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Unamuno

No resulta fácil encontrar libros de Unamuno en las librerías ni huella alguna de su paso por este mundo tanto en el paisaje como en el paisanaje de este desmemoriado país, salvo en Salamanca

Unamuno observa a Millán Astray antes de su célebre discurso

Unamuno observa a Millán Astray antes de su célebre discurso

 Pío Baroja decía que Unamuno se creía todo, filósofo, matemático, geógrafo, filólogo, naturalista, arquitecto, además de vidente y de profeta. En unas semblanzas publicadas en el periódico argentino La Nación en el año 1940, el escritor vasco también afirmaba que el rector de la Universidad de Salamanca era un hombre intransigente, muy egoísta, que no aceptaba la menor réplica y que nunca escuchaba a nadie de tal manera que le hubiera explicado filosofía a Kant, a Poincaré lo que era la matemática, a Einstein el porvenir de la física, a Frazer los problemas del folclore y nada le hubiera indicado a Mozart ya que Unamuno había decidido que la música no era nada y no valía la pena ocuparse de ella, porque a él no le gustaba.

Pero, bueno, ya se sabe, Pío Baroja era hombre atravesado que hablaba mal de todo el mundo. La película de Amenabar, académica, necesaria, pero falta de intensidad narrativa y tan fría como la mirada de un cisne, ha puesto de nuevo en el escaparate de la actualidad a quien durante las primeras décadas del siglo veinte fuera la mosca cojonera de España. No resulta fácil encontrar libros de Unamuno en las librerías ni huella alguna de su paso por este mundo tanto en el paisaje como en el paisanaje de este desmemoriado país, salvo en Salamanca, claro, donde es más una marca comercial que un autor leído; una marca que rotula bares, cafeterías, plazas, ferreterías, librerías, hostales, bazares chinos, jardines municipales y colegios públicos. 

No es un autor que se lea tal vez porque el tiempo ha pasado por encima de su obra despojándola de toda carnalidad, adelgazándola casi hasta el esqueleto, ya que la auténtica sustancia de la obra de Unamuno era la presencia viva del propio Unamuno convertido en mito viviente, conciencia nacional, discutidor impenitente, oráculo oficial y casi, casi, divinidad humanizada. Unamuno no acierta ni con la novela ni con la poesía porque en realidad no le interesan ni la novela ni la poesía, sino que solo le interesa Unamuno, personaje único de toda su obra. 

En sus novelas no hay paisaje ni descripción ni sociedad ni verdaderos personajes ya que solo le interesa un personaje, él mismo y de su poesía poco podemos decir salvo constatar que es el único poeta conocido que se atreve a meter la palabra palanca en un poema, solo por rimar con Salamanca. Unamuno, como buen vasco, cuando escribe poemas en castellano parece que está golpeando con un martillo pilón rocas impenetrables, de una dureza paleolítica. El hombre se esfuerza. Tal es así que uno se lo puede imaginar sudando, suplicando, implorando ayuda a las esquivas musas y mesándose los cabellos en busca de un adjetivo, de una metáfora, de un verso definitivo, lapidario e incontestable; un verso trabajado con una voluntad germánica donde la rima sea perfecta y que contenga todo el pensamiento acumulado durante siglos de sabiduría; un verso, una música, una estrofa... 

la auténtica sustancia de la obra de Unamuno era la presencia viva del propio Unamuno convertido en mito viviente

Unamuno como poeta no canta; suda... Unamuno escribió en los periódicos sus mejores páginas, que es donde entonces se ganaban los cuartos, la reputación y las batallas y sacó la filosofía a las calles, cosas que no se hacía desde los griegos, pero por mucho empeño que pusiera no es ni un novelista ni un poeta. Es simplemente Unamuno; un místico con talante puritano y misógino, chapado a la antigua, vestido de pastor protestante con el jersey negro hasta la nuez, el cuello de la camisa blanca como alzacuellos, el rostro colorado como un bebedor de cerveza teutón y con la barba hirsuta de prestamista judío, que desprecia los géneros literarios y los destroza, no por rebeldía ante los cánones literarios, sino porque toda su obra es el monólogo de un loco que se busca a sí mismo a través de dios o viceversa, que en su obra tanto monta lo uno como monta lo otro. 

Es en esta búsqueda donde está el Unamuno lírico, grande, profundo, quijotesco, autor de la monumental Vida de don Quijote y Sancho. Antonio Machado lo consideró su maestro. José Ortega y Gasset su problema y todas las ideologías de aquellos años en blanco y negro, polvorientos y fatales, tuvieron en él un formidable enemigo, ya que zahirió con igual entusiasmo tanto al comunismo, como al socialismo, al nacionalismo, al liberalismo, a la Monarquía, a la República y finalmente a los nacionales de Franco, tras haberlos saludado, eso sí, como la salvación de España. Unamuno, vástago de una familia muy prolífica de pasteleros de Vergara, es el formidable intelectual que fue solo cuando su pensamiento no esconde su auténtica aspiración: sustituir a dios. No encontrarlo, sino sustituirlo, como escribiera Francisco Umbral. En eso, el rector de la Universidad de Salamanca más mitificado de la historia, tras, quizá, Fray Luis de León, no solo fue un místico digno de nuestra larguísima tradición de voraces místicos, sino también muy bilbaíno.

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