Del fanatismo y el odio de partido

Macarena Olona, de Vox.

El día vuelve a registrar un descenso de fallecimientos y el menor dato de nuevos contagios. Pero el odio sigue imparable. Cabalga a lomos de la ignorancia, la inmoralidad o simplemente de quienes han visto en el virus una excusa con la que espolear a la sociedad contra el rival. Da igual que sea político o periodista. Corren como la pólvora los mensajes que señalan a los presuntos culpables. Difunden montajes con el rostro de los cómplices de comunistas, socialistas, marxistas, chavistas… Todos ellos responsables de los muertos que se acumulan en los servicios funerarios sin poder ser enterrados ni despedidos por sus familias.

Siembran la rabia y la aversión porque ni sienten el dolor ni jamás tuvieron un sentimiento misericorde con el prójimo. Luego escriben, sí, sobre penas infinitas y hondísimos vacíos. Son los mismos que dijeron "que se hunda España, que ya la levantaremos nosotros"; "¡que se jodan (los parados)!" o "el 11M fue ETA". Ya no hay línea divisoria entre la derecha y la extrema derecha. Si acaso, alguna honrosa excepción entre la dirigencia popular que, como el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, se negó desde el minuto uno a subirse al carro del naufragio moral de quienes se han tomado al pie de la letra que esto es una guerra y los políticos y los periodistas, soldados de un ejército al servicio, no de un país o de la información, sino de unas siglas.

Dicen defender la vida, pero esparcen sin parar todo tipo de bulos sobre la muerte. Braman contra todas las medidas implementadas, con mayor o menor acierto por el Gobierno, pero no han puesto sobre la mesa una sola idea con la que frenar el virus. A lo sumo, una moratoria de todos los impuestos con los que se pagan por cierto, entre otros gastos, los sueldos de los sanitarios a los que aplauden cada noche a las ocho, de los policías que reparten mascarillas o del Ejército que desinfecta las residencias de ancianos. Necesitan como nunca del adoctrinamiento oscurantista para intentar resurgir de su indignidad y de sus cenizas, para hacer negocios o para orquestar maniobras en la oscuridad contra un gobierno que siempre consideraron ilegítimo. No tienen otra tarea más que la de manipular los sentimientos y destruir la capacidad de discernir de quienes sufren la pena de haber perdido a un ser querido, ven la quiebra de sus negocios cada día más cerca o lloran sin más por los abrazos perdidos.

Ha vuelto el fanatismo y el odio de partido. Y con ellos una legión de bots desde miles de cuentas, unas falsas y otras con sus nombres y apellidos. Estas últimas siguen, cómo no, las consignas de sus pagadores, retuitean el último tuit de sus jefes de filas y cacarean los argumentarios como loros, pero ellos, eso sí, difaman a quien se atreve a llevarles la contraria o afea un comportamiento político indigno en tiempos de emergencia nacional.

Son los tiempos que corren. Los de una sociedad enferma que ajusta cuentas en las redes sociales. O eres de Ayuso o eres de Sánchez. O dices que el Gobierno es culpable de la magnitud de la pandemia o eres un vendido al socialismo bolivariano. O defiendes que los recortes en la sanidad pública no han tenido consecuencias en las plantillas o tienes un primo, un hijo o un cuñado que cobra de una administración socialista. O haces la pregunta que ellos quieren en una rueda de prensa o eres un escriba del "sanchismo". Quienes más tienen que callar por sus chanchullos o sus prebendas son los que más hablan.

Son los propagadores del odio que en sitios como twitter o facebook van incluso un paso por delante en esto del aborrecimiento con la manipulación y la mentira. Son los que, en definitiva, no se han enterado que esto no es un problema del Gobierno, sino de todos. Y que igual que Sánchez, ni Torra, ni Urkullu, ni Ayuso, ni Feijóo, ni Moreno Bonilla, ni García-Page, ni Vara, ni cada uno de los alcaldes de los más de 8.000 municipios que tiene España son responsables de uno solo de los muertos que sumamos en cada Comunidad Autónoma. Y que todos ellos, sin duda alguna, desean que esto acabe cuanto antes porque esta plaga es más destructiva que cualquier enemigo político por muy listo que se tenga o muy tóxicas que sean sus estrategias. De pronto, en nuestras vidas ha irrumpido una catástrofe que ha encogido aún más la ya de por sí diminuta talla de algunos. Y solo cuando esto pase, se verán retratados. Ahora, hay demasiado ruido y poco tiempo que dedicar como para reparar en ello. Pero pasará.

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