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Opinión - 'El faro del mundo libre', por Rosa M. Artal

Behemoth en Minneapolis: más acá del “fascismo”

Santiago Abascal y Donald Trump, en Washington, el 24 de febrero de 2024.
13 de febrero de 2026 22:00 h

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Después de la crisis financiera de 2008 y el ascenso de las nuevas derechas autoritarias, se produjo una explosión terminológica para caracterizarlas. A partir de la victoria de Trump en 2016, los adjetivos – tardío, preventivo, fósil – y los prefijos – neo, post, o tecno– se multiplicaron con la esperanza de explicar el fenómeno. ¿Lo comprendemos mejor o esa acumulación solo señala la incapacidad de descifrarlo?

Recientemente, el periodista y escritor Jonathan Rauch publicó en la revista The Atlantic un artículo muy compartido en X y de título asertivo “Yes, it’s fascism” (“Sí, es fascismo”). Los hechos de Minnesota habían supuesto un punto de inflexión y no tenía sentido “evitar” el término. “Ahora las semejanzas son demasiadas y demasiado fuertes para negarlas”, decía el autor. Rauch narra su proceso de autoconvencimiento y pasa, a continuación, a enumerar las características del fascismo, aquel movimiento antidemocrático, antisocialista e irracionalista.

Es evidente que lo sucedido en Minnesota este mes de enero ha impactado en la conciencia del pueblo estadounidense. El despliegue del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU (ICE, por sus siglas en inglés) persiguiendo a personas trabajadoras para deportarlas, los asesinatos a sangre fría de Renee Good y Alex Pretti, y el uso de niños para capturar a sus padres han quedado grabadas en la retina de todo el país. La burda propaganda federal negando los hechos y culpabilizando a las víctimas ha mostrado la catadura moral del “King Trump”. Así lo ha inmortalizado Bruce Springsteen en su himno Streets of Minneapolis. Pero si dejamos de señalar las cosas con el dedo y comprender el concepto, ¿qué hay del “fascismo” aquí?

Hay una visión ampliamente compartida – y defendida con matices por autores muy diferentes como Arendt o Hayek –, según la cual el fascismo sería una variante del totalitarismo. Así entendido el fascismo sería una suerte de combinación de Estado hipercentralizado y expansivo, que ocuparía el lugar propio de la sociedad, más una ideología contraria al individuo y su libertad. El autor de Camino a la servidumbre fue más lejos todavía: cualquier intervención estatal en la economía era un paso inevitable hacia aquel. Pero esa hipótesis plantea una dificultad evidente. ¿Dónde está ese Estado total que lo controla todo? ¿En qué lugar se manifiesta cuando el poder se fragmenta entre agencias que actúan sin coordinación? ¿Cómo encaja esa imagen con el peso creciente de grandes intereses privados y de plataformas digitales que moldean el espacio público y concentran el poder económico? ¿No estamos, más bien, ante la normalización de la excepción?

Conviene recuperar aquí la figura de Franz Neumann, jurista alemán, militante socialista y uno de los miembros más olvidados de la Escuela de Frankfurt. Tras la llegada al poder de Hitler, se exilió en EEUU, donde escribió uno de los libros más exhaustivos y originales sobre el régimen nazi: 'Behemoth: pensamiento y acción en el nacional-socialismo'. Frente a la mayoría de analistas de la época y la propaganda hitleriana, Neumann señalaba sus contradicciones y advertía que era un gigante con los pies de barro, que podía ser derrotado.

Hobbes había popularizado la figura del Leviatán para representar al Estado. Un sistema social que ordena la sociedad y, a pesar de monopolizar la violencia y utilizar la coacción, respetaba la ley y garantizaba los derechos individuales. Por su parte, el jurista alemán recuperaba Behemoth, el otro monstruo de la escatología hebrea, para designar una forma diferente y específica de poder.

Desde esta perspectiva, el Tercer Reich no era un Leviatán salvaje, sino un no-Estado. El Derecho no regía, ya que la excepción no era el momento extraordinario para instaurar el orden, sino el modus operandi del gobierno nazi. Y no existía el poder unificado. Eran cuatro los grupos de poder – la industria, el partido, la burocracia y el ejército –, que solo estaban unidas por el Führer y sus “contratos privados” con él. La competición descarnada entre grupos servía para impulsar la voluntad política del régimen. El nazismo consistía, entonces, en un caos organizado, sostenido por la violencia y la absoluta inseguridad jurídica.

Vistas así las cosas, este enero de Minneapolis no ha sido un momento de exceso excepcional, sino la verdadera cara del trumpismo. En nuestros días, el Behemoth – el monstruo que gobierna la tierra y es venerado por los animales terrestres – se expande a través de las plataformas digitales y con intervenciones militares más allá de sus fronteras. No responde a las necesidades de un capitalismo monopolista como el de los años 30, pero se alimenta de un capitalismo oligárquico y rentista, dominado por las finanzas y las grandes tecnológicas. Los estadounidenses no sufren un régimen de partido único, pero el movimiento MAGA amenaza con subvertir los mecanismos constitucionales para garantizar un tercer mandato de Trump. Y, además, está nutriendo con sus miembros a ICE, que cuenta con más presupuesto que todo el resto de agencias de seguridad y se ha convertido de facto en una fuerza de choque paramilitar.

Fuerzas colaboracionistas en otros países occidentales, como Vox en España, aspiran a importar ese modelo, confiando en que los tiempos de la democracia están llegando a su fin y más vale apostar por el caballo ganador. Por desgracia, no es solo cosa de Vox, sino que la popular Díaz Ayuso le ha concedido esta misma semana la Medalla Internacional de Madrid a EE.UU. por ser “el principal faro del mundo libre”, tras los reconocimientos a Netanyahu y Milei. En este momento de auge del autoritarismo, se entiende la propuesta de los de Abascal de revisar más de un millón de nacionalidades concedidas durante el mandato de Pedro Sánchez. ¿Por qué detenerse en ese momento temporal? ¿Por qué no retirárnosla sencillamente a quienes no compartimos su ideología? ¿Dónde está aquí el Derecho? Esa apuesta por la arbitrariedad y la distorsión completa de las normas solo puede aplicarse a través de la violencia. Solo generará desorden y caos. Acabará empujando a mucha gente a resistir como también hemos visto en Minnesota. En “el mejor” de los casos, desintegrará aquello que dice querer salvar. Hoy, como entonces, Behemoth tiene los pies de barro y puede ser derrotado. Esperemos encontrar el camino antes de que el mal y el daño estén hechos.

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