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Emergencia climática

Jóvenes dan comienzo a la semana de acciones por el clima frente al Congreso

Todo indica que, de nuevo, se batirán récords de temperaturas en nuestro país en este mes de febrero. Se han alcanzado niveles por encima de los 20ºC en el norte de España, superándose los 30ºC en Valencia, todo ello después de que una borrasca cubriera de blanco buena parte de la península. Es decir, que se producen en muy poco tiempo situaciones climáticas extremas poco frecuentes para esta época del año. Se han batido seis récords mensuales de temperaturas máximas y 15 de mínimas, en algunos observatorios varias veces. El pasado 4 de febrero en Murcia se alcanzaron los 28’5ºC, cifra jamás alcanzada antes del día 25 del mes tras 36 años de registros ininterrumpidos.

Pero no sólo es nuestro país el lugar donde el clima se ha vuelto loco. Argentina está atravesando sucesivas olas de calor, tres en menos de dos meses, con los termómetros superando los 40ºC, con mínimas nocturnas que sobrepasan los 25ºC, estado en el que se hace imposible conciliar el sueño. Cerca de allí, en la Antártida, se ha alcanzado la cifra récord de 21ºC en este mes, cuando lo normal es que la temperatura ronde los 4ºC. Los especialistas en glaciares afirman que esta situación se daba una vez cada 1000 años, y han comprobado que se han perdido miles de toneladas de hielo al desgajarse glaciares y formarse icebergs flotantes, cuya fusión podría hacer elevarse el nivel del mar hasta tres metros, según los expertos. El aumento de la temperatura de la Antártida debería preocuparnos, y mucho, ya que se sabe que este continente actúa como un termostato que regula el clima del planeta, influyendo, por ejemplo, sobre la corriente oceánica que sube por las costas chilenas, afectando a la pluviosidad del continente americano.

Según la reaseguradora más grande del mundo, la alemana Munich Re, los costes económicos de las catástrofes ligadas al cambio climático ascendieron a 150.000 millones de euros en 2019, en una tendencia que será cada vez mayor en los años venideros, aunque el número de fallecidos ha descendido, siendo del orden de 10.000 el año pasado, muy lejos de los 317.000 muertos de 2010, los 235.000 de 2008, o los 240.000 de 2004.

Todos esto datos deberían hacernos saltar de nuestros asientos e impulsarnos a salir corriendo a manifestarnos por las calles, exigiendo a nuestros representantes políticos que actúen de forma urgente, tal y como está haciendo la juventud en muchos países espoleados por la figura de Greta Thunberg. Sin embargo, salvo cuando se organiza alguna acción puntual de forma simultánea en todo el planeta, lo cierto es que a las convocatorias, al menos en nuestra región, acude menos gente de la deseable, unas decenas de personas incombustibles, bajo la mirada condescendiente de la mayoría, que continúa con sus vidas como si no fuera con ellos.

Es verdad que la celebración de la COP25 (¿recuerdan la Cumbre del Clima del pasado mes de diciembre?) en Madrid, que cogió el testigo tras la renuncia de Chile de organizarla por la situación del país andino, tuvo su espacio diario en los telediarios, aunque se hablaba más del impacto económico de la cumbre en los negocios hoteleros de la capital que de las conclusiones, por otro lado decepcionantes para muchos, de la reunión. ¿Habría tenido la misma atención mediática por parte de los medios españoles si la COP se hubiera llevado a cabo a miles de kilómetros de aquí? Lo dudo.

Por otro lado, en el seno de las organizaciones políticas y sociales que tienen a la ecología como eje vertebrador, los partidos verdes y las asociaciones ecologistas, hay un debate amplio sobre el modo de comunicar el hecho de la crisis climática. Para un sector, se debe huir del lenguaje alarmista y deprimente de los efectos del cambio climático, ya que infunden miedo y angustia, provocando reacciones defensivas como negar la amenaza, trasladar la responsabilidad a otros y creer que esos efectos solamente afectarán a sitios lejanos y no a las puertas de casa. Otro sector, sin embargo, cree que hemos llegado a una situación limite en la que la propia supervivencia de nuestra especie está en entredicho. El ejemplo más claro de este enfoque es el mensaje lanzado por organizaciones como Fridays For Future, Extinction Rebellion o la propia Greta Thunberg de que "nuestra casa está ardiendo" y que, en esa situación, no valen paños calientes ni mensajes positivos, sino que hay agarrar a la gente por la solapa y hacerles despertar de su sueño cómodo de que todo sigue como siempre, y de que no podemos seguir creyendo en conceptos como crecimiento económico infinito o continuar cerrando los ojos a la realidad.

La mayoría de los estudios nos dan 10 años de plazo para cambiar radicalmente de modelo y para intentar, sólo intentar, revertir la situación. ¿Seguimos mandando mensajes positivos o ha llegado el momento de sacudir conciencias?

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22 de febrero de 2020 - 10:10 h

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