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Carta de una inquilina al presidente del Gobierno

El presidente de Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/ Mariscal
18 de marzo de 2026 22:38 h

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Señor presidente, querido amigo, 

Mi nombre es María Álvarez. Quizá le suene, porque en algún momento me hice un poco famosa opinando sobre usted. O quizá haya llegado hasta su resumen matinal de prensa alguna columna que he publicado sobre el “perrismo” como sensibilidad política, o sobre las –buenas– ideas de alguno de sus ministros. Suelen ser esa clase de cosas las que traspasan los muros de los gabinetes. 

Hoy le escribo por una cuestión personal. Verá: resulta que he escrito un libro. Se llama “Hijos del optimismo” y trata de explicar cómo la extensión universitaria de finales de los años 90 y los 2000 produjo una gran transformación de la sociedad global en el siglo XXI que todavía no hemos sabido entender. Y que es esa metamorfosis la que está detrás de las turbulencias que vivimos hoy en la economía y en la política en todo el mundo. Hasta le envié una copia, confío en que la haya recibido. 

'Hijos del optimismo' se presenta este jueves en Madrid. Y yo llevo quince días encerrada retorciendo las palabras, intentando encontrar la formulación adecuada que me permita, en un tiempo muy breve, convencer a una audiencia que seguro que estará —como estamos todos– asustada, triste y enfadada con el momento presente, no solo de que el mundo no está tan mal como parece, sino que incluso estamos viviendo un momento de inmensa oportunidad que no podemos dejar pasar.

El martes por la tarde, a última hora, mientras mis hijos veían el fútbol en el salón, yo estaba encerrada en la cocina, absorta frente a la pantalla del ordenador, dándole vueltas a todo esto, cuando recibí un mensaje en el móvil. Era mi casera:

“Hola María,

Espero que estés bien.

Te escribo porque en agosto se cumplen cinco años desde la firma del contrato de alquiler de la vivienda. Como sabes, en este momento corresponde revisar las condiciones, ya que el contrato llega a su vencimiento.

Durante este tiempo, el mercado de alquiler ha experimentado cambios relevantes, por lo que actualizaré la renta para ajustarla a los precios actuales de la zona. En concreto, la nueva renta sería de 1.800 euros mensuales.

Quería comentártelo con la debida antelación —más de cuatro meses— para que puedas valorarlo con tranquilidad. Por supuesto, estoy disponible para comentarlo contigo.

Quedo pendiente de tus comentarios.

Un saludo,

Mónica“

Ocurre, como se habrá dado cuenta, que mis hijos y yo somos una de las 300.000 familias afectadas por el efecto cascada de la prórroga de los contratos de alquiler que se aprobó en la pandemia. Así que, cuando llegue el mes de agosto, tendremos que hacer las maletas e irnos (otra vez) de nuestra casa.

Con todo, nosotros no somos, ni de lejos, los más afectados por esta tragedia que tenemos en ciernes. Yo soy empresaria, gano mucho dinero, bien por encima del percentil 90 de renta. Podremos mudarnos dos, tres o cuatro barrios más lejos para no tener que asumir una subida del alquiler del 35%, como propone mi casera, sino quizá “solo” del 10%, con una casera nueva. Por desgracia, no podrán decir lo mismo que yo quienes ya están al borde de la zona en la que pueden vivir sin pagar un precio demasiado alto en desplazamientos, ni quienes simplemente no tendrán alternativa habitacional.

Pero si bien yo no soy el mejor ejemplo del problema habitacional que tenemos, sí que soy un gran exponente de algo que es todavía peor, y es que para la gente de mi generación, y de las siguientes, no hay cómo tener éxito en esta sociedad que nos está quedando. Hoy no basta con escribir libros, ni artículos. No basta con ser bilingüe, saber programar, ni tener muchos años de experiencia. No basta con ser empresaria ni con estar entre las personas que más dinero ganan de este país. No es suficiente con haber trabajado toda la vida, ni con apuntar a tus hijos a ajedrez y mandarlos a la cama sin ver la segunda parte, que mañana hay cole. Si naciste más allá de 1980 (o incluso antes), da igual lo bien que lo hagas y lo mucho que te esfuerces. Estás condenado a trabajar hasta tu último aliento solo para dejar la vida en la casa de empeños del mercado inmobiliario. 

Y en realidad poco importa si es en alquiler, o en compra: eso es solo un problema de precio. Los que alquilamos, igual que los que se han hipotecado pagando por un piso 20 o 30 veces el valor que tenían hace 50 años, estamos cumpliendo la misma función en la sociedad: esa que consiste en retribuir el capital que pudieron acumular quienes eran adultos en el momento en el que España decidió repartir la práctica totalidad del suelo disponible entre una sola generación. Desde entonces, en este país una generación vive para pagar la plusvalía de la otra. 

Mucho más que una especie de fenómeno atmosférico, esto es un acuerdo de país que todavía hoy sostiene su gobierno. Si mi casera puede cobrar lo que yo ganaría con un bestseller sin moverse del sofá, es porque tiene un título de propiedad sobre una parte de un monopolio del Estado: las licencias de vivienda. 

Mientras tanto, parece que la parte de ese plan que nos ha tocado a los que no habíamos nacido cuando se jugó el mundial del 82 consiste en que hagamos lo mismo: que compremos un piso, apretemos los dientes, crucemos los dedos y deseemos muy fuerte que no ocurra nada –que no haya otra crisis, que no perdamos el trabajo, que nuestra pareja no quiera separarse, que no se nos cruce ningún problema en la empresa– para poder llegar, al fin, a endosar el muerto: a venderle la casa a una criatura de la edad de nuestros hijos, a ser posible 10 o 20 veces más cara de lo que la compramos. 

Entre la noticia y el momento de enviar este artículo he echado algunas cuentas. Resulta que entre lo que han subido los alquileres, que en España la educación sigue sin ser completamente gratuita y que aquí no hay una renta universal de crianza, me sale a cuenta mudarme a Londres. La vida me saldría unos 5.000 euros anuales más barata allí, que en Madrid. 

¿Cuánto tiempo pasará hasta que todas las personas como yo, que podemos trabajar desde donde queramos, nos demos cuenta de que viviríamos mejor en Londres, en Berlín, en París o en Viena que en España? ¿Cuánto tiempo hasta que no quede nada más en las ciudades que caseros, trabajadores precarios y turistas?

El problema de la vivienda, señor presidente, no es de precios. Es moral. Es de justicia. Es de modelo de país. Y de sociedad. Y de vida. Y de mundo. La burbuja de la vivienda es el mecanismo que revela un mundo injusto: donde renta mucho más tener un piso y enviarle un mensaje de WhatsApp a tu inquilina que escribir libros. Donde quien llegó a ahorrar en el siglo XX puede seguir ganando dinero sin aportar ningún valor a la sociedad, mientras que quien está aportando valor no tiene ninguna oportunidad de tener éxito (en el sentido de tener vida, no de acumular).  

No se preocupe. Yo no he venido aquí a quejarme. No solo soy una optimista irredenta (“porque lo contrario no tiene ningún sentido”); no solo creo con entusiasmo en eso que decía Marco Aurelio de que hay que ser como el fuego y alimentarse de todos los obstáculos que se nos pongan por delante; es que tampoco me parece que vaya a cambiar nada. Por más que los consensos del siglo XX nos pongan palos en las ruedas, las tendencias sociales son tenaces y los hijos del optimismo siguen llegando a la edad adulta con una mentalidad que es incompatible con esa idea de empeñar la vida en el trabajo. Ni una sola de las generaciones de jóvenes que se están haciendo mayores va a comprar la idea de dejarse la vida en la casa de empeños, de sacarse los ojos con todos los demás y renunciar hasta al último minuto de la existencia en la rueda del dinero para pagar una hipoteca. 

Pero tengo una pregunta que yo no puedo contestar, y me hace falta una respuesta para la presentación de esta tarde: esta transformación que está en ciernes, ¿será con las organizaciones políticas progresistas? ¿O a pesar de ellas? ¿Comprenderán a tiempo que el mundo ha cambiado, que los viejos esquemas morales del trabajo y el ahorro han dejado de funcionar y que necesitamos un acuerdo distinto? ¿O tendremos que marcharnos, todos los que no habíamos nacido el día que se votó la Constitución, a la abstención primero, al nihilismo después y, quizá, por último, al emprendimiento político, para poder emerger como una nueva mayoría? ¿Podremos contar con un -más que deseable- pacto intergeneracional que nos ayude a transitar este cambio de época juntos? ¿O habremos de pasar por encima del cadáver de todos los partidos de la izquierda del siglo XX para abrirnos paso?

Esta tarde yo me subo a un escenario. Pero usted mañana comparece en otro mucho más importante: el Consejo de Ministros que aprobará el nuevo decreto anticrisis para paliar las consecuencias del descalabro internacional que estamos viviendo. Lo que yo le propongo es que vuelva a prorrogar los contratos de alquiler de esas 300.000 familias –entre ellas, la mía– que vencen este verano. Como hizo en la pandemia, como ha validado ya el Tribunal Supremo. Y que lancemos, en definitiva, el mismo mensaje: que digamos que está en nuestra mano hacer una vida buena para todas las personas. Que nada está perdido, que no hay nada que temer. Que el siglo XXI está lleno de oportunidades y que podemos aprovecharlas si todos, jóvenes y mayores, nos conjuramos a ello. 

(Hijos del optimismo se presenta el 19 de marzo a las siete de la tarde en el Círculo de Bellas Artes de Madrid)

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