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Elecciones 29N: cómo morir del miedo equivocado

Cómo morir del miedo equivocado

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Soy científico, lo cual no equivale a tener razón. Pero mi profesión te inclina a buscar evidencias, discurrir lógicamente, resistirte a los argumentos de autoridad e incluso desconfiar de tus propias convicciones. Ante las elecciones del 29N, sugiero un ejercicio elemental: separar aquello que nos asusta de aquello que verdaderamente puede arruinarnos la vida. Y, como la ciencia no tiene fronteras, quisiera hacer mías las palabras del sabio y poeta Jaime Sabines: “Que no te esclavicen ni tu ombligo ni tu sangre”.

Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky identificaron sesgos sistemáticos en nuestros juicios sobre probabilidades. Podemos exagerar amenazas menores mientras subestimamos peligros monumentales. La propaganda explota nuestra vulnerabilidad, suscitando miedo y resentimiento, deshumanizando al adversario y señalando culpables. Si no consigue convencernos, intenta confundirnos. El miedo alimenta también la superstición, ensucia la toma de decisiones y puede devolvernos a la violencia tribal.

Propongo ordenar nuestros miedos atendiendo a la probabilidad de que se materialicen y a la gravedad de sus consecuencias. Empecemos por la muerte. Podemos morir en una guerra, una inundación, un incendio, una ola de calor o una epidemia emergente. Si ustedes temen algo así, su cerebro está operativo: son miedos adaptativos, razonables. La pandemia de COVID-19 causó más de 150.000 muertes en España hasta mediados de 2023, según el INE, y la DANA de Valencia de octubre de 2024 se cobró más de 230 vidas. Según el Instituto de Salud Carlos III, entre 2015 y 2025 se estiman en España 27.564 muertes atribuibles al calor, de las cuales 4.789 corresponden a 2022 y 3.832 a 2025. El último informe de The Lancet Countdown, elaborado por 146 expertos de 30 países, estima que el calor extremo ha causado una media mundial de 540.800 muertes anuales durante la última década. El peligro está aquí, tiene víctimas y sabemos que seguirá agravándose.

Pero conocer los riesgos no basta: necesitamos capacidad para anticiparlos y resistir sus consecuencias. ¿Qué resulta más peligroso: reconocer las amenazas climáticas y energéticas y prepararnos para afrontarlas, o negarlas por un economicismo malentendido, de intereses particulares o de la rentabilidad inmediata? La naturaleza es amoral y no negociará con nuestras creencias ni aceptará nuestros planes biográficos. Nos han hecho creer que la tecnología nos salvará de cualquier desastre. Pero, como las criaturas de Matrix, no estamos preparados para la desconexión. ¿Qué harás sin gasolina si trabajas lejos de casa y no existe transporte público? ¿Y si faltan electricidad o agua durante días? ¿Preferirías instituciones capaces de organizar una respuesta colectiva o una sociedad donde cada cual deba salvarse por sus propios medios?

Sigamos con los riesgos personales. ¿Qué amenaza más tu futuro: perder parte de tu pensión o que alguien proponga someter la monarquía a referéndum? ¿Esperar meses una operación imprescindible o que tu vecino sea marroquí? ¿No poder comprar alimentos o que alguien cuestione tus tradiciones? ¿Quién respetará tus decisiones al final de una enfermedad incurable? ¿Podrás manifestarte libremente o te molerán a palos, aunque tengas un doctorado en Sociología? ¿Debe la seguridad de nuestros mayores convertirse en fuente de beneficio especulativo?

Algunos prometen recuperar el orden y la decencia mediante un cambio de gobierno. Confío en que no se refieran al orden coercitivo del franquismo ni a la decencia de los gobiernos del PP, salpicados por incontables escándalos de corrupción, muchos de los cuales nunca se juzgaron o están en el congelador de los altos tribunales. Entretanto, España ha crecido más que varias grandes economías europeas y ha reducido considerablemente el desempleo, aunque persistan problemas graves. ¿Cambiar qué exactamente? ¿Corregir lo que no funciona, mejorar lo que funciona o simplemente sustituir al gobernante? ¿Cambiará algo sustancial o solamente el color político de los protagonistas de los próximos escándalos de corrupción?

Para calcular riesgos debemos también examinar las trayectorias de quienes aspiran a gobernarnos. Nada de discursos: acciones y antecedentes. Y no hablamos de recién llegados: el PP gobierna buena parte de España, en ocasiones en coalición con Vox, y tiene responsabilidades directas sobre servicios públicos esenciales. Ambos partidos cuentan, por tanto, con antecedentes de gestión que podemos examinar. ¿Cómo han gestionado las catástrofes, las epidemias, la vivienda, la sanidad, la educación, la desigualdad? ¿Qué intereses defienden y qué resultados acreditan? Hay mucho que examinar: residencias de mayores durante la COVID, gestión de la DANA, prevención de incendios e inundaciones, cribados oncológicos, listas de espera sanitarias, atención a la dependencia, financiación de la educación pública y de la investigación científica, políticas contra la pobreza y la exclusión social, vivienda y ordenación urbanística.

Y, ya puestos, ¿no entraña también riesgos la ignorancia, la incompetencia o la falta de escrúpulos de quienes aspiran a gobernarnos? ¿Saben expresarse con claridad, al menos en la lengua de Cervantes? ¿Respetan las demás lenguas de España y la historia de quienes no comparten su idea de nación? ¿Son capaces de desenvolverse en un foro internacional? ¿Comprenden conceptos básicos como el IRPF o el salario mínimo interprofesional? ¿Consideran aceptable insultar a un presidente elegido democráticamente, burlarse de las lesiones de un adversario o utilizar imágenes privadas para desacreditar a una periodista? ¿Creen que España debe respaldar las intervenciones militares de Estados Unidos e Israel, aun cuando vulneran el derecho internacional y provocan consecuencias humanitarias devastadoras?

No me entusiasman los moralizadores, pero tampoco creo que todas las decisiones políticas sean equivalentes. Algunas revelan una perversidad difícil de disimular. Poner en riesgo las pensiones públicas, frenar mejoras salariales mientras crecen los beneficios empresariales, favorecer la especulación con la vivienda o deteriorar la educación y la investigación públicas no son simples diferencias retóricas. La codicia y la falta de compasión tienen consecuencias que pueden medirse en sufrimiento y vidas humanas.

La ciencia no decide nuestros valores políticos, pero puede ayudarnos a distinguir evidencias de consignas y riesgos materiales de agravios imaginados. En Rashomon, Kurosawa nos muestra que la mentira más peligrosa no siempre es la que nos cuentan, sino aquella que necesitamos creer. Quizá esa sea una de las tragedias de nuestro tiempo: nos han entrenado para disfrutar del relato y despreocuparnos de su veracidad.

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