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Hijos de puta

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Si entre tanto discurso, tanto debate, tanta noticia y tanta encuesta en esta larguísima campaña electoral que ya estamos padeciendo, dispone de unos breves segundos, permítame que le relate una antigua anécdota que ya creo haber plasmado en algún que otro artículo, pero que debido a las actuales circunstancias de nuestro desquiciado territorio, considero no necesario pero si conveniente recordar.

Hace muchos, muchos años, el médico y poeta estadounidense Williams Carlos Williams, nieto de la poetisa Emily Dickinson, fue visitado en su domicilio de Paterson (USA) por unos jovencísimos Allen Ginsberg y Jack Kerouac, héroes ya muertos de una generación ya perdida y precursores, entonces, de una época que las drogas, la música pop, los falsos hippies y las multinacionales terminaron por liquidar a finales de los sesenta, palmo más, palmo menos. Con poco más de veinte años los dos representantes de lo que más tarde fuera conocido como el movimiento beat, rendían tributo de esta manera a uno de los símbolos poéticos más admirados de los Estados Unidos de América

Entonces casi todo parecía posible. El hombre aún no había alcanzado la luna, la mayor parte de las revoluciones aún no estaban tan desprestigiadas como en la actualidad

En aquellos días Kerouac todavía estaba tratando de imitar a Thomas Wolfe reescribiendo constantemente la que sería su primera novela, The Town and the City, y Ginsberg aún no había dispuesto del tiempo suficiente como para imitarse a sí mismo ni para deambular por el planeta dando recitales, fundando innumerables talleres de poesía y convirtiéndose en un rendido admirador de Bob Dylan. Hablaron de Walt Whitman. Bebieron té y whisky. Las grandes barcazas subían por los caudalosos ríos de la América profunda y a John Fitzgerald Kennedy aún le faltaban unos cuantos años para dejarse la mitad del cerebro en las calles de Dallas. Entonces casi todo parecía posible. El hombre aún no había alcanzado la Luna, la mayor parte de las revoluciones aún no estaban tan desprestigiadas como en la actualidad y el siglo XX, por decirlo de alguna manera, todavía estaba creciendo.

Como buenos discípulos, Ginsberg y Kerouac – víctimas con el transcurrir de los años de las drogas, la música pop, los falsos hippies y las multinacionales – se despidieron de Williams Carlos Williams pidiéndole un consejo. Este, dándose la vuelta, descorrió las cortinas de una de las ventanas del salón, señaló la calle y en un tono de voz neutro, pausado, casi, casi distraído, dijo: "Tened cuidado; ahí fuera hay mucho hijo de puta". La sabiduría estriba en distinguirlos.

 

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