Han encontrado en la Patagonia a 'patas flacas', un dinosaurio del tamaño de un pollo que corría por las dunas hace 95 millones de años para cazar lagartos y mamíferos
Las patas dejan huellas profundas cuando el peso es descomunal y el cuello se eleva varios metros sobre el suelo. Los dinosaurios suelen imaginarse con esas proporciones, como Patagotitan mayorum, que alcanzó unos 40 metros de largo y un peso comparable al de catorce elefantes africanos. Sin embargo, junto a esos cuerpos colosales existieron dinosaurios muy pequeños que apenas superaban el tamaño de una gallina y que corrían entre dunas y matorrales.
Algunos cazaban lagartos o mamíferos diminutos para alimentarse sin competir con los grandes depredadores, y otros aprovechaban su ligereza para moverse en grupo o esconderse con rapidez. Esa diferencia de escala obliga a mirar con detalle cómo vivían los ejemplares mínimos dentro de un paisaje dominado por gigantes.
La anatomía del ejemplar reveló rasgos poco comunes dentro de su linaje
Paleontólogos argentinos y estadounidenses publicaron en Nature el hallazgo del único esqueleto completo de Alnashetri cerropoliciensis, que significa patas flacas en lengua tehuelche y alude a su anatomía, uno de los terópodos no avianos más pequeños registrados en Sudamérica, que vivió hace unos 95 millones de años en el norte de la Patagonia.
El ejemplar procede de La Buitrera, en la provincia de Río Negro, y pertenece a una hembra adulta de cuatro años. Con unos 70 centímetros de largo y cerca de un kilo de masa corporal, este dinosaurio carnívoro convivió en el mismo entorno que especies mucho mayores.
El cuerpo de Alnashetri cerropoliciensis estaba dominado por una cola larga y contaba con dientes más robustos que los de otros miembros de su grupo, similares a los de un pequeño velociraptor. Peter Makovicky, paleontólogo de la Universidad de Minnesota y primer autor del estudio, explicó que “el brazo reducido en un grupo con tamaño corporal muy chico, con un cráneo muy liviano, es contrario a lo que vemos en la mayoría de los terópodos”. Aunque tenía alas, no volaba, y su dieta incluía pequeños vertebrados en lugar de insectos sociales.
Federico Gianechini, de la Universidad de San Luis, señaló que “una de las características más llamativas de estos animalitos es que los más derivados tenían los brazos muy reducidos”, con un solo dedo dominante y una garra fuerte. El fósil quedó cubierto por una duna que avanzó sobre el cuerpo y lo preservó casi intacto durante unos 90 millones de años, y ese enterramiento rápido permitió estudiar cráneo, falanges y vértebras caudales.
El artículo de Nature lo sitúa como un alvarezsauroideo no alvarezsáurido dentro de los celurosaurios, el mismo gran grupo que incluye al Tyrannosaurus rex. Solo existen dos ejemplares conocidos de la especie, y el primero, descrito en 2012, se basaba en huesos parciales de las patas.
El paisaje patagónico reunió depredadores colosales junto a especies de talla reducida
El entorno donde vivió estaba lejos de ser uniforme. En La Buitrera, una franja de unos 30 kilómetros de areniscas anaranjadas que conserva restos del desierto cretácico de Kokorkom, aparecieron también dientes sueltos y huesos de carcarodontosáuridos como Giganotosaurus y de grandes titanosaurios como Andesaurus y Argentinosaurus.
Sebastián Apesteguía, director del área de Paleontología de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara e investigador del Conicet, apuntó que “los dinosaurios del tamaño de Alnashetri eran mucho mas abundantes y se movían a veces en grupo y otras veces en forma solitaria”. Esa convivencia muestra que el periodo conocido como era de los gigantes del sur incluyó también animales pequeños que ocupaban otros nichos.
La interpretación sobre su tamaño cambió ideas previas. Jorge Meso, de la Universidad Nacional de Río Negro, explicó que “había un sesgo muestral bastante grande”, porque cerca del 90% de los alvarezsáuridos conocidos procedían de Asia y del Cretácico superior.
Dos descubrimientos separados por una década permitieron reconstruir su forma de moverse
La aparición en 2010 de Haplocheirus sollers, de casi dos metros de largo, llevó a proponer una reducción gradual del tamaño en el grupo, pero Alnashetri no encajó en ese esquema. Meso aclaró que “hasta que, en 2012, aparece Alnashetri y muestra que no existió esa tendencia marcada”. El ejemplar sudamericano coexistió con otros más grandes y con diferencias en cabeza y brazos, lo que apunta a una evolución más variada.
La historia del hallazgo empezó en 2004 con un fósil formado por patas incompletas que ofrecían datos limitados. Diez años después apareció el esqueleto articulado que permitió describir la especie con detalle y publicarla ahora en Nature. Ese segundo ejemplar, apodado Alma, abrió la puerta a estudios de reconstrucción muscular y biomecánica de la locomoción, y amplía la información disponible sobre cómo un dinosaurio tan pequeño logró sobrevivir entre gigantes que dominaban el mismo territorio.
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