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La larga noche del fascismo

Franco con su sucesor como rey Juan Carlos I
26 de septiembre de 2025 22:18 h

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“No sé qué estrellas son estas que hieren como amenazas. Presiento que, tras la noche, vendrá la noche más larga; quiero que no me abandones, amor mío, al alba”. Luis Eduardo Aute osó escribir y cantar Al alba en aquel septiembre fatídico cuando la dictadura franquista consumó sus últimas ejecuciones a disidentes. El más joven tenía 21 años y el de más edad, 33. Lean detalles del contexto y crueldad desplegada como lo recogió el periodista Juan Tortosa. Aute disfrazó con lirismo el nudo en la garganta que tantos sentíamos, pero no dejó de decir en lo que se presentaba como una canción de amor: “Miles de buitres callados van extendiendo sus alas, maldito baile de muertos, pólvora de la mañana”.

Franco murió apenas dos meses después, tras la amarga agonía a la que le obligaron quienes temían perder el poder que habían mantenido. Pero dejó todo “atado y bien atado”, dijo, y el tiempo demostró que no le faltaba razón. La tiniebla fascista permaneció más o menos agazapada durante años, sin castigo alguno ni exigencia de la mínima responsabilidad. Sin reformas profundas en sectores esenciales. Con más silencios cómplices. Y así hoy comprobamos que en efecto ahí está la larga noche presentida, tratando de oscurecer la imperfecta democracia que vivimos. Lo ha hecho posible la desinformación –desde los colegios– prolongada en el tiempo con el decidido colaboracionismo de medios e informadores. La beligerancia internacional con las ideas ultras antidemocráticas las ha sentado en centros de poder y ha ido consolidando las sombras de esa larga noche. Pero hay grados y España soporta el suyo, no en vano tuvo en el franquismo impune, marca propia del fascismo.

El diario El Mundo lleva a su portada una justificación de aquellas ejecuciones de septiembre de 1975. Basada en “pruebas” del franquismo que acogen sus sucesores. Es toda una declaración de intenciones, en un momento en el que volvemos a estar sobrecogidos por conductas que atentan gravemente contra lo que los demócratas hemos interiorizado desde siempre que es el Estado de Derecho, algunos con el franquismo vivo.

La líder de la ultraderecha española, Isabel Díaz Ayuso, marca su impronta llenando de apoyo y oropeles al Israel que mata con saña. El genocidio que está llevando a cabo alarma al personal sanitario que lo atiende en directo porque no habían visto antes tales daños.  El primer estudio científico en Gaza radiografía una masacre indiscriminada con lesiones rara vez vistas. Traumatismos multiextremidades, fracturas craneales expuestas y lesiones extensas en órganos internos. Quemaduras graves, sobre todo en niños. Hace falta ser de la piel de diablo para justificarlo y más aún para usarlo con algún fin espurio. Las continuas soflamas de Ayuso insultando al Gobierno, a Pedro Sánchez, a la decencia de cualquier persona que la tenga, suponen una guerra abierta; nada de polarizaciones, es ataque, agresión, violencia.

Se estudiará en las universidades libres –si el fascismo no las destruye como anda haciendo Trump en Estados Unidos y Ayuso en Madrid– cómo un tipo acusado de graves delitos fiscales y hasta de organización criminal ha conseguido sentar en el banquillo al fiscal general del Estado español bajo la acusación de haber revelado datos suyos. Este sujeto es novio conviviente de la presidenta de Madrid y ha sido atendido con presteza por la justicia, como ningún ciudadano particular lo sería. Los datos de la demanda de la que era objeto los conocían decenas de personas, los cargos, el trato que ofreció, y los intentó manipular el cargo público de Ayuso, Miguel Ángel Rodríguez, mintiendo sobre un inexistente pacto con Hacienda que truncaba el Gobierno, además. Sin pruebas, un juez del Tribunal Supremo se guía por sus intuiciones, se niega a creer a los periodistas (el fiscal no fue su fuente), y lo sienta en el banquillo ante un Tribunal “de mayoría conservadora”, escriben. Tiene escasas posibilidades de no convertirse en la víctima de este emplasto histórico que deja el prestigio de la justicia española en gran penumbra. 

Siguiendo la impronta, está lo de sentar ante un jurado popular –que dicta sentencias condenatorias prácticamente siempre, en más de un 90%– a Begoña Gómez, en otro proceso cargado de irregularidades. Sin pruebas, otro grueso lamparón. Con el hermano de Pedro Sánchez, al que encausa una jueza que se manifiesta pidiendo su destitución junto a Vox, ante otro monumental fiasco. Era presidente Rajoy cuando “el presidente”, dicen, favoreció la creación de esa plaza por la que le sienten en el banquillo como obtenida por un trato de favor.

En este clima, los medios nos cuentan las nuevas formaciones de ultraderecha que están surgiendo, como la de Espinosa de los Monteros, que fuera fundador de Vox. Ahora se presenta como “liberal” con el líder de Desokupa, Aldama y hasta a Cayetana Álvarez de Toledo se vio por allí... y un juez en activo que pide “osadías contra las reformas del Gobierno.”

Entretanto, Vox ataca a periodistas; ahora inicia campaña contra Cristina Fallarás. Uno de sus diputados afirma que entrarán en RTVE con motosierra y lanzallamas. Y el PP se congratula de que Mazón va a conseguir mantenerse en el cargo gracias a Vox, con los 230 muertos de la DANA en la mochila…

En realidad esto sería la historia interminable. Pasémonos un momento por el modelo más boyante del momento: el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Ha reinstaurado la pena de muerte en Washington, abolida en 1981, y tal como se expresa parece que querría usarla con profusión. Piden cárcel para quienes no mantuvieron operativo el teleprónter y la escalera mecánica en la sede de la ONU cuando acudió el dios Donald. De momento, el Departamento de Justicia acaba de imputar al exdirector del FBI, James Comey, tras ostensibles presiones del presidente –incluso con bronca pública a la secretaria de Estado de Justicia “para que actuara contra los enemigos del presidente”–. Trump está en la tarea de vengarse de quienes le han investigado, como es el caso de Comey. Actúa como un Emperador medieval y se lo consienten, pero no todo el mundo.

El periodismo, Der Spiegel, en Alemania, le dedica una portada tremenda frente a la tibieza de su gobierno y de la UE.

Dirigida por Gumersindo Lafuente, elDiario.es acaba de presentar la revista sobre la Transición… que no trajo el Rey. Plena de contenido, el periodista Carlos Fonseca cuenta, al igual que hizo en el acto público, cómo Juan Carlos I autorizó el 23F, mucho antes de grabar su mensaje a la nación, al general Armada a ir al Congreso y anunciarse como presidente de un gobierno de “salvación nacional” con participación de todos los partidos, menos los nacionalistas. Debía hacerlo sin mencionar su gestión, la del rey. Tejero dijo que para eso no daba un golpe de Estado. Los silencios sobre la trama civil tienen documentación concreta y muchos vacíos. La larga noche, el atado y bien atado.

Agradezco haber participado también con una columna en esta edición tan valiosa de la revista. Y quiero dejarles con la idea de que, a pesar de todo –y es mucho el todo–, la larga noche tiene luces y esperanza, pero hay que luchar por ello, una vez más. La conclusión, tras constatar tanto de lo mal hecho, es mucho más positiva y así lo digo:

Y, sin embargo, cuando pienso en las personas excepcionales que he conocido a lo largo de mi vida personal y profesional compruebo cuánta gente de aquí se ha dejado la piel por lograr un país mejor, más sabio, justo, fuerte, culto, creativo, libre, seguro. Ese espíritu de valentía y discreción también está en este pueblo, aunque lo oculta a veces el ruido y la mugre que flota en charcas muy visibles. Son los que trabajan mientras otros gritan, los que hacen mientras tantos deshacen que es otra costumbre española. Porque ahí se aclara aquel misterio de mi niñez: no era solo “el régimen”, eran sus serviles colaboradores, descompuestos al oír “libertad”, “derechos”. No he conocido dictadura en la que la gente añore nada, más que la libertad.

Somos un pueblo roto y mal cosido, víctima de demasiada impunidad, que ha generado un presente manifiestamente mejorable. Hay que apoyar la tarea de levantarse, recuperar la lucha y lograr un país y una democracia como todavía se nos debe.

 

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