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De aquellos barros, este fango

O nos ponemos con calma, razón, empatía y verdadera democracia a la tarea, o será muy complicado salir del infierno hooligan donde no son nada raros esos señores y señoras en blanco y negro

Santiago Abascal, Pablo Casado y Albert Rivera

Santiago Abascal, Pablo Casado y Albert Rivera

Esos señores y señoras en blanco y negro que están copando nuestra energía últimamente no han llegado solos. Y, como no se puede cambiar su discurso ni negar su existencia, sólo cabe cambiar el tablero para que retornen a la caverna de la que nunca debieron salir. Para empezar, no haciéndoles propaganda que viralice sus ideas. Hablemos de posibles respuestas y de la coyuntura que los hace posibles, no de ellos.

Llegaron, por ejemplo, de la mano de una política reducida a votación en el circo de los peores. Del sarao en que habitan quienes consideran que lo común es su nicho de mercado. De quienes han degradado lo político hasta el punto de que la gente de bien no quiera participar. De los que se afilian en la tierna juventud para tener que trabajar poco. De quienes medran a fuerza de hacer la pelota, de calentar el sillón. De quienes viven de pagas eternamente. De quienes dan espectáculos lamentables de luchas de poder. De quienes consideran la mentira un arte. De quienes han hecho de la corrupción un estilo de vida. De quienes no respetan al electorado, no se esfuerzan, no escuchan. Esta gente, que se encuentra en diversos espacios del espectro ideológico, trajeron a esa otra, la descaradamente fascista.

Llegaron también gracias al desprecio a la democracia, confundida con esa paupérrima versión, la democracia representativa liberal, que no deja de degradarse. En “¿Gobernar el vacío?”, un interesante artículo en New Left Review, el politólogo Peter Maier analizaba ya en 2007 el deterioro creciente de la democracia electoral, cada vez menos popular y reducida al chasis constitucionalista, hasta el punto de hablarse de sujetos “semisoberanos” para referirse a la ciudadanía, dada su escasa capacidad para incidir en las decisiones de los partidos, depositarios del poder de decisión.

Partidos que se han ido separando del pueblo y el pueblo de ellos, y que no son ya espacios de concreción de ideas e ideologías, sino camarillas de aspirantes a vivir de las instituciones, de la infraestructura del Estado… Siempre con honrosas excepciones. Creo que es más sencillo, por cierto, que la clase política honrada florezca en la distancia corta, en la municipalidad, que hace posibles correcciones más conscientes del electorado. Por eso, es normal que la derecha quiera recortar administraciones cercanas: les interesa controlar su empresa desde el centro sin tener que rendir cuenta alguna. No, no es un tema de reducir duplicidades, lo que quieren reducir es la democracia popular, dejarla en su mínima expresión sin que nos demos cuenta.

Al tiempo que crecen las distancias entre políticos y votantes, se reducen las diferencias entre partidos, cada vez más semejantes. Dejan de atender a la ciudadanía y se fijan unos en otros, convirtiendo la política institucional en una mera competición espectacular. Campaña eterna, mentira permanente. A medida que la competencia entre los partidos se vacía de contenido, se producen mayores estímulos para la política circense y completamente volátil, en la que se cambian candidaturas de gente competente o con un programa claro por personajes sacados del star system patriotero ("Hola, soy Ruth Beitia, y los animales y yo somos todos seres humanos"). Y el periodismo, por desgracia, parapetado en su deber con lo último, hace un seguimiento que alimenta el monstruo.

Pero no es solo algo que dependa de los partidos, no: hay un movimiento similar en el electorado que, bajo la égida del individualismo, no se afilia ni compromete con organizaciones, ni sindicatos, ni colectivos, ni partidos, facilitando que estos últimos se llenen de trepas en vez de estar formados por militantes. También porque los militantes se cansaron de no ser escuchados, hoy los partidos están llenos de gente que no parece querer representar, sino tener un cargo institucional bien retribuido.

Todo esto provoca una pérdida de la dimensión de representación popular de la democracia, y en la confusión de democracia con mero constitucionalismo es justo donde cabe la coartada de Ciudadanos y PP para negociar con la extrema derecha. ¿Basta con ser constitucional para ser democrático? Creo que no. Ser demócrata no es parecerlo, es serlo, y hay que decirlo más. No me canso de repetir que democracia es mucho más que un sistema electivo, es el espíritu del común, la sensibilidad necesaria para convivir entre diferentes. Hay —a derecha e izquierda— quienes la confunden con una forma de gobierno, cuando es una forma de estar en el mundo, se vote o no. Y la extrema derecha se jacta, justamente, de lo contrario.

Por desatender la democracia como espíritu de convivencia, esas señoras y señores en blanco y negro llegan a la arena pública en la culminación del individualismo del Sálvese quien pueda — el de la magufa “mano invisible” del mercado—. Un individualismo que nos encapsula y nos aísla. En 'Los orígenes del totalitarismo', Hannah Arendt mostró que la condición de posibilidad del nazismo fue el aislamiento de los alemanes, debido a la parálisis y la vulnerabilidad a la propaganda nazi que producía.

Por la vulnerabilidad que genera una sociedad hiperindividualista, en la que sobrevivir es una gesta para la mayoría, hoy surgen zoquetes racistas y antifeministas de debajo de las piedras, compradores del discurso de extrema derecha: por ejemplo, machos heridos por el desastre económico que, hartos de sentirse solos, conjuran su sensación de fracaso agarrándose como clavo ardiendo a la identidad española y viril más inmunitarias y excluyentes… sin sopesar que sus líderes son cazadores de paguitas y defensores del que más tiene. Otro día me gustaría explicar algunos interesantes análisis feministas al respecto, de autoras como Sayak ValenciaHouria Bouteldja entre otras. Por su parte, la parálisis que produce el “No hay alternativas” neoliberal y el espectáculo político denigrante están haciendo que personas valiosas se rindan y dejen de luchar, se desentiendan de lo común: algo que, especialmente ahora, puede tener desastrosas consecuencias.

Esos señores y señoras en blanco y negro llegaron, también, de la mano del abandono de la razón y el cultivo de la emoción fácil, de la política hecha con el estómago. Veo proliferar titulares de opinión —de los tweets mejor no hablamos— que contienen expresiones soeces o violentas y que, bajo la excusa de la coloquialidad, enmascaran una dejadez y emotividad incontroladas. ¿Cuándo se dio carta de naturaleza a la violencia verbal en el debate público? Necesitamos dejar de incentivar a los emotivistas irresponsables. Es ridículo repetir “No pasarán” como si fuera un meme de red social mientras se sigue fomentando la violencia.

O nos ponemos con calma, razón, empatía y verdadera democracia a la tarea, o será muy complicado salir del infierno hooligan donde no son nada raros esos señores y señoras en blanco y negro.

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