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El ataque a Venezuela, ¿un mensaje para China?

Fotografía de archivo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping, el pasado octubre en Busan (Corea del Sur). EFE/EPA/YONHAP SOUTH KOREA OUT
6 de enero de 2026 21:56 h

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Aunque varios analistas ya lo han comentado, hemos de volver a repasar el documento de la Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, que se hizo público el pasado mes de noviembre y con un peculiar lenguaje, que parece escrito por el mismo Trump, para entender mejor lo que ha ocurrido en Venezuela. Contiene claves importantes, como la vuelta a la doctrina Monroe (América es de Estados Unidos), la afirmación de que hay que conseguir “la paz a través de la fuerza”, que “la adhesión rígida al no intervencionismo no es posible”, que “Estados Unidos no puede permitir que ninguna nación se vuelva tan dominante que pueda amenazar nuestros intereses”, y la primera frase del documento, que afirma que se debe garantizar que Estados Unidos “siga siendo el país más fuerte, rico, poderoso y exitoso del mundo”. Si el documento, nada modesto, tiene un claro destinatario, no es Rusia, sino China, y es probable que la explicación de lo que ha ocurrido en Venezuela, o al menos una de las importantes, es el creciente papel de China en América Latina.

China es el principal socio comercial de Sudamérica (no cuento México), y una fuente importante tanto de inversión extranjera directa como de préstamos energéticos e infraestructuras, incluso a través de su Iniciativa de la Franja y la Ruta. Pekín ha invertido fuertemente en el sector espacial latinoamericano y ha fortalecido sus lazos militares con varios países, especialmente con Venezuela. En los últimos años, China ha estado construyendo discretamente un imperio de infraestructuras en América Latina y el Caribe, con el objetivo de alejar económica y militarmente al continente de los intereses estadounidenses. Por ejemplo, hay 37 puertos marítimos en la región vinculados a empresas chinas. Para comparar, Estados Unidos no opera ningún puerto en la región. La estrategia de China va mucho más allá de los proyectos de infraestructuras. Busca ganar un terreno duradero en el Sur Global, con los BRICS como su caballo de Troya. A principios de mayo pasado, durante la ceremonia de apertura del Foro China-Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), el presidente Xi Jinping presentó un plan de cinco pilares que guiará la colaboración de China con 33 países de la región durante los próximos tres años. La hoja de ruta institucionaliza la presencia de China en el hemisferio occidental, lo que genera preocupaciones significativas para Estados Unidos, como también se refleja en la mencionada Estrategia Nacional de Seguridad.

En paralelo, el mercado chino ha pasado a ser prioritario para los países latinoamericanos, con una cifra récord de 518.000 millones de dólares en 2024. De los bienes que China compró a los países de la CELAC el año pasado, poco menos de la mitad procedía de Brasil, la mayor economía de la región. Además, si persisten los aranceles estadounidenses sobre los productos chinos, las exportaciones chinas podrían desviarse cada vez más hacia los mercados latinoamericanos. El Banco de Desarrollo de China, de propiedad estatal, y el Banco de Exportación-Importación de China, están entre los principales prestamistas de la región; desde 2005, han prestado más de 120.000 millones de dólares a países de América Latina y el Caribe y a empresas estatales, a menudo a cambio de petróleo y utilizados para financiar proyectos energéticos e infraestructuras. Venezuela es, con diferencia, el mayor prestatario; ha recibido casi 60.000 millones de dólares en préstamos estatales chinos, principalmente relacionados con energía e infraestructuras. Puertos, ferrocarriles, carreteras, puentes, líneas de metro, energía y centrales eléctricas, son probablemente las mejores señales de que China tiene un compromiso a largo plazo con la región. Pero, los días en que Pekín colmaba la región de préstamos y proyectos de infraestructuras a gran escala pueden haber terminado, o al menos se han visto disminuidos, en especial desde 2015, y sustituidos por una implicación más deliberada y un enfoque en sectores específicos de interés chino, especialmente en el extremo superior de la cadena de valor. Prefiere inversiones más pequeñas y específicas en sectores estratégicos como el litio, las energías renovables, los productos de alta tecnología y las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), incluyendo las ofertas de Huawei.

La paciencia de Pekín con Caracas también se ha erosionado debido a los riesgos sostenidos de seguridad y a la desastrosa economía en el país, y no ha concedido préstamos a Venezuela en los últimos nueve años. Los préstamos también se han ralentizado hacia otros grandes beneficiarios, como Brasil y Ecuador. Para China, Venezuela sigue siendo uno de sus mayores deudores, y cualquier cambio de administración en Caracas tiene grandes implicaciones financieras para Pekín.

China también opera a través del “poder blando”, que se sustenta a través de la Iniciativa Global de Civilización. Abarca desde festivales culturales e intercambios cinematográficos, hasta la cooperación turística y la digitalización de museos. Estas iniciativas no son solo una labor de divulgación cultural, pues forman parte de un método más amplio para moldear la opinión pública y el discurso en todos los ámbitos de la sociedad, desde gobiernos locales y universidades hasta medios de comunicación y organizaciones deportivas. El impulso de China por aislar a Taiwán es otro factor importante detrás de su interés en la región. Debido a que Pekín rechaza mantener relaciones diplomáticas con países que reconocen la soberanía de Taiwán, el apoyo de América Latina a la isla ha disminuido en los últimos años. En cuanto a los temas militares, Venezuela sigue siendo el principal comprador de material militar chino en la región, después de que el Gobierno estadounidense prohibiera toda venta comercial de armas a Caracas a partir de 2006.

Actualmente, China opera o cogestiona al menos ocho estaciones terrestres en América Latina, incluyendo centros de seguimiento en el espacio profundo en Argentina, Venezuela, Bolivia, Chile y Brasil. Estas estaciones proporcionan al ejército chino cobertura global de telemetría y datos espaciales en tiempo real. Bajo la Iniciativa de Seguridad Global (GSI), propuesta por Xi en 2022, Pekín también se ha orientado hacia la seguridad interna, suministrando equipo táctico y sistemas de reconocimiento facial a las fuerzas policiales, desde Panamá hasta Ecuador. Las redes construidas por Huawei pueden encontrarse ahora en más de 35 municipios latinoamericanos, integrando miles de cámaras y centros de emergencia bajo software gestionado por China.

Es interesante recordar que, en 2022, el entonces senador Marco Rubio, hoy secretario de Estado, ya buscaba contrarrestar la “influencia maligna” de China en la región, fortaleciendo la cooperación multilateral en materia de seguridad y los esfuerzos antidrogas. Otras propuestas legislativas incluían llamamientos para que Estados Unidos crease asociaciones comerciales permanentes con países del hemisferio occidental para fomentar la “relocalización de las cadenas de suministro desde China hacia países más cercanos a casa”. Ninguno de los dos proyectos avanzó en el Congreso, pero ahora Marco Rubio tiene mucho más poder e influencia, y lo va a ejercer.

En su segundo mandato, el presidente Trump ha adoptado un enfoque más asertivo para contrarrestar la influencia regional de China. Ha alegado repetidamente que China controla secretamente el Canal de Panamá, a pesar de la propiedad panameña, y ha amenazado con recuperar la vía fluvial, que Estados Unidos entregó a Panamá en 1999. Otro dato a tener en cuenta es que el año pasado China redujo significativamente las compras de exportaciones agrícolas estadounidenses, en respuesta a las subidas arancelarias del presidente Trump. Los agricultores estadounidenses están teniendo dificultades, ya que empresas chinas han buscado soja y otros productos de países como Brasil. La soja es una piedra angular de la agricultura estadounidense, ya que más de 270.000 granjas cultivan este cultivo, según el último Censo de Agricultura. En 2024, más del 40% de la producción estadounidense de soja se exportó, y aproximadamente la mitad se destinó a China. Esto se acabó por la mala estrategia de Trump, y puede pasarle factura.

Lo que antes parecía simplemente una búsqueda de nuevos mercados y oportunidades rentables para China, ahora se ve en Washington como una seria amenaza estratégica, y por eso América Latina vuelve a convertirse en el escenario para una versión moderna de la Doctrina Monroe, esta vez con China en su centro. El ataque a Venezuela podría ser un aviso para que los países latinoamericanos vuelvan al redil, alejándose de China y dando prioridad a que las grandes corporaciones estadounidenses vuelvan a tener el peso que tuvieron en el pasado en su “patio trasero”. Pero hacerlo militarmente, por la fuerza, y sin una alternativa política viable y decidida por la población venezolana, pues Trump detesta la democracia, puede ser un desastre. Por si no lo sabe, en Venezuela hay personas muy bien preparadas y con una real cultura democrática para levantar el país, aunque no son de cuerda. Pero si Trump también quiere ser el presidente de la “Junta de la Paz” de la transición venezolana, además de serlo de Palestina y Ucrania, y con Rubio de escudero, acabará teniendo un serio problema, pues la gente no quiere ser vasalla a cualquier precio, perdiendo su dignidad y su soberanía, algo que a Trump le cuesta entender, acostumbrado como está de rodearse de personajes serviles que le ríen las gracias y las ocurrencias, incluyendo a los patriotas de extrema derecha y al secretario general de la OTAN, en un triste reparto de papeles. Cuando se encuentre dentro de unos meses con el presidente Xi Jinping, veremos quién es realmente el más listo de la clase.

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