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23F: el atronador silencio del rey

Juan Carlos I, a su llegada al Palacio de El Pardo, en diciembre de 2025. EFE/ Sergio Pérez
19 de febrero de 2026 21:31 h

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El 23 de febrero de 1981 ha quedado marcado en el calendario de la historia como el día de la perplejidad, en el que los españoles no entendimos absolutamente nada de lo que estaba sucediendo. Un teniente coronel golpista, con mostacho de bandolero de Sierra Morena, entra a tiros en el Congreso de los Diputados dando vivas al rey, cuando se está procediendo a la votación de investidura de un nuevo presidente del Gobierno. ¿Era este el golpe anunciado? Se les comunica a los allí secuestrados que mantengan la calma hasta que se presente la autoridad militar que les explique lo que está sucediendo. Se crea el suspense en toda la nación. La gente corre a recluirse en sus casas, encienden la radio y la televisión para intentar seguir el curso incierto de los acontecimientos. Un capitán general, Jaime Milans del Bosch, emite un bando de guerra y toma Valencia, en nombre del rey. El miedo va en aumento. El golpe parece estar triunfando. Hasta aquí la primera parte de lo que comienza siendo un drama.

El segundo acto lo domina el silencio. El del rey Juan Carlos. Sorpresa y estupefacción: el monarca no se manifiesta, no dice nada a la nación. Tampoco llama a Jaime Milans del Bosch para que retire sus tropas de las calles de Valencia (no lo hará hasta la una de la madrugada, según consta en el sumario de la causa 2/81, cuando todo parece resuelto). Transcurren las horas y la anunciada autoridad militar no se presenta en el Congreso. Tejero se pone nervioso y toma como rehenes, entre otros, al presidente del Gobierno en funciones, Adolfo Suárez, y a los dirigentes más significados de los partidos de izquierda: Felipe González y Santiago Carrillo. Existe seria preocupación por sus vidas. 

Todas las miradas se dirigen hacia el Palacio de la Zarzuela, residencia del rey Juan Carlos I, que no ha sido cercado por tropas militares. El soberano no se ve privado de la capacidad de movimiento, tampoco de la facultad de poder comunicarse con el exterior. Sin embargo, el rey guarda silencio. Un silencio atronador que lleva a muchos a dudar. 

A la Zarzuela llaman insistentemente Francisco Laina (la persona que preside la Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios, constituido como gobierno provisional), y el general José Juste (que manda la poderosa División Acorazada Brunete, en Madrid), persona determinante para que el golpe pueda triunfar. Juste se ve incapaz de poder contener a sus hombres. Le pide al rey que se manifieste, pero el monarca mantiene el mutismo. 

Tras seis horas de gran incertidumbre, finalmente, a medianoche, llega al Congreso la esperada autoridad militar, que no es otro que el general Alfonso Armada: el hombre que hasta ahora ha hablado en nombre del rey, pero que en esta ocasión se presenta “a título personal”. Aquello produce un gran desconcierto. Comprensible, si tenemos en cuenta que Armada va investido de toda su autoridad: se presenta en su coche oficial, con el banderín desplegado, vistiendo uniforme militar y acompañado de su ayudante de campo, unas atribuciones que el común de los mortales no tiene. Se dirige al Congreso de los Diputados para postularse como presidente de un nuevo gobierno de salvación nacional y ofrecer a Tejero un avión para abandonar el país. ¿Quién “a título personal” puede hacer tal cosa? Sabemos que la persona que le dio el visto bueno para hacerlo fue el secretario de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, autorizándole para que acudiera al Congreso, pero con una condición: no involucrar al jefe del Estado. Nadie duda que una iniciativa de tal calibre no se puede hacer sin el consentimiento del rey.  

La negativa de Tejero a admitir un gobierno multicolor, con presencia de algún ministro socialista —aunque hubiera tres carteras en manos de militares y un general al frente—, dio al traste con la 'Operación Armada'. “Grave, muy grave, hubiera sido aquello para el país. Afortunadamente el teniente coronel Tejero no era muy sutil, no comprendió la iniciativa de Armada y se lo impidió, pero si no, yo no estoy seguro de que no hubiéramos tenido un Gobierno presidido por un militar”. Santiago Carrillo, posiblemente tuviera razón y haya sido la torpeza de Tejero la que realmente nos libró de aquel intento de golpe militar. Para desgracia del general Armada que vio como su operación, que contaba con el apoyo de políticos a su derecha y a su izquierda, se iba al traste. Y así, con el fracaso, como viene siendo habitual en estos casos, el esperado salvador pasa a convertirse en traidor, y será el propio rey Juan Carlos quien se encargue de desvincularse definitivamente de su general señalándolo como el gran felón. 

Finalmente llegamos al tercer acto, cuando el golpe de Tejero fracasa. Es ahora cuando el monarca abandona su mutismo para convertirse en el defensor de la Constitución. “Señor, ha llegado el momento de aparecer en televisión y ponerse el uniforme”, le dice Sabino al rey. Los equipos de grabación de TVE están en el Palacio de la Zarzuela desde antes de las diez de la noche, aguardando a que el monarca se decida a hablar. Aquel que ha guardado silencio durante siete largas horas se sube a su caballo blanco, se cubre con su capa de armiño, pide que le den la espada y se presenta ante el pueblo español como el libertador. La imagen de Juan Carlos I como paladín de la democracia toma cuerpo a partir de entonces. 

Han pasado 45 años y ahora aquel rey —a quien se le considera emérito— abandona su refugio de oro en el Golfo Pérsico para venir a España a recordarnos todo lo que el pueblo español le debe. Se presenta de nuevo como el rey salvador. Aquí ya no hay nadie que pueda contradecirlo. Ni Adolfo Suárez, ni Sabino Fernández Campo, ni tampoco el general Alfonso Armada. Quizás por eso se expresa con tanta soltura, no teniendo en cuenta que todo ha cambiado, que el periodismo es mucho más libre y no como entonces, cuando tan solo la pluma de Francisco Umbral, se atrevió a vislumbrar lo sucedido: “Él nos ha salvado, él ha salvado la democracia, él se ha salvado a sí mismo”.

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