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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

Los responsables de las opiniones recogidas en este blog son sus propios autores.

Que os den morcillas

Sangre de mi sangre, presente desde tiempos inmemoriales en el genoma murciano, con su justo colesterol y comedida grasa, la morcilla murciana ha sido en esta tierra un recurrido alimento, un poderoso combustible de largas jornadas, un entrante de mayores platos y más recientemente, indudable fuente de inspiración y quehacer políticos.

De orégano y pimienta, comino y anís, pimentón y canela; explosivamente barroca está, como Dios manda, la morcilla murciana hecha.

Cuan distinta a la sobria, adusta y casi monástica morcilla de Burgos: un puñado de arroz, algo de cebolla, un triste espolvoreo de especias y sangre, mucha sangre penitente. Una congoja para el paladar.

De Palos a Finisterre, de Tarifa a Creus, la humilde morcilla ha sido maná de enjutos castellanos, gallegos dispersos, ortogámicos vascos, andaluces hambrientos, audaces catalanes, bravos asturianos, y algún que otro falso converso, judío o moro qué más da, pero seguro que murciano.

Ni andaluza ni extremeña, ni arandina ni lermeña, ni gallega ni leonesa; la morcilla murciana alcanza la categoría de joya gastronómica en este país. 

Rodeada de bravos chorizos, tocinos pimentoneros, orondos morcones, blancos anémicos, laberínticos chiquillos, salchichas mundanas y longanizas de infinita digestión, la morcilla, rotunda y viril, siempre cobra protagonismo allá donde se presenta.

Aún emplazada en un humilde y poco sugerente plato de plástico, son pocos los que se resisten a los encantos de atrapar libidinosamente sus voluptuosas curvas (¡pero qué hermosa eres!) entre sus labios, y libar con delectación su vampírico néctar, hasta reducirla a la apariencia mínima de un anoréxico pellejo de breva temprana.

En barracas tradicionales, austeros merenderos, restaurantes de moda y, ahora también, pretenciosos y garrulos gastrobares. En desbordantes comuniones, sencillos bautizos e histriónicas bodas, la sensual morcilla murciana es ama y señora de eventos.

Sin ningún condicionante ni tabú religioso, aún proclamándome sin ninguna duda descendiente de semitas conversos, puedo afirmar que de la morcilla, como del cerdo, todo me gusta. Hasta su textura, apariencia y tacto escrotal me resultan seductores.

Sin rubor ni escándalo, entre amigos del alma o frente audiencias desconocidas, de oriente a occidente, de norte a sur, siempre proclamaré a los cuatro vientos mis mejores deseos para todos los que amo:

Que os den morcillas

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