Venezuela 2026: entramos en terreno desconocido
En la madrugada del 3 enero de 2026, los Estados Unidos de Donald Trump bombardearon Venezuela y capturaron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa. En el primer momento, no supimos mucho más, pero lo sabíamos todo. No había datos oficiales sobre heridos ni muertos, pero se afirmaba que la operación había sido impecable y la ausencia de bajas apuntaba a que Maduro había sido “vendido”. Desconocíamos si la operación estadounidense –justificada en nombre del “narcoterrorismo”– contaba con apoyos significativos en el interior del país y cuáles serían, pero algunos celebraban el retorno inmediato de María Corina Machado como presidenta. Tampoco conocíamos los siguientes pasos del plan de Trump, más allá de apelaciones genéricas a “la libertad” y a la necesidad de “tomar el control” de Venezuela.
A medida que avanzaron las horas había más datos, pero entendíamos cada vez menos. La rueda de prensa de Donald Trump, junto a Marco Rubio y otros responsables de la operación, llevaron al extremo esta paradoja: cuanto más veíamos con nuestros ojos y más escuchábamos, mayor era la sensación de irrealidad. Trump hablaba del petróleo venezolano y de recuperar lo que era suyo. Despreció a María Corina Machado y señaló a Delcy Rodríguez como un actor clave. No habló de democracia en ningún momento, sino de “una transición segura”. Su comparecencia ante los medios fue una exhibición impúdica de su propio poder. Esa transparencia total, lejos de mostrarnos crudamente la verdad, multiplica la confusión.
Lo único indiscutible es que se trata de una violación flagrante y explícita del Derecho Internacional. Como ha recordado la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, el artículo 2, párrafo 4, de la Carta de las Naciones Unidas es muy claro: los Estados deben abstenerse del uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier otro Estado. No hay otra interpretación “creativa” dentro del marco jurídico internacional.
Pero estamos en 2026 y vivimos en otro mundo. Hay quienes celebran los bombardeos sobre Venezuela – en muchos casos, su propio país– como si marcaran el inicio de un proceso de liberación largamente esperado –y mucho más rápidamente desmentido–. Otros se apresuran a borrar de un plumazo la degradación democrática, económica e institucional del “madurismo”, como si la violación del derecho internacional bastara para devolverle una legitimidad perdida hace ya tiempo.
Hoy Venezuela no es una excepción, sino un síntoma de un mundo en el que la fuerza vuelve a imponerse al derecho, y en el que los principios son solo productos de usar y tirar en manos de las grandes potencias. Este mundo de depredadores es el que los Estados Unidos de Trump aspiran abiertamente a presidir. En apenas un año, Trump se ha encargado de demostrar que quienes pensábamos que su regreso a la Casa Blanca sería desastroso nos quedamos cortos. Podía ser peor. Mucho peor. En solo doce meses ha incumplido sus promesas de aislacionismo y no intervención, y ha consolidado una política exterior basada en la arbitrariedad, la violencia y el retorno explícito de las esferas de influencia. Pese a su retórica de “hacedor de acuerdos” y a la propaganda de la paz, ha ordenado bombardeos en Irán, Irak, Siria, Somalia, Nigeria y Yemen, antes de bombardear Venezuela. En su primer año de mandato ha lanzado al menos 637 ataques aéreos –principalmente en Oriente Medio–, más que los realizados por Joe Biden durante sus cuatro años de mandato. No hay atisbo de un acuerdo de paz justo y duradero en Ucrania e Israel continúa con su política de apartheid en Palestina. El aislacionismo prometido se ha convertido en una política de poder –Machtpolitik– sin complejos.
Este mundo gobernado por la fuerza no ha surgido de la nada con el cambio de año. Tiene una fecha simbólica y un nombre propio. En 'El mundo después de Gaza', Pankaj Mishra sostiene que la devastación y el genocidio en Gaza no fueron una tragedia más en una época saturada de catástrofes, sino una ruptura histórica. Ningún otro acontecimiento reciente –ni la pandemia, ni las crisis financieras, ni siquiera otras guerras– dejó una carga comparable de perplejidad y mala conciencia en Occidente. Gaza expuso con una crudeza insoportable la bancarrota ética de EEUU y Europa, y la incapacidad para aplicar los propios principios cuando las víctimas y los verdugos no encajaban en nuestra visión del mundo – atravesada, en demasiadas ocasiones, por el supremacismo blanco–.
Lo original no fue únicamente la brutalidad de la violencia ejercida, sino la naturalidad con la que fue justificada y asumida. Gaza mostró que el Derecho Internacional y los derechos humanos ya no operan como límites. Trump se pavonea de la exhibición de su hegemonía militar –la única que EEUU conserva de manera indiscutible. El genocidio palestino da continuidad a un mundo en el que algunos cuerpos pueden ser destruidos al margen de toda norma. La represión del madurismo y su nulo respeto de la pluralidad política es la otra cara de la moneda de esta historia, a una escala regional.
Rusia en Ucrania, Israel en Palestina, Estados Unidos en América Latina: la fuerza reaparece como el principio que ordena nuestro mundo. El bombardeo de Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro en 2026 pertenecen plenamente a ese tiempo posterior a Gaza. No estamos solo ante un episodio de autoritarismo ni la acción de un rey loco, sino ante una suspensión ejemplar de los principios que configuraron el orden internacional tras la Segunda Guerra Mundial.
Si se acepta esta lógica, muchas preguntas son ya meramente retóricas. ¿En virtud de qué principio podría criticarse una invasión de Taiwán por parte de China? ¿Con qué autoridad puede la UE exigir a Rusia la retirada de los territorios ucranianos?
El espíritu de la nueva estrategia de seguridad nacional estadounidense, publicada hace apenas un mes, se ha hecho carne en Venezuela. El regreso explícito de la Doctrina Monroe amenaza a América Latina con dejar de ser una comunidad de Estados soberanos.
El retorno del imperialismo descarnado y de las esferas de influencia consolida la excepción jurídica. Cuando una potencia se arroga el derecho a decidir qué gobiernos son legítimos y cuáles deben ser reemplazados, resquebraja el principio mismo de soberanía y seguridad colectiva. El problema no es solo la Venezuela de Maduro, sino el precedente que se establece para cualquiera. La Unión Europea se equivoca al mirar hacia otro lado o confiar en que las amenazas hacia Groenlandia son solo bravuconadas de los partidarios más duros del America first. Es el siguiente objetivo. Está escrito.
Nada de esto implica ignorar la realidad interna venezolana. El régimen de Maduro carecía antes de la operación norteamericana de legitimidad democrática. El país atraviesa una devastación económica y social profunda, con millones de ciudadanos forzados al exilio y sin ningún horizonte político creíble. Ahora bien, reconocer esa realidad no implica celebrar los bombardeos ni aceptar la ley del más fuerte. Ninguna “transición justa” puede construirse a partir de ese hecho.
Eso es lo que hace de 2026 un terreno desconocido. ¿Cómo ayudar a los venezolanos y venezolanas a que recuperen las riendas de su propio destino, y decidan en paz y en libertad? ¿Quiénes estamos dispuestos hoy a defender los principios democráticos y el Derecho Internacional, incluso cuando incomodan?
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