¿Hay motivos para celebrar el día del Orgullo LGTB?

Manifestación de reivindicación de la igualdad del colectivo LGTBI en Toledo

Carlos Barea

Hemos llegado. Otro 28 de junio, Día del Orgullo LGTB, en el que se conmemoran las revueltas de Stonewall del año 1969. Este día es el epicentro de un mes que se convierte, cada vez con más fuerza, en un canto a la diversidad, que recuerda a las víctimas de la LGBTIfobia, que reconoce el trabajo de los activistas y que supone una nueva oportunidad de poner en perspectiva todo lo que aún queda por conseguir. 

Este año, al igual que el pasado, el día se desenvuelve en unas condiciones especiales. La maldita pandemia ha puesto el mundo patas arriba. Y no solo a nivel económico y sanitario, sino también a nivel social. Estamos más revueltos que nunca. La crispación, el enfrentamiento y las fake news están asolando, ya no solo España, sino el mundo entero. Los negacionistas niegan, valga la redundancia, las evidencias científicas y pasean a sus anchas con cucharillas pegadas a los brazos —que son, por cierto, el nuevo gorrito de papel de aluminio—. Por su parte, los partidos políticos se radicalizan y lanzan mensajes llenos de odio, ahora amparados por el mecanismo constitucional, hacia personas disidentes, migrantes, mujeres o cualquier colectivo que represente la otredad o, lo que es lo mismo, la alternativa al heteropatriarcado eurocentrista. También en este mes las grandes empresas, aunque esto sí que no es nuevo, se apropian de la bandera multicolor para vender más hamburguesas, más ropita hecha en países en vías de desarrollo o para hacerse un lavado de cara —con billetes de 100 euros a poder ser—.

Con este panorama, yo me pregunto, ¿hay motivos para celebrar el 28J? ¿O quizá, más bien, deberíamos decir que hay motivos para luchar con más fuerza que nunca? Atrás quedan los tiempos en los que pensábamos que todo era evolución y un avance sin parangón. Me refiero a los años del matrimonio igualitario, de la Ley de Identidad de Género de 2007 —que ya ha quedado obsoleta— o el inicio de las ficciones televisivas plagadas de personajes LGTB en un intento por mostrar la diversidad. Esta era la época de sentirse exultante y, con una hipoteca, un coche y un niño de vientre de alquiler en camino parecía que, por fin, la sociedad nos estaba dando nuestro lugar, además de muchas noches sin dormir pensando en cómo pagar todas esas deudas. ¡Qué bien! Ya éramos personas normales. Nuestras ojeras ya eran como la de cualquier familia heterosexual. La sociedad por fin nos quería.

Pero la disidencia no significa amoldarse, sino reclamar el derecho a la diferencia. Y, por suerte, de eso ya han tomado buena cuenta las nuevas generaciones. Por fin, el resto de letras más allá de la G han comenzado a reclamar su lugar en el mundo. Las personas trans luchan por una ley que permita la autodeterminación de género, uno de los temas más importantes que tiene nuestro colectivo sobre la mesa ahora mismo. Y es que es más que necesario que entre todos acabemos con el secuestro de las identidades por parte de las fuerzas fácticas y de las instituciones públicas. Que ellos, ellas y elles puedan ser las mujeres y hombres que realmente quieran y no las que el binarismo de género les imponga. Todos y cada uno de nosotros deberíamos ser cómplices de esa conquista.

Ya no debemos admitir el tutelaje social ni tolerar que esa vocecita, integrada ya incluso en nuestro interior, nos diga qué es ser un buen gay, una buena lesbiana, un buen bi o una buena persona trans. No podemos agachar la cabeza y seguir permitiendo que sean los demás los que nos digan qué vida merecemos vivir y cómo debemos gestionarla. Bastante tenemos ya con el avance de la ultraderecha, los resultados electorales de Madrid y de otras ciudades de España, el aumento de agresiones LGTBfóbicas, los pin parentales, la situación en países como Hungría, Polonia o Rusia y un sinfín de situaciones más que evidencian que la homofobia, lejos de erradicarse, cabalga a sus anchas en las instituciones y en la estructura social de este, nuestro mundo.

No. No hay motivos para celebrar el día de Orgullo. Hay motivos para salir a la calle, para luchar, para alzar nuestra voz y para decir bien alto que de aquí no nos mueven. Que cada vez avanzaremos más y con más fuerza. Porque somos legión. Porque tenemos derecho a la autodeterminación. Y no solo de género, sino también el derecho a vivir nuestras realidades como mejor nos parezca, sin necesidad del beneplacitico de una sociedad que ha intentado de mil y una formas erradicarnos a lo largo de la historia. 

Y aunque celebrar nuestra existencia no está mal, hacerlo sin una perspectiva de lucha lo único que provoca es que nos creamos el cuento de que vivimos en un paraíso. Porque el problema es que cuando se vive en un paraíso nada se mueve, nada se cambia. Por eso, cada vez que una empresa no comprometida con la diversidad pone en pie una bandera multicolor, nos están mostrando un espejismo, ya que esa aparente intención de inclusión tan solo quiere esconder algo tan perverso como que, siempre y cuando respetemos las normas de su juego y les surtamos de dinerito, seremos tolerados, término que, no lo olvidemos, significa soportar algo que no te gusta. 

Ya hemos sido tolerados durante muchas décadas. Ahora ha llegado el momento de ser los dueños de nuestras propias realidades y manejar nuestras subjetividades a nuestro antojo. Porque para eso son nuestras. Porque para eso hemos soportado durante mucho tiempo el yugo del control social. Y esto tan solo se gana con trabajo, con solidaridad, con construcción de redes de apoyo y con la creación de un profundo sentimiento de comunidad, independientemente de la letra que habitemos. Por eso, dejemos de celebrar y pongámonos a luchar antes de que sea demasiado tarde. Porque detrás de cada bandera multicolor que ondea el día de Orgullo se esconden 364 días de opresión. 365 si el año es bisiesto.

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28 de junio de 2021 - 06:00 h

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