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Dónde están las lágrimas

Inmigrantes en una patera.

Violeta Assiego

Un entierro digno. Luchar contra el olvido. Honrar la memoria de las víctimas. Tratar con respeto y dignidad a los muertos, pero también a los vivos que se quedan y lloran cada ausencia ante la indiferencia de quienes solo cumplen órdenes y banalizan el sufrimiento ajeno cuando este llega en patera, salta una valla o no tiene papeles... Entregar un lugar en la tierra para que el tiempo no evapore la conciencia ni el recuerdo, un lugar que tenga un nombre y no solo un número. Un lugar que ayude a identificar la vida que se entierra, que sirva para localizar los recuerdos. Una tumba en la que perder la mirada o imaginar en la distancia, sobre la cual hacerse preguntas sin respuesta.

Sephora va a tener una lápida. Con su nombre. Una que la honre por ser ella y por ser la primera persona migrante en recibir sepultura bajo una inscripción que no la invisibilice. Se añade un nombre a la lista de la vergüenza, esta vez no será un número junto a una fecha.

Sephora no es portada ni lo será. Estamos demasiado ocupados en asistir al teatro con el que nos están intoxicando, en inyectarnos información adictiva y nociva de “no pactos” entre Vox y Ciudadanos. La narcótica de la política y su periodismo excesivo nos sume en extraños cuadros depresivos y de ansiedad mientras la vida sucede y los problemas reales, los de verdad, siguen sin tener una respuesta política creíble.

Por eso esta columna, una que nos ayude a construir otros relatos donde prime lo humano, donde sentir tristeza no sea parte de la ficción que otros construyen y de la que viven. Donde sentir tristeza sea parte de esa memoria colectiva que honre a Sephora y sirva para que no sea la última en ser enterrada con nombre y apellidos, para que cada migrante que muera en nuestra tierra tenga una sepultura digna. Un lugar para las lágrimas o para evocarle desde lo lejos.

Sephora llegó con su madre, su tía y su prima por mar. Tenía 13 meses cuando se ahogó hace menos de un mes en las costas canarias, el pasado 16 de mayo. Viajaba pegada al cuerpo de su madre cuando una ola golpeó la patera en la que viajaban. Sephora cayó al mar. Su madre, Ruth, intentó desesperada recuperarla, pero no lo logró. La perdió en medio de la oscuridad de la noche. Sephora apareció en una playa, la encontró un hombre que iba en una moto acuática. Una imagen que sonroja por su carga dramáticamente simbólica.

Un desenlace terrible que es solo parte de una historia que en tres minutos y medio ha contado Nicolás Castellano en la cadena SER (y es gracias a él y a la implicación de CEAR Canarias que la hemos podido conocer). La otra parte del relato habla de la madre, de Ruth. Una mujer de Costa de Marfil que no quería subir a la patera aunque le habían dicho que la embarcación era segura, que llevaban agua y comida. Todo mentira, ni siquiera los chalecos salvavidas eran de verdad.

A pesar de negarse, a esta mujer de 26 años tres hombres la obligaron a subir a palos. En el trayecto abusaron de ella sexualmente y la agredieron. Una vez aquí, en España, tras perder a su bebé y con una vértebra fisurada por la paliza, la Policía Nacional la encerró en una comisaría sin atención médica ni ningún tipo de apoyo emocional ante lo que estaba viviendo: perder a su bebé, llegar en patera, los abusos, la deshidratación, la lesión en las vértebras... y ver desaparecer en el agua también a su hermana.

El relato cuenta que era tal la desesperación de Ruth que uno de los agentes, desconozco si a título particular, se puso en contacto con la jueza de guardia. Esta de inmediato actúo con la diligencia debida, la que exige la ley y la que corresponde a un trato humano y digno. Defender los derechos y proteger a las víctimas, por mucho que algunos desalmados quieran denigrarlo al término 'buenismo', no solo es un tema de humanidad, también es un tema de legalidad. Quien abusa de su autoridad, banaliza en el ejercicio de sus funciones con el sufrimiento ajeno, actúa negligentemente o no socorre a quien lo necesita, más allá de poder ser cuestionado como persona, no debe olvidar que puede estar cometiendo una infracción penal.

Desconozco si habrá una investigación que depure la responsabilidad que miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad puedan tener en una situación así. Escucho en el relato y por parte de la ONG que se necesitan protocolos, pautas y directrices de actuación. Confieso que me suena a reivindicación necesaria pero de carril y me asaltan algunas preguntas: ¿realmente alguien necesita un protocolo para no encerrar en una comisaría a una mujer destrozada y desesperada por la muerte de su bebé de 13 meses, los abusos sexuales y el dolor de una vértebra partida? ¿Nos hace falta un protocolo para sentir empatía? Porque si es así, si hemos llegado hasta ese punto, lo más probable es que los protocolos se queden, como tantas otras veces, en un cajón. Si ante una situación así, lo que sale es encerrar a la mujer despreciando su dolor, no se necesita un protocolo, se necesita, como mínimo, revisar si esa plantilla es la mejor para esa función y establecer mecanismos que ayuden a rendir cuentas ante situaciones que no se pueden relativizar porque no dejan de ser una forma de violencia institucional. Y eso, también, es honrar y reparar a las víctimas, de todas las Sephora y Ruth a las que creemos diluir con nuestra indiferencia, pero están ahí... delante nuestra.

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