La extrema derecha fascista y el riesgo de la violencia programada
En Europa, partidos radicales y de extrema derecha lideraban a finales de 2025 las encuestas en hasta nueve países, incluyendo Austria, Bélgica, Italia, Polonia, Países Bajos y Francia. También se predecían resultados preocupantes en Suecia, Alemania, España y Portugal. Con resultados tan negativos esperados, no es de extrañar que algunos se pregunten si la Unión Europea se enfrenta a una amenaza existencial desde la extrema derecha.
A diferencia de otras corrientes autoritarias del siglo XX, gran parte de la extrema derecha actual no concibe la violencia solo como medio, sino como mecanismo regenerador de la nación o la “raza”, prueba moral de un compromiso militante y un intento de fundar un nuevo orden político. Esta concepción bebe de tradiciones fascistas clásicas, pero se reconfigura en clave contemporánea mediante teorías conspirativas, aceleracionismo y guerra civil racial. Uno de los pilares ideológicos es la idea de que el grupo dominante (blanco, masculino, europeo, estadounidense, cristiano), está inmerso en una guerra existencial contra enemigos internos y externos. Esta narrativa se articula en torno a ideas como el “gran reemplazo”, el “genocidio blanco”, la “invasión migratoria” o la “degeneración moral” promovida por élites liberales.
El extremismo de extrema derecha ha crecido en las últimas décadas como respuesta a una combinación de factores socioeconómicos y culturales, intensificados por crisis recientes (financiera, migratoria, COVID-19 y la guerra en Europa). Ese contexto alimenta frustración, miedo e ira, y facilita que estos movimientos ofrezcan “soluciones” simplistas, desacreditan a la democracia y a las instituciones por no responder a las expectativas ciudadanas y, a la vez, desplazan la culpa hacia grupos concretos mediante discursos discriminatorios. Expresiones tradicionales (neonazismo, skinheads) han sido parcialmente reemplazadas por activismo antiislámico y antiinmigración, con un giro más antisistema y ataques crecientes a instituciones, acelerados durante la pandemia.
Entre los factores de riesgo se incluyen problemas de identidad, mala gobernanza y disfunción administrativa, así como baja confianza y alfabetización mediática, que aumentan la exposición a la desinformación. Además, la retórica de odio y deshumanizante puede derivar en violencia y en graves violaciones de derechos, ya que la amenaza es cada vez más transnacional. El extremismo de derechas ha evolucionado hasta convertirse en una subcultura transnacional. Estos movimientos han buscado desarrollar valores compartidos, espacios, mitos, imágenes, eslóganes, símbolos, ídolos, estéticas y artefactos compartidos. Estos referentes culturales contribuyen al crecimiento del extremismo mediante el endurecimiento de las opiniones, la consolidación de identidades exclusivistas y una creciente susceptibilidad a las teorías conspirativas.
En Estados Unidos, ochenta años después de la derrota nazi, la Administración Trump ha mostrado evidencia de simpatías y prácticas cercanas al nazismo, que van más allá de simples gestos o polémicas aisladas. Hay publicaciones y memes difundidos desde cuentas oficiales del gobierno, incluido el DHS y el Departamento de Trabajo, que evocan lemas, estéticas y consignas asociadas al fascismo, deshumanizan a migrantes y buscan generar miedo racial y cultural. Además, se documentan casos de colaboradores y funcionarios que han elogiado o mostrado afinidad con figuras neonazis o con discursos del régimen nazi, lo que incluye publicaciones en redes, mensajes en chats y apariciones públicas en actos afines a la ultraderecha. Estas actitudes provienen, en gran medida, de la cúpula, a través de declaraciones y comportamientos de Donald Trump y de otros altos cargos cercanos, por lo que la normalización de este tipo de retórica facilita la infiltración de un discurso nazi en políticas y prácticas gubernamentales.
La violencia colectiva de estos grupos se normaliza mediante procesos de deshumanización sistemática: los migrantes presentados como plaga, invasores o animales; los judíos retratados como élites manipuladoras o “enemigo invisible”, o las feministas y colectivos LGTBIQ+ como agentes de decadencia. Un componente clave en la extrema derecha contemporánea es el aceleracionismo, que sostiene que el sistema liberal es irreformable y debe ser destruido mediante el caos. Esto justifica ataques indiscriminados para desestabilizar sociedades, la glorificación de la violencia y la amenaza, y el rechazo de la acción política institucional, de manera que la violencia colectiva, sea física o no, se transforma en rito iniciático. Cumple una función sociopsicológica central, pues reafirma una masculinidad “guerrera” frente a sociedades percibidas como “feminizadas”, genera pertenencia y cohesión, y ofrece estatus, reconocimiento y sentido vital. Este patrón conecta con la crisis identitaria masculina, la frustración socioeconómica de mucha gente, y el aislamiento social y radicalización online que provocan las redes sociales.
La extrema derecha no busca solo “resistir”, sino reconfigurar el poder político, con Estados étnicamente homogéneos, la eliminación o expulsión de minorías y el autoritarismo radical. La violencia colectiva es concebida como una fase previa de limpieza, una guerra civil necesaria, y el fundamento del nuevo orden. Aquí convergen el racismo biológico, el fascismo palingenésico (renacimiento por la destrucción), y las teologías políticas secularizadas. No se trata de simples desviaciones criminales, sino de una cosmovisión coherente, donde la violencia y la coacción es moralmente necesaria, históricamente inevitable y políticamente fundadora. La capacidad de reclutamiento y expansión de estos movimientos se ve potenciada por una infraestructura digital sofisticada, que opera en múltiples niveles de visibilidad y radicalización.
Las plataformas como Twitter, YouTube, Facebook o TikTok, sirven como espacios de captación inicial mediante contenido aparentemente moderado, como críticas a la inmigración, denuncias de la “doble moral progresista” o la defensa de “valores tradicionales”. Desde ahí, algoritmos y comunidades digitales dirigen a usuarios susceptibles de ser manipulados, hacia espacios menos regulados donde el discurso se radicaliza progresivamente. Esta arquitectura de radicalización funciona como un embudo, pues el contenido a contracorriente y provocador atrae a jóvenes curiosos o descontentos; la gamificación (aprender jugando) y cultura memética hacen atractiva la participación, el aislamiento social y validación grupal refuerzan la adhesión, y finalmente, la exposición constante a contenido extremo normaliza la violencia y construye enemigos absolutos.
Además, estos movimientos establecen una relación simbiótica y estratégica con actores políticos dominantes e influyentes que, sin abrazar abiertamente la violencia, legitiman narrativas centrales de la extrema derecha. Cuando políticos electos hablan de “invasión” migratoria, “sustitución demográfica” o “guerra cultural contra Occidente”, proporcionan validación institucional a marcos interpretativos que la extrema derecha lleva a sus conclusiones lógicas. Esta dinámica crea lo que algunos académicos llaman “espacio de oportunidad retórica”, de manera que la extrema derecha puede presentarse como la vanguardia coherente de preocupaciones “legítimas” expresadas por figuras respetables, mientras que políticos “mainstream” se benefician electoralmente del clima de ansiedad y polarización, sin asumir responsabilidad por sus consecuencias violentas.
Simultáneamente, estos movimientos desarrollan estrategias de “metapolítica” para ganar influencia cultural e intelectual antes (o en lugar) de ganar poder electoral, y orientadas a modificar el sentido común cultural antes que conquistar instituciones, con ocupación de espacios contraculturales, producción de contenido pseudo-intelectual (podcasts, ensayos, “think tanks” alternativos), infiltración de subculturas juveniles (artes marciales, por ejemplo) y construcción de infraestructuras paralelas (medios alternativos, plataformas de financiación, redes de solidaridad legal). Esta estrategia busca normalizar ideas extremas, desplazar los límites del discurso aceptable y construir las condiciones culturales para transformaciones políticas radicales, entendiendo que la violencia colectiva será más efectiva cuando opere sobre un terreno ideológico previamente preparado.
La mejor forma de frenar el auge de la extrema derecha fascista y reducir el riesgo de que desemboque en violencia física y colectiva, no es solo denunciar sus expresiones, sino bloquear las condiciones materiales, sociales y culturales que la vuelven atractiva y “justificable”. Para ello, conviene articular un marco de acción basado en universalismo, empatía, reconocimiento, conocimiento y responsabilidad, junto con flexibilidad, aceptación de la complejidad y pensamiento crítico, políticas de desradicalización, resiliencia cívica, memoria plural y desarme moral. Pero ese marco solo será creíble si los gobiernos progresistas lo acompañan con políticas valientes y eficaces, no meramente simbólicas, que resuelvan de forma tangible los problemas de la gente común, como empleo, salarios, vivienda, servicios públicos, seguridad y expectativas de futuro. Cuando la mayoría percibe resultados reales y justicia cotidiana, la extrema derecha pierde legitimidad social y se debilitan su capacidad de organización, su poder de contagio y su capitalización del malestar.
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