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La sucia blanquitud

Manifestantes se reúnen en la plaza de la Merced en memoria de George Floyd y contra el racismo / CARLOS TRENOR
"Black lives matter, and white lives are a shame"

La blanquitud es como la nieve hollada en las aceras. Sucia. La blanquitud no existe como tal. Es el producto de la violencia ejercida contra la diferencia por cuestiones de apariencia, origen y territorialidad. Es la necesidad de fabricar una alteridad. A poco que estudiemos las variaciones en la piel, descubriremos que la melanina, esa pequeña sustancia que modifica los tonos dérmicos, obedece entre otras, a razones adaptativas, contextuales; y nos daremos cuenta que las pieles no son fragmentos discontinuos desmarcados por el azar del dibujo de mapas continentales, sino una solución de continuidad y optimización fisiológica respecto al entorno basada en diferentes factores. La pregunta entonces, “dónde empieza una piel, dónde acaba otra”, ¿en qué momento fue importante? ¿Cuándo, la percepción de la diferencia en la piel, se convirtió en relevante, en fronteriza, en una escala con jerarquía? Sin duda esa fue, y sigue siendo, la cuestión del colonialismo, necesitado de generar la alteridad para constituirse como la categoría de referencia: la blanquitud. Así fue como con la violencia, las creencias y las normas, los castigos y los premios, y luego la educación y el lenguaje, se constituyó la oposición, la frontera, entre la blanquitud y las demás pieles. La teoría de las razas entra dentro de este juego de construcción de la alteridad dejando al descubierto que la ciencia está empapada de intenciones ocultas, aunque su lenguaje parezca frío y aséptico. Y la violencia es el fórceps de la alteridad. Se necesita violencia para que la blanquitud quede justificada. Constituida. El asesinato de George Floyd, como tantos otros altericidios, no es una excepcionalidad del sistema. Forma parte de él. Y sigue. La rodilla del policía que lo asfixió no es una rodilla particular, no es una cuestión personal, o fruto del carácter del agente, no es el estilo brutal de la policía de Minneapolis, o un error de protocolo, es la rodilla de la blanquitud, y no solo norteamericana, sino global. Esa violencia sucede para que cuando me vea en el espejo en cualquier lugar del mundo me sepa orgullosamente blanco. Una blanquitud tejida en sangre. Mi abuela me lo decía cuando hablaba de la ropa: “El blanco es un color muy sucio”. También mi abuela, que no sabía leer pero sabía muchas cosas, expresaba aquel contrario cargado de connotaciones: “Cómprate colores oscuros que son más sufridos”. Sí, el lenguaje es perverso, muy perverso.

Así pues, en estos días se sigue repitiendo el subterfugio. Después del asesinato de George Floyd, el lema empoderante Blacks lives matter sigue siendo el dedo que apunta al oprimido, a la comunidad dolida y con rabia. Todavía no señalamos con certeza a la condición opresora. No rige el rencor, sin embargo. Lo cual probablemente engrandece aún más las reivindicaciones de estos días, y evidencia la ignominia de una blanquitud que preferiría el odio para seguir justificándose. Porque es la blanquitud la que ha matado a Floyd, para seguir afianzando el estatus de poder en su condición de clase social. Decir “el racismo es lo que le ha matado”, es muy abstracto, no nos afecta. Es como si el racismo fuera un virus pasajero que nos influye desde hace siglos, y que pudiéramos contrarrestar, eliminar, para ser “buenos blancos”. Pero no apunta a algo esencial: que la identidad blanca se forja desde la violencia; y el racismo no es un añadido. Por eso no hay blanco que no sea racista; dejémoslo claro, solo desde la negación de la blanquitud y todo lo que la acompaña y la sostiene, podremos decir que empezamos a ser antirracistas. No hay blanco que se reconozca como blanco sin que la violencia siga funcionando. Por eso, el lema White lives are a shame, como un primer paso.

Ahora, la negritud, es una categoría trasmutada, revertida. Ya imperdible, la negritud, junto con las demás alteridades creadas por la blanquitud, representan la dignidad de la opresión en comunidad pero de resistencia y transformación, de empodermiento. La negritud, lejos de ser una raza, como quería la blanquitud, ahora es la casa de humanidad donde vamos a tener que tocar la puerta con la cabeza bien baja, pidiendo permiso para volver a vivir dignamente, porque hemos perdido la llave. Y no esperemos que nos abran a la primera. Tendremos que dejar fuera esa blanquitud, tendremos que aprender cómo hacer eso; deshacernos de la falsa condición que hemos creado y empezar a aprender a ser negros y negras, gitanos y gitanas, chinos y chinas, magrebís, latinos y latinas, sureñxs, y todas esas alteridades que son como un prisma policromático, y que ha sostenido la violenta simpleza de crearnos como blancos y blancas, sin duda porque eso nos hacía más poderosos. Así pues, lxs que nos traicionemos, tendremos, durante un tiempo, que ser nómadas perdidxs en desprecio de la blanquitud, y en búsqueda de una identidad transitoria que nos reconcilie con la alteridad.

Estuve en el acto de homenaje y protesta por George Floyd, pero sentí vergüenza de estar allí. No estaba acompañando a mis “hermanas y hermanos” negrxs, porque no lo son, no es tan fácil de decir. No puedo, alegremente, subir a un estrado y declararme hermano, afirmar que yo también soy negro y ya está. La declaración de hermano en todo caso, vendrá de esa negritud ahora unida, y no soy yo quien pueda adjudicármelo. Quizá cuando perciban que sé lo que significa “ser negro”, que puedo reconocer la agresión identitaria que ha conllevado esa condición históricamente, cada día, entonces probablemente pueda haber reconocimiento, y si “ellos” y “ellas” quieren, claro. Mientras, con razón, soy un blanco sospechoso. Así me sentí ayer. Ajeno. Pensando que no tendría que estar allí sin permiso, sin preguntar. No, no soy vuestro hermanx. Me gustaría serlo, pero de momento la solidaridad es un gesto vano porque me preserva como blanco, no me toca, no me deshace, no me gusta. Pero quizá... sólo la presión de mi rodilla en su cuello, la arrogancia y la superioridad que eso me hace sentir, los nueve interminables minutos de brutalidad para corroborar un orden social que me favorece, solo cuando perciba que ese terrible suceso forma parte de lo que soy, mereceré reconocer que empiezo a acercarme. Horror y vergüenza, ese el comienzo.

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9 de junio de 2020 - 06:00 h

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