¡Bobos, esto es la política!
¿Qué está pasando? ¿A qué obedece tanto desatino? ¿Qué algoritmo está tras la desclasificación de los documentos tan anunciados del 23F? Este miércoles, al mediodía, cuando se nos dio el pistoletazo de salida, políticos temerosos, ávidos periodistas, historiadores y ciudadanos en general, entramos en la página oficial de la Presidencia del Gobierno para poder conocer los secretos de Estado que durante medio siglo han permanecido guardados bajo la losa de esa ley franquista de Secretos Oficiales que hasta hoy ningún presidente de Gobierno quiso levantar. La expectación era máxima.
Por fin íbamos a poder conocer las conversaciones del rey Juan Carlos con los capitanes generales. Su buen nombre iba a quedar fuera de toda duda cuando escucháramos su voz ordenando, con tono enérgico y decidido, a sus capitanes generales que cumplieran la Constitución. Esperábamos corroborar lo que nos había contado en su libro, dirigiéndose por teléfono al general Armada e impidiéndole que se dirigiera a la Zarzuela: “Quédate donde estás. Si te necesito, te llamaré, pero, de momento, no vengas”. O aquellas otras palabras pronunciadas a media noche para impedir que fuera al Congreso: “No te doy ningún permiso, y no vayas allí en mi nombre”. O, al menos, algunos de los cientos de pinchazos telefónicos a los que estuvieron sometidos los políticos que participaron en la 'Operación Armada'. Según nos dice el rey emérito en su libro, “todos los partidos tramaban en secreto conspiraciones políticas para llenar a su manera el vacío de un poder tambaleante. Todos estaban jugando con fuego… y yo me di cuenta demasiado tarde”.
El día 25 de febrero de 2026 tenía que pasar a la historia como el de la verdad histórica, en el que al fin se descorrería de nuevo el velo de la Transición para que el rey Juan Carlos pudiera recuperar su buen nombre y ser aplaudido nuevamente por gran parte de los españoles. Sin embargo, un incierto duendecillo hizo de las suyas y en lugar de eso lo que nos dejaron escuchar fueron aquellas viejas y repetidas cintas de la estrafalaria conversación entre García Carrés y Tejero; entre la mujer de Tejero y Carrés; o de ésta con sus vecinas.
Entre los documentos desclasificados, esta vez anónimos, podemos leer aquel que nos cuenta cómo Armada y Milans habían elaborado un plan durante el juicio militar de Campamento para inculpar al rey. ¿No habíamos quedado en que el silencio de Armada fue el que lo aisló de aquella estrategia judicial llevada a cabo por los abogados de los golpistas? ¿No habíamos escuchado al rey emérito decirle a su amante Barbara Rey que el bueno de Armada siempre había guardado silencio y que eso era de agradecer? ¿Eran estos los secretos de Estado tan bien custodiados? Y como colofón, la declaración de un soldado perteneciente a la unidad de caballería Ligera del Regimiento de Villaviciosa que había ocupado la sede central de RTVE, diciendo que estuvieron allí toda la noche. Que eran mil soldados, y tenían órdenes de matar. Tamaña barbaridad no cabe en cabeza alguna y menos en la de aquellos que trabajábamos allí y sabemos que Prado del Rey no fue tomada por una fuerza militar de esas dimensiones, sino que tan solo se desplazaron 35 soldados al mando del capitán Merlo y no pernoctaron, como dice el citado soldado, sino que permanecieron durante algo más de una hora. La perplejidad se suma al desconcierto.
¿Dónde están todas aquellas cintas grabadas en el Congreso? El delegado del Gobierno de entonces en Telefónica, Julio Camuñas, declaró en 1994 al Equipo de Investigación de Antena 3TV, que yo dirigía, que Laina le había encargado, desde las primeras horas de la ocupación del Congreso, grabarlo todo. A medianoche, nos dice, recibe otra llamada urgente para que registre una conversación de gran importancia que va a tener lugar desde allí, coincidiendo con la presencia del general Armada y tras la negativa de Tejero a dejarle entrar en el hemiciclo. Antes de abandonar el edificio de la carrera de San Jerónimo, Armada se dirige a un teléfono del interior del Congreso, marca un número de la capital y habla con alguien, según consta en la causa 2/81. Cuando se le preguntó a Armada por las llamadas que había realizado desde allí no tuvo el menor reparo en reconocer que se había puesto en comunicación con el capitán general Milans del Bosch, en Valencia, pero dijo no recordar la llamada que había hecho a Madrid. No lo negó, tan solo dijo no recordarlo.
¿Qué llamada tan importante se podía esperar en aquellos momentos? El historiador Roberto Muñoz Bolaños deduce que tuvo que ser a “una autoridad superior”. Cuando se pregunta qué autoridad superior tenía Armada más allá de su jefe directo, el general Gabeiras —a quien sabemos que llamó a las 01.20 horas desde el Hotel Palace— el historiador llega a la conclusión de que sólo pudo llamar a dos personas: “Ignacio Alfaro Arregui, presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, y el Rey: si hubiera sido el primero, Armada lo habría dicho, como, en efecto, dijo que había llamado a Gabeiras desde el Palace. Por tanto, no queda más que Juan Carlos I, a quien Armada, de acuerdo con lo pactado con Fernández Campo y sus propias convicciones, no podía responsabilizar de nada”.
Lo que sabemos que estaba grabado no sale a la luz y lo que nos muestran son viejas conversaciones sin la menor trascendencia o documentos anónimos y falsas declaraciones. Cuando hoy se le ha preguntado a Felipe González por el largo silencio del rey aquel día (siete largas horas sin pronunciarse), ha respondido: “¿Quiénes son los bobos que, de verdad, no saben lo que es la política?”. Y para colmo, se muere Tejero.
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