El supremo engaño de Trump al mundo con su 'Junta para la Paz'
En solo un par de días, y como es su costumbre, el presidente Trump ha transformado su Junta de Paz anunciada en octubre y pensada para Gaza en un proyecto totalmente diferente y con el propósito de substituir a la ONU, que según Trump, tiene un “enfoque e instituciones que con demasiada frecuencia han fracasado”.
En la última semana, Trump ha invitado a unos 60 mandatarios, incluidos los de Rusia y China, a unirse a la Junta de Paz. Ha obtenido bastantes respuestas positivas, con el pago de una cuota de 1.000 millones de dólares y la perspectiva de ayudar a reconstruir Gaza bajo la supervisión de un equipo de siete personas que ya había designado el propio Trump. Pero la sorpresa vino el día antes de viajar al Foro de Davos, al distribuir una 'Carta de la Junta de la Paz' con unos estatutos en los que ya no se menciona a Gaza y en los que se afirma que el propósito de la nueva Junta, puesto que ya es otra cosa, es “crear una organización internacional que busca promover la estabilidad, restaurar una gobernanza fiable y legal, y asegurar una paz duradera en las zonas afectadas o amenazadas por conflictos”, y la justifica por “la necesidad de un organismo internacional de construcción de paz más ágil y eficaz”. Trump será el presidente y tendrá la autoridad para aprobar acuerdos internacionales y crear, modificar o disolver las entidades subsidiarias que se puedan crear, en una clara competencia con la ONU.
En los estatutos se aclara que solo pueden ser miembros los Estados que hayan sido invitados previamente por el propio Trump, con un mandato de tres años sujeto a renovación si así lo quiere Trump, que también se guarda la potestad de sacarlos de la Junta, la facultad de interpretar el significado de la Carta fundacional, la autoridad para aprobar o no todas las decisiones que tomen los Estados miembro, y el poder para disolver la Junta cuando lo considere necesario o apropiado.
Trump también será quien designe a su sucesor en la presidencia, no los Estados miembros de la Junta, que tendrá una “Junta Ejecutiva”, compuesta por “líderes de renombre mundial” seleccionados exclusivamente por Trump, quien también nombrará al director ejecutivo de dicha Junta. Está tan molesto por no haber obtenido el Nobel de la Paz que quiere tener su propia organización para dirigir los destinos del mundo. Un aspecto también interesante es que la Junta de Paz “garantizará la provisión de los privilegios e inmunidades necesarios para el ejercicio de sus funciones”, una referencia a que no se van a someter a la “dictadura” de la Corte Penal Internacional, que tanto detesta Trump.
Los más de 30 países que ya habían aceptado entrar en la Junta de Paz pensada para Gaza, ahora, con el nuevo planteamiento retador respecto a los organismos vigentes, tendrán que repensar si se apuntan o no a este esquema imperial y extremadamente personalista, pues queda claro que esta Junta de la Paz no es otra cosa que el Consejo de Administración de una empresa llamada Tierra, con Trump de presidente y con un poder absoluto sobre el Consejo, puramente decorativo, sumiso y pagador de los gastos. El vasallaje y peloteo jamás visto, pues no hay precedentes de iniciativas de este tipo, ante el intento de poder absolutista y totalitario de un personaje que se ha convertido en un peligro para la Humanidad. Un narcisista maligno, ególatra y de ambiciones sin límite.
Que la Junta lleve el nombre adjunto de “Paz”, no quiere decir que se vaya a dedicar a ello. En absoluto. Tradicionalmente, las grandes potencias o potencias regionales suelen disimular con un lenguaje retórico y diplomático sus verdaderas intenciones en política exterior, y así lo plasman en los documentos sobre sus políticas de defensa y seguridad. La apariencia de querer y defender la paz, sin embargo, puede ocultar intenciones de carácter más bien ofensivas, intervencionistas, imperialistas o neocoloniales, pues tenemos una larga historia de prácticas al respecto.
En noviembre de 2025, al publicar su Estrategia de Seguridad Nacional, el presidente Trump ya rompió este esquema de prudencia estratégica con un documento redactado incluso con un lenguaje arrogante, soez y despreciativo, muy propio de la personalidad del presidente. El texto no disimula en ningún momento sus verdaderos propósitos y ambiciones, con un discurso claramente imperialista y neocolonial no visto de forma tan explícita desde hacía décadas, que declara a EEUU el amo del mundo. “Estados Unidos no puede permitir que ninguna nación se vuelva tan dominante que pueda amenazar a nuestros intereses”, señala el documento en una clara alusión a China, no a Rusia, con quien manifiesta querer “restablecer la estabilidad estratégica”. Esta Estrategia está vinculada con la nueva Junta, por lo que tendremos que hablar de las dos cosas para entender de qué tipo de “paz” hablamos.
El documento estratégico ya empieza, en el primer párrafo, con una declaración de intenciones de una carga que iba más allá de lo simbólico: “Garantizar que Estados Unidos siga siendo el país más fuerte, rico, poderoso y exitoso del mundo durante las próximas décadas”. Dice textualmente que “la paz a través de la fuerza es el mejor elemento disuasorio”, esto es, la idea estrambótica del presidente Trump sobre el concepto de “paz” equivale al uso de la fuerza para imponer sus intereses, en especial los económicos. El subjefe del gabinete de Trump, Stephen Miller, a finales de 2025 declaró que “vivimos en un mundo que se rige por la fuerza, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”. Y dado que “para un país cuyos intereses son tan numerosos y diversos como los nuestros, la adhesión rígida al no intervencionismo no es posible”, es decir, se intervendría por la fuerza de las armas donde fuera menester.
En esa estrategia se aprecia el paso de la fuerza como instrumento a la fuerza como doctrina. “Paz a través de la fuerza” ya no es un recurso contingente, sino un principio ordenador que justifica, normaliza y casi sacraliza la coerción como vía legítima para preservar riqueza, estatus y liderazgo. Al convertirse en doctrina, se organiza e institucionaliza y se integra en la identidad nacional (“restauración espiritual”, héroes, grandeza), con una tendencia a la totalización. Todo (economía, migración, clima, cultura, Europa) se reinterpreta desde el prisma de la seguridad y la supremacía. Esa “misión” y “destino” (liderar el mundo; hemisferio como patio trasero) operan como mito político que dota de sentido y promete un futuro redentor, haciendo más elástica la moral (“si es por la grandeza, está permitido”), y convirtiendo el lenguaje en práctica, marcos que rebautizan agresión como paz, y dominación como orden.
La estrategia descrita exhibe un carácter imperialista y neocolonial en la medida en que asume como principio que Estados Unidos debe conservar una posición jerárquica global (“no puede permitir” que otro se vuelva dominante) y, desde ahí, se arroga el derecho de intervenir donde lo exijan sus “numerosos y diversos” intereses. No se trata solo de competir o disuadir, sino de ordenar el sistema internacional y delimitar esferas de influencia.
La apelación a la Doctrina Monroe y la idea de un “mundo liderado por los Estados Unidos” reactivan una lógica de tutela sobre otros países, especialmente en América, donde la “propiedad” política del continente convierte la soberanía ajena en algo condicionado. Eso encaja con el neocolonialismo contemporáneo: control y subordinación no necesariamente mediante colonias formales, sino mediante presión militar, económica y diplomática para garantizar acceso, obediencia y ventajas. Esta perspectiva no es accidental; responde a una lógica histórica de expansión y control, ahora reformulada con un lenguaje explícito que despoja a la diplomacia de sus eufemismos tradicionales.
Esta ideología trumpista, lejos de ser un mero ejercicio retórico, tiene consecuencias materiales, pues desestabiliza regiones enteras, profundiza las desigualdades y erosiona los mecanismos de cooperación internacional, perpetuando ciclos de conflicto en nombre de una “paz” impuesta por la coerción. Así que, de paz, la Junta no tiene nada.
Espero, por tanto, que pocos países se dejen engañar por semejante patraña y que no lo confundan con la Junta para Gaza, y que tampoco nos quedemos pasivos ante semejante propuesta, que, según los estatutos, se pondrá en marcha cuando lo hayan firmado tres países, solo tres, que ya los tiene. Creo que habremos de ser muy beligerantes con esta iniciativa, para que Trump vea que aparte de los 25 países que se han sumado ya a la Junta, con dos de la OTAN (Hungría como vicario de Rusia y Turquía por querer un rol en Gaza), solo cuatro potencias regionales (Indonesia, Israel, Pakistán y Arabia Saudita), y sin ningún país realmente destacable, está bastante solo en este mundo y en este mando.
En un ejercicio de pataleta infantil, Trump ha revocado su invitación al primer ministro canadiense, muy crítico con él y que no tenía intención de participar en la Junta. Como tampoco ha querido hacerlo la práctica totalidad de los países de la Unión Europa, que, en boca del presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, han dicho que era incompatible con la Carta de la ONU.
Ha llegado el momento de hacerle frente a Trump, desde las ideas, los valores y la economía. Es también la oportunidad para que Europa, y la mayor parte de sus países, se desconecten temporalmente de su administración en todos los campos posibles. Por fortuna, Trump ya es mayor y no estará siempre presente en nuestras vidas, pero dado que su capacidad de desestabilizar es inmensa, ahora toca plantarle cara con propuestas alternativas, mostrando que somos capaces de establecer alianzas con muchos países de otros continentes, incluidos China e India, y ver qué tipo de reglas podemos compartir para mejorar el planeta, no para apoderarse de él.
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