El dinero detrás de la ola reaccionaria
La derrota del bolsonarismo en Brasil y la huida de su líder a Estados Unidos marca un hito importante en el despliegue de la agenda reaccionaria en América Latina y en el mundo occidental. La sorpresiva victoria de Lula en el último momento, aupado sobre todo por las clases populares, ha sido un golpe duro para los intereses de Estados Unidos. No en vano, Bolsonaro fue activamente apoyado por Estados Unidos y por su presidente, en coherencia con la estrategia de seguridad Donroe —por la que, recuérdese, Estados Unidos se autoasigna el control último de todo el continente—. A diferencia de lo que pasó hace menos de un año en Chile, Colombia y Perú, tales apoyos no han sido suficientes para alcanzar el gobierno de un país que representa un tercio del PIB regional y en el que se encuentran enormes reservas de minerales críticos como las tierras raras, grafito o níquel.
No quiere decir esto que la ola reaccionaria haya mostrado debilidad en esta campaña electoral. Bolsonaro ha recibido casi sesenta millones de votos (el 48%), lo que es músculo más que suficiente para comprender que su movimiento no es una simple extravagancia. Como tampoco lo es el de De la Espriella en Colombia, que recibió trece millones de votos (el 49%), o los siete millones de votos recibidos por Kast (58%) en Chile. El fenómeno Trump, a veces erróneamente considerado como una anomalía por la personalidad del líder, es una referencia oportuna en la medida en que el actual presidente de Estados Unidos consiguió setenta y siete millones de votos (50%) en las últimas elecciones presidenciales.
Sin duda, la ola reaccionaria que barre América y Europa bebe del malestar generado por la globalización en las sociedades occidentales y la gran habilidad que han tenido las derechas radicales para canalizarlo en su beneficio. Pero la magnitud que está alcanzando en los últimos años la ola reaccionaria no puede entenderse sin la decidida apuesta desde 2016 a favor de su estímulo por parte de la primera potencia económica y militar del mundo. El apoyo económico y moral ha sido un elemento material importante en el despliegue de las fuerzas reaccionarias por todo el mundo, junto con la normalización de discursos que en otro tiempo fueron marginales y tabú.
En entonos progresistas se dice a menudo aquello de “ojalá ser mala persona vuelva a estar mal visto”. Esta idea revela que los discursos de las extremas derechas se han vuelto normales y que lo que es legítimo discutir políticamente se ha desplazado hacia los intereses de la derecha. Es lo que en ciencia política se llama “ventana de Overton”, y que delimita lo que en un momento histórico dado es aceptable discutir en una sociedad. Las derechas reaccionarias han aprovechado el contexto socioeconómico para inocular nuevas ideas —en realidad, muy viejas— que se encontraban solo presentes en organizaciones y partidos minoritarios, aunque poderosos. Y entre los factores más importantes que explican esta evolución se encuentra uno muy poderoso: el dinero.
El mensaje que quiero trasladar es que la fuerza reaccionaria no se explica solo por lo mal que se encuentran ciertos segmentos poblacionales (estos también podrían orientar su rabia en clave progresista) o por las capacidades técnicas de quienes diseñan las campañas en tiempos de redes sociales e internet. Estos aspectos son centrales, desde luego, y pueden terminar decantando ciertas elecciones muy reñidas. Pero para que todo eso sea posible hace falta dinero. Y aunque pensamos normalmente en cómo el dinero facilita las campañas electorales, debemos ir más allá y pensar en cómo el dinero financia a los centros de pensamiento y difusión de nuevas ideas: desde los clásicos think tanks hasta los influencers. El dinero invertido en estas dimensiones engorda a los emisores de mensajes reaccionarios y, en consecuencia, normaliza la presencia en el debate público de elementos discursivos que décadas atrás hubieran sido condenados mayoritariamente.
Seguir el rastro del capital permite arrojar luz sobre cómo adquieren notoriedad estos discursos. Y Estados Unidos ha sido, desde hace una década, un foco crítico en la financiación de los discursos del odio en todo Occidente. No es el único, y particularmente Israel también se ha convertido en un centro económico de referencia para los movimientos de extrema derecha. Lo mismo ocurre, aunque de una manera más desorganizada, con el capital de las grandes fortunas venezolanas y colombianas que aterrizaron en Madrid y que invierten en medios de comunicación que juegan precisamente ese papel derechista.
Luchar contra todo esto no es sencillo. El motivo más obvio es que las izquierdas no tienen el mismo músculo económico, y ni toda la solidaridad del mundo entre trabajadores puede competir con la financiación de las grandes empresas y fortunas, y menos si media el impulso orgánico del gobierno más rico del mundo. Y, a pesar de todo eso, las elecciones en Brasil también demuestran que no son invencibles. Y, si todo marcha bien, en las elecciones de medio mandato de Estados Unidos, que tendrán lugar a principios de noviembre, el partido republicano de Trump recibirá un nuevo golpe electoral. Todavía le quedarán un par de años de presidencia, pero en condiciones mucho más difíciles. El capital privado siempre podrá seguir financiando sus proyectos reaccionarios —en realidad nunca ha dejado de hacerlo, aunque nunca con la intensidad reciente—, pero si no cuenta con el respaldo de los gobiernos siempre es más complicado que sea con éxito.
España también está en la agenda próxima. Tanto Estados Unidos como Israel y, por supuesto, todas las demás fuerzas reaccionarias, han invertido mucho dinero y energía en conseguir derribar la plaza más progresista de Europa. Hay que decir que, a tenor de los casos de corrupción dentro del Gobierno, también han contado con la colaboración desde dentro. Las derechas juegan con mucha ventaja, y así lo revelan las encuestas, pero la batalla no está perdida. La victoria de Lula demuestra que la expansión de la extrema derecha no es irreversible, aunque tampoco basta con esperar a que sus contradicciones la debiliten. Hay que disputar el descontento social, construir alternativas creíbles y asumir de una vez por todas —cosa que parece costarle mucho a la izquierda— que las ideas también necesitan recursos para abrirse paso. Porque detrás de la ola reaccionaria hay millones de personas descontentas, pero también hay mucho dinero trabajando para que ese descontento se convierta en una fuerza política al servicio de los de siempre.
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