es poroso, se abre a otras realidades. Una cita de Chirico declara que existe un mundo metafísico que solo es accesible en momentos de clarividencia. ¿Entiendes la literatura como puerta a ese mundo?

De alguna forma todo el arte, desde mi punto de vista, debe procurar abrirse a otras realidades y trascender aquello que nos rodea. Es lo que hacía Magritte o El Bosco, dos pintores que han influido en la redacción de 'Signos herméticos de una nueva melancolía'. Y sí, el realismo puede estar bien para algunos lectores pero a mí es algo que no me interesa mucho en realidad... Así que la ciencia ficción y la fantasía, géneros que se entrecruzan en esta novela, nos facilitan crear o visitar otras realidades que, de algún modo, se articulan como metáforas de lo que hay a nuestro alrededor. Y dentro de la metáfora o los símbolos ya es el lector quien termina por dotar de significado aquello que lee. Y eso es lo que me parece más interesante de la literatura: el hecho de no imponer una verdad o una visión de forma unilateral. Jugar de ese modo a hacer literatura amplía los horizontes posibles de la creación. Y en la realidad que habitamos ya hay demasiados preceptos y leyes que constriñen nuestro modo de estar y ser en el mundo. Aunque haya quienes opten, ya sea escribiendo o leyendo, por una literatura que podríamos llamar totalitaria y que intenta o persigue establecer una verdad. Y luego, como todo en la vida, tenemos a lectores sumisos que desean o persiguen ser dominados por el hecho de no tener que darle mucho a la cabeza cuando están leyendo un libro. Así que toda lectura no nos ilumina o hace libres. Más bien se puede decir que muchas de ellas lo que terminan por hacer es controlar nuestro pensamiento. Y eso tiene cabida en algunas novelas que llegan a ser best sellers o en libros de autoayuda.

El contexto de ‘Signos herméticos de una nueva melancolía’ es muy parecido al nuestro, pero una guerra confusa en los informativos y unos inquietantes drones que sobrevuelan la historia por algún motivo nos instalan en una realidad levemente alterada, una distopía en el discurso interior de tus personajes que me hace pensar en Ballard o Pynchon. ¿Vivimos bajo el influjo de fuerzas totalitarias?

Seguramente tú tengas una respuesta mucho más documentada que yo al respecto y podrías tal vez argumentar muy sensatamente en esa dirección y quizás yo esté influenciado por el discurso de William S. Burroughs en torno al control y eso mediatice, en cierto modo, mi respuesta. Y, fíjate, el modo tan actual y próximo al presente con que puede ser leído Burroughs ahora mismo, sobre todo desde la pandemia. Hasta no hace mucho parecía que, incluso, estaba demodé y nombrarlo o citarlo te hacía parecer una persona un tanto desfasada. E igualmente sucede con autores como Paul Virilio y Jean Baudrillard que, a decir verdad. parecen estar iluminando con sus textos de hace décadas la situación en la que nos encontramos hoy en día. Y podríamos decir que los textos de estos tres autores son textos, a su modo, vintage que, sin duda alguna, nos estaban susurrando lo que ahora vivimos, algo que ya se podía sentir e incluso padecer cuando ellos escribían pero que tristemente parece haberse multiplicado exponencialmente. Y, queramos o no, habitamos un mundo cada vez más totalitario en el que se están recortando nuestras libertades individuales. Si antes sucedía de forma lenta, parece que en los últimos tiempos este proceso se ha acelerado. Venía pasando desde el 11-S y el SARS-CoV-2 no ha hecho más que acentuar tal deriva totalitaria en nuestras sociedades. Además, en las primeras semanas del confinamiento que vivimos en la primavera de 2020 ya se podía ver hacia dónde estaba dirigiéndose todo. Y tal y como han apuntado pensadores como Bifo Berardi o Agamben, estamos cayendo en el agujero negro de una sociedad hipercontrolada e hipervigilada donde el prójimo parece desparecer ante nuestros ojos, porque el prójimo se ha convertido en un potencial agente infeccioso. En su último libro de 2020,  ¿En qué punto estamos? La epidemia como política, Agamben afirmaba lo siguiente: “Una sociedad que vive en un estado de emergencia perpetua no puede ser una sociedad libre”. Aún así,  el totalitarismo no es algo que venga exclusivamente desde arriba sino que se propaga de forma horizontal y cada uno de nosotros es susceptible de convertirse en policía, policía de los actos y costumbres de los otros, policía de los pensamientos y palabras de los demás. Es más: las redes sociales nos permiten espiar a cualquiera y, en cierto modo, controlar al otro. Ahí estaría también una suerte de control que se extiende de forma horizontal en la actualidad. ¡Incluso podemos bajarnos aplicaciones que nos permiten espiar y rastrear las conexiones y mensajes de nuestros propios contactos a través de Whatsapp! Si la Stasi en la RDA contaba con miles de ciudadanos que espiaban a sus vecinos, en la actualidad todos somos espías en potencia hipnotizados por el discurso totalitario de una sociedad que va perdiendo valores democráticos y que, queramos o no, comienza a imitar muchas de las características del sistema de control de la sociedad china que, sin duda, es el modelo político-económico del futuro, si no del presente que vivimos. Hace años ya pensé que eso podía suceder y, finalmente, es lo que estamos presenciando: puedes comprar todo lo que quieras si tienes dinero, pero no opines fuera del discurso dominante porque, desafortunadamente, serás reprimido, censurado o incluso exiliado conceptualmente. Y no ya solamente por las estructuras institucionales y convencionales de poder, sino por tus propios vecinos por decirlo de algún modo o, sencillamente, por individuos que, en las redes, no piensan como tú y que van a denigrarte, atacarte y ultrajarte si consideran que es preciso y necesario. Y todo este totalitarismo está relacionado no con la aldea global, sino con la aldeanización global que es el fenómeno al que asistimos desde hace un tiempo y que, desgraciadamente, nos empobrece espiritualmente día a día. 

En la presentación de la novela hablaste del concepto de “hauntología” en Mark Fisher, esa mirada hacia realidades no materializadas, hacia lo ausente o espectral, que parece caracterizar nuestra época. ¿Detectas un cansancio de lo definido, una desconfianza hacia lo empírico a nuestro alrededor?

Supongo que la respuesta a esta pregunta no puede ser del tipo blanco/negro o 0/1, estás con nosotros o estás contra nosotros, como decía George Bush Jr. No, no creo que sea así. Todo se mezcla y todo convive. Aunque algunos se empeñen en compartimentar la realidad y establecer fronteras de todo tipo: políticas, emocionales, identitarias, sociales. No puedo pensar que asistamos a un cansancio de lo real, aunque el simulacro esté en todas partes: las redes sociales, por ejemplo, pueden ser vistas en ocasiones como pura pose, carnaval, una parte más de la ficción mediática en la que se ha convertido la realidad. Y, de algún modo, estas redes estarían creando espectros, fantasías narcóticas que nos acercarían al concepto de hauntología que apuntas sobre Mark Fisher. En ese sentido podríamos pensar que hay una pulsión en la psique colectiva que parece empujar al conjunto de los individuos hacia algo aparentemente real. Aunque lo real no sea más que, con frecuencia, puro simulacro que, sin que apenas nos demos cuenta, se inocula en nuestras cabezas. Y en relación con SHNM, puedo decir que el concepto de hauntología está muy presente en sus páginas porque la novela, de alguna forma, pretende plasmar todo aquello que fue o que se disuelve, todo aquello que ha dejado de ser, aquellas cosas que no tendrán lugar en el futuro o que flotan en nuestra conciencia como recuerdos. Y los recuerdos o los posibles futuros que ya no sucederán no son más que formas espectrales. Y de eso trata la hauntología: de espectros, de fantasmas. 

La cita de Jung que abre la segunda parte, “Solo tiene significado lo no comprensible”, tiene mucho -creo- de leitmotiv, no solo de esta novela sino de toda tu literatura. ¿Qué papel tienen los elementos esotéricos (las esferas azules, la vaca amarilla, la máscara de lechuza, los escarabajos...) que pueblan el libro?

Creo que una de las cosas más bonitas que podemos experimentar a nivel estético es la incertidumbre o, dicho de otro modo, la falta de certezas, la libertad para interpretar y sentir ante aquello que tenemos delante. No me gusta cuando veo una película o leo un libro que, a su modo, me dice cómo pensar o cómo interpretar lo que estoy viendo o leyendo. Hace poco asistí a la representación El bar que se tragó a todos los españoles  en el teatro Valle Inclán y, hacia el final de la obra, uno de los personajes terminaba dirigiendo el modo en que el espectador debía interpretar la pieza. Y eso, sencillamente, hizo que todo lo bueno que podía haber en la obra terminara cayéndoseme. Establecer moralejas o introducir un componente didáctico en el arte lo único que hace es teledirigir nuestra respuesta emocional e intelectual hacia lo que leemos, vemos o escuchamos. Y eso no me parece nada loable. Moralejas para Esopo o Perrault. Y ni siquiera… El arte no debe ser doctrina. O, al menos, así lo entiendo yo. Por tanto, los signos o símbolos que puedan aparecer en 'Signos herméticos de una nueva melancolía', no tienen un significado unívoco o fijo. De ahí que no me vea en situación de establecer cuál ha de ser la lectura paradigmática de esta novela. Si hay elementos esotéricos dentro del libro, debemos tener en cuenta la multiplicidad de significados que éstos puedan tener, aunque algunos de ellos como el escarabajo estén relacionados con la transformación o, como sucedía en la mitología egipcia, tuvieran que ver con la resurrección. Pero, ¿es en 'Signos herméticos de una nueva melancolía' el escarabajo solamente un símbolo de la resurrección? ¿O podemos resucitar sin haber llegado a morir gracias a un escarabajo que tenga propiedades psicoactivas como los escarabajos que aparecen en la novela? Así que Jung y su “solo tiene significado lo no comprensible” sobrevuela las páginas, como bien dices, no ya solamente de esta novela, sino de todo lo que he escrito hasta ahora y en lo que sigo escribiendo. Porque, además, pienso que no es necesario comprenderlo todo. Lo importante es sentir, tal y como afirma Franco Bifo Berardi en Autómatas y caos, donde su afirmación “siento luego existo” pretende darle la vuelta a esa afirmación de Descartes tan racionalista que decía “pienso luego existo”. Y, sinceramente, no solamente somos animales racionales. Para nada. 

El adjetivo que más se repite, al hablar de tu texto, es “hipnótico”, pero no es fácil explicar por qué: lo enigmático del mundo que habitan tus personajes, lo rítmico o poético de tu fraseo, lo fascinante de esa mirada ‘borrosa’ sobre la realidad… Háblanos de tu proceso, cómo construyes un artefacto así.

Hay una cosa que comentas que es esencial y que, no hay duda, está ahí. Y eso que está ahí es el fraseo, el ritmo que procuro imprimir a los textos que escribo. Entiendo que viene dado por la música: la música, tal vez, me influya tanto o más que la literatura a la hora de escribir. De ahí que antes haya nombrado a Eliane Radigue e, incluso en este momento, pudiera nombrar a Loscil, Cluster o a Hans-Joachim Roedelis. Y si imprimo cierto ritmo (o mucho) a los textos es porque deseo que el lector tenga una lectura cómoda. Pero cuando hablo de comodidad hablo de una comodidad que tiene que ver con lo físico, con el modo en que el texto se articula desde un punto de vista sonoro o fonológico si quieres. No me siento a gusto cuando leo textos que conceptualmente pueden ser interesantes pero que descuidan la forma porque, como dice Peter Sloterdijk en Esferas, “las historias de amor son historias de forma”. Y 'Signos herméticos de una nueva melancolía' es, en realidad, una historia de amor. Además de un viaje que espero tenga mucho de sensorial. 

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19 de octubre de 2021 - 06:00 h

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