Las Fallas del desmadre
No hay nada como no hacer nada para que pase algo. Sin embargo, es la máxima que aplican aquellos que, de manera espúrea, se presentan a puestos públicos para jugar al juego de gobernar, en lugar de gobernar de veras, que supone tomar decisiones incómodas o arriesgadas si es necesario. Lo saben bien los valencianos que, cuando se necesitaba coordinación y trabajo para mitigar los efectos de un tsunami fluvial, tuvieron a su gobierno autonómico de farra o fuera de cobertura.
Los valencianos de la ciudad se enfrentan ahora a otro desgobierno que hace temer por la seguridad, amenaza la convivencia y en el que se juega el capital político la alcaldesa de València. Acompañado, claro está, de la dosis fija de desinformación y del ya clásico sacudirse las competencias.
Las Fallas son una fiesta que se ha devorado a sí misma y que hace que la ciudad reciba cada año, durante cuatro días y en una pequeña zona de interés, el doble de la población que tiene. La receta es mucho alcohol, mucha gente, mucha pólvora y mechas por la calle, poco espacio y vías cortadas por vallas y carpas que son ratoneras. La ciudad ha aplicado una especie de estado de excepcionalidad festivo que empezó siendo cuatro días y ya va por quince.
Aun así, la fiesta se sigue promocionando desde las instituciones y se siguen poniendo trenes y buses extra para que llegue gente de toda España que no va a caber sin comprometer la convivencia. Las calles ya no son para el barrio o las personas: se han tapizado de food trucks y de casetas de mojitos para que hagan negocio empresas y agrupaciones falleras. Se autorizan verbenas en cada cruce hasta las cuatro de la mañana y, para mitigar molestias, se ponen carteles con horarios de petardos que por supuesto nadie cumple. Los bebés, los que trabajan, los enfermos, las personas autistas o los perros han de sacrificarse por una causa fallera que vive prácticamente sin reglas.
Se han bloqueado las calles de la tercera ciudad de España para que se instalen carpas de fiestas diez días antes de que empiecen oficialmente. Calles desiertas y cortadas coronadas por invernaderos blancos vacíos a la espera del bullicio. El interés de las empresas de montaje por encima de la necesidad de movilidad de 800.000 ciudadanos (de lo cuales, 120.000 son falleros). El negocio hostelero muy por encima de los vecinos que viven arriba de los puestos móviles y los locales. El orgullo de ser noticia frente a la necesidad de aguar un poco la fiesta para que se aligere y sea más segura.
Las alarmas saltaron el año pasado durante una mascletà. El 15 de marzo de 2025, el 112 empezó a recibir un número de llamadas inusual desde la plaza del Ayuntamiento por riesgos de avalancha, por lipotimias y ataques de pánico. Era tal la cantidad de gente que bastaba un grito o un bulo para una estampida a la que ningún servicio de emergencia habría podido llegar. Hubo un centenar de atendidos y nueve hospitalizaciones.
La Policía y los bomberos han alertado este año de que hay demasiada gente en esa zona a las dos de la tarde y de que es un riesgo para la seguridad, porque además llegan al mismo sitio los Cercanías. La solución de la alcaldesa, María José Catalá, a tal problema estructural ha sido trasladar a Renfe que no lleguen los Cercanías a la estación que está al lado de la plaza del Ayuntamiento, como dicen dos informes policiales. Sin más.
Ante la indignación ciudadana porque los trenes iban a parar a 15 kilómetros de la ciudad –Óscar Puente no ha acabado de explicar por qué habrían de parar tan lejos– el Ayuntamiento dice que la alternativa que se dé a esos ciudadanos del área metropolitana (muchos de ellos de zona dana) no es cosa suya, sino del Ministerio de Óscar Puente. Como si la competencia de la movilidad y la solución a retos por la fiesta fuera cosa de parcelas que debiera resolver cada reino de taifa. Del ayuntamiento que gobierna la fiesta y su seguridad se espera algo más que trasladar una petición. Se espera que lidere y plantee soluciones o pida alternativas con una visión global de los problemas..
Las Fallas son una fiesta importante y querida. A menos que la inactividad política municipal siga alimentando al monstruo con la inacción, provocando enfrentamientos y agravios. Gobernar no es representar. Es limitar aforos, denegar permisos, trasladar eventos a lugares seguros. Es saber decir sí y saber decir no, asumiendo el coste político. Es saber ver que las necesidades de esta ciudad han cambiado y que la costumbre no es evidencia empírica. Es arriesgar, decidir, pilotar y tener la valentía de hacer algo más allá de observar lo que pasa hasta que pasa algo.
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