Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Los humanos seguimos jugando a la ruleta rusa con los virus letales
Terror a bordo de un buque atacado por Irán: “El fuego lo cubría todo”
Opinión - 'Feijóo y el arte de callar a tiempo', por Esther Palomera

Un discurso para un premio

Testimonio de José Precedo ante el Tribunal Supremo.
11 de mayo de 2026 22:29 h

0

Alcalde de Pontevedra, concejales, decana y miembros de la dirección del Colexio de Xornalistas:

Gracias por organizar y acoger este acto en una época donde no está de moda defender el periodismo. En estos tiempos donde hay quien trata de entender la libertad de expresión como el derecho a decir lo que me da la gana sin pruebas, en una era en la que hay intentos indisimulados de confundirlo todo no tanto para que la gente crea las mentiras, sino, probablemente, para que nadie crea ya nada.

Sabemos bien que no es el tipo de agenda que vaya a dar votos a un político ni que haga vivir mejor a los periodistas que se implican en sus horas libres para organizar este tipo de actos.

Gracias, porque solo se puede entender esta dedicación como un compromiso moral que muchas veces nos acompaña a los periodistas y que se resume en cinco palabras: PORQUE ALGUIEN TIENE QUE HACERLO.

Porque las cosas irían aún peor si no lo hiciese nadie.

Gracias por ocuparos. Y gracias también por el premio.

Vaya por delante el agradecimiento al Colexio de Xornalistas, a quien haya propuesto la candidatura y a quienes decidisteis votarla. Estoy convencido de que Mary Bruce, la periodista de ABC News, y los compañeros Periodistas y Comunicadores Independientes de Nicaragua lo merecían bastante más, así que lo primero es compartirlo con ellos y desear que en Nicaragua y en tantos países del mundo se respeten la libertad de expresión y el derecho a la información.

Digo Nicaragua porque de ahí proceden los nominados, pero podríamos citar El Salvador, Guatemala, por supuesto Gaza, México o Colombia, donde cada año asesinan a compañeros.

Y también a esas petrodictaduras que un día patrocinan mundiales de fútbol y al siguiente trituran a periodistas en embajadas de países extranjeros. Allí ya los trituran de verdad, en Madrid, de momento, solo amenazan con hacerlo.

Y desde hace año y medio, casi a la misma altura que esos países, hay que defender la libertad de expresión en los Estados Unidos, lo que algunos llamaron “primera democracia del mundo”, y donde vemos cómo se ataca a los medios de comunicación desde el poder y, también, desgraciadamente, cómo algunas cabeceras históricas han cedido a ese chantaje.

Si repaso la lista de compañeros que recibieron antes este premio -Xosé Hermida, John Lee Anderson, Le Monde Diplomatique, Julia Otero, Manolo Rico, Lorenzo Milá, Erika Reija, Marcos Méndez, con quien coincidí hace case 30 anos en una redacción, y tantos y tantas profesionales tan grandes- solo puedo acabar agravando este síndrome del impostor de quien solo pretende ser un periodista. Y que me hace temer que un día llegue a Sigüeiro la brigada de periodistas de verdad para obligarme a devolver el premio, pedir perdón y entregar el ordenador.

Mientras eso no suceda, solo puedo entender el premio como la forma que encontraron muchos compañeros de empatizar seguramente con lo que está más cerca. Y solo puedo recibirlo como un reconocimiento colectivo a una redacción, en este caso de elDiario.es, pero podrían ser muchas otras, que se vio amenazada solo por hacer su trabajo, insultada en privado y, lo que es más grave, incluso ante el Tribunal Supremo. Insultada por presuntos servidores públicos que se supone que deberían trabajar por el bien de todos.

Es cierto que, si comparamos con el contexto global, en España de momento no asesinan a periodistas, aunque sí los despiden y hay gente muy poderosa empeñada en hacernos la vida imposible.

Aquí quiero detenerme un poco no tanto para hablar de mí, sino de todos nosotros: yo nunca imaginé que tendría que defender nada menos que ante el Supremo a una redacción que fue insultada en un juicio sin que los magistrados interrumpiesen al testigo que la estaba atacando. Ese día aprendí -algunas pistas tenía ya de antes- que no todos somos iguales ante la Justicia; desde luego no ante ese Tribunal Supremo que interrumpe y corta a quien pide defender la dignidad de una redacción mientras da carta blanca a cargos públicos para insultar a compañeros y a medios enteros.

No faría falta explicar que a ningún periodista, ni siquiera a uno que llega de Sigüeiro a Madrid, se le ocurriría amenazar a los magistrados del tribunal más alto del país. Pero con la misma convicción insisto en que defenderé siempre y ante quien sea la protección de nuestras fuentes. Respetarlas y preservarlas no es solo un derecho constitucional, es también nuestra primera obligación y nuestra razón de ser.

¿Cómo vamos a mirarle a la cara a las fuentes? ¿Cómo nos miraremos al espejo si alguien que confió en nosotros, que nos pidió protección, ve como revelamos su nombre en una tertulia, una barra de bar o el Tribunal Supremo?

No hubo amenazas al Supremo pero tampoco ningún comportamiento heroico. Defender a nuestras fuentes y mantener el secreto profesional es simplemente lo que hay que hacer. Lo que nos enseñaron nuestros mayores, muchos de ellos presentes en esta sala hoy. Y cumplir con nuestro deber no puede pasar de moda.

Me gustaría compartir el premio, como dije, con el resto de los nominados y con la redacción de elDiario.es, que se vio insultada y amenazada solo por hacer su trabajo. Seguramente esa hermosa fotografía de Mercedes Moralejo se quedará en mi casa, pero el cariño de la profesión tengo que compartirlo con todo un equipo, desde Ignacio Escolar y la dirección, que decidieron publicar pese a las presiones y amenazas, a los compañeros que trabajaron durante meses en esa sucesión de exclusivas: Marcos Pinheiro, Pedro Águeda, Antonio Vélez, Alberto Pozas, Elena Herrera, Aitor Riveiro, al equipo de mesa, de redes, de podcast… En definitiva, a la redacción de elDiario.es.

Pero también quiero compartirlo con muchos de los compañeros que estáis aquí, incluido algún hermano mayor, con quienes me enseñastéis el oficio durante estos años, con los que he discutido y espero seguir haciéndolo en los siguientes. Ya sabéis, todo el mundo lo sabe, quiénes sois.

Y me gustaría extender este premio a otro colectivo que ya lo ha recibido pero que lo sigue mereciendo. Os Venres Negros, que llevan siete años manifestándose por el derecho que tenemos todos a recibir una información de calidad en los medios públicos de Galicia. Dentro de este colectivo, que protesta por todos nosotros siguiendo esa máxima, PORQUE ALGUIEN TIENE QUE HACERLO, quiero compartirlo con una persona a la que conocí poco, que nunca fue amiga, pero que ha sido un ejemplo. Donde estés, Mabel Montes, ¡gracias!

Que el premio sea esa fotografía fantástica de Mercedes Moralejo que captó ese instante en una de las mayores catástrofes medioambientales que ha vivido Europa es importante para mí por tres o cuatro razones. La primera, porque el fotoperiodismo contribuyó también en aquel momento a sacar a la luz algo que miles de gallegos vivían de primera mano y que docenas de también gallegos trataron de tapar desde los despachos: no solo desde despachos políticos, también en los de algunas redacciones. La foto prueba además lo viejos que nos hacemos: porque hace ya 23 años de aquello, cuando andábamos de playa en playa, llevando chapapote de la arena al coche, del coche al hotel y de nuevo a la playa…

A mí me pilló en la Cadena Ser. Y entre todas las lecciones que el Prestige nos dejó a la sociedad hay una que dos personas no olvidaremos. Aquí está Ainhoa Apestegui, la compañera a la que el 13 de noviembre de 2002, aproximadamente sobre las siete de la tarde, yo le dije que suponía que el teletipo ese del petrolero en problemas en la Costa da Morte seguramente quedaría en nada. Ainhoa, con toda la razón, aún me recuerda hoy semejante ejemplo de instinto periodístico. Y a mí me sirve para decirle a quienes empiezan que también hay segundas oportunidades, que uno puede cometer errores como ese, seguir viviendo de esto dos décadas después… y hasta recibir un premio por parte de algunos incautos.

El recuerdo de aquella tarde de noviembre me sirvió después para nunca más marcharme de una redacción cuando surgía una alerta, por pequeña que pareciera. Y ahora que lo pienso, cuántas horas perdidas en alertas falsas… Pero mejor estar que abandonar antes de tiempo una redacción.

Desde aquel error -otros vinieron después- pasaron más de dos décadas. No voy a engañar a nadie: durante muchos años yo estuve convencido de que este era el mejor oficio del mundo. Ahora la verdad es que cuesta pensarlo, pero de lo que sigo convencido es de que cada vez es más necesario.

En tiempos de propagandistas, agitadores y mentirosos profesionales hace falta más valentía que nunca, no por parte de los periodistas, que normalmente lo son, sino por parte de las cabeceras y también de los lectores: entre todas las amenazas que tiene hoy este oficio también está la de sucumbir a los que solo quieren leer aquello que les da la razón.

En estas semanas varias veces me preguntaron por recetas para que el periodismo recupere el prestigio perdido y vuelva a ser esa profesión humilde de personas que contaban lo que les pasa a otras personas. Ojalá yo conociese la pócima, no la tengo, pero mientras la seguimos buscando, en medio del aluvión de Inteligencia Artificial, infoespectáculo, medias verdades y mentiras completas difundidas a través de grandes plataformas propiedad de tecno-oligarcas bien interesados en propagarlas, no estaría de más volver a los orígenes.

Los periodistas no sabemos lo que habrá que hacer en el futuro, pero sí sabemos seguro lo que no hay que hacer nunca. Decía hace pocas semanas Soledad Gallego, primera directora de El País y quien ya siempre será una maestra para todos, que el periodismo no puede prescindir de planteamientos éticos en un mundo que está cambiando como nunca.

Coincido con ella y también con Iñaki Gabilondo, quien hace tiempo dijo que los trenes no cuelgan ya carteles de prohibido escupir en el suelo no porque ahora esté permitido escupir sino porque pensábamos que estaba asumido por todos que esas cosas no se hacen.

Si el periodismo fuese un tren, probablemente habría que volver a colgar los carteles de prohibido escupir en el suelo.

Voy terminando, dicen que no se debe acabar un discurso de periodismo sin citar a Kapuscinski. Yo lo haré para llevar la contraria.

Aseguraba el maestro de periodistas que los cínicos no sirven para este oficio. Yo respondería que puede que no sirvan, pero están por todas partes, cobran más y disponen de altavoces más potentes.

Cierro con una pregunta, que es lo que nos enseñaron en casa: tú cuando no sepas, pregunta. ¿Cómo hacemos ahora, maestro Kapuscinski, para sacar a los cínicos de en medio antes de que nos lleven a todos por delante?

Otra vez, esas cinco palabras: PORQUE ALGUIEN TIENE QUE HACERLO

Autoridades. Amigos. Familia. Gracias por estar hoy. Pero sobre todo, gracias por estar siempre.

Etiquetas
stats