Noches tropicales, noches tórridas, noches infernales...
¿Qué tal estáis durmiendo este verano? Vaya nochecitas, ¿eh? Ahora tenemos una semana fresquita y se nos olvidará hasta la próxima ola de calor en septiembre, pero llevamos cuatro olas, cuatro, en lo que va de verano, la última la más prolongada y tardía de un mes de agosto. Y lo peor: una sucesión de noches que dejaron de ser tropicales (más de 20 grados) para convertirse en tórridas o ecuatoriales (más de 25 grados) y en algún caso infernales (30 grados), incluso en ciudades que no las conocían antes. ¿Qué viene después, cuando acaben llegando las noches por encima de 35 grados? ¿Tenemos ya nombre preparado? ¿Noches mortales?
Os recomiendo una lectura para la próxima noche que no podáis dormir, empapados en sudor, con el ventilador removiendo el aire caliente y el zumbido en la calle de miles de aparatos de aire acondicionado: 'El ministerio del futuro', de Kim Stanley Robinson. Es una recomendación con mala leche, sobre todo las primeras páginas, de las que no pasaréis por el agobio que os entrará, pero ideales para leer en una noche tórrida o infernal. La novela -que es larga y un poco farragosa pero interesantísima, una ficción especulativa sobre la emergencia climática que incluye propuestas imaginativas- comienza con el relato de una próxima ola de calor en India. La combinación de temperaturas altísimas con humedad disparada deja millones de muertos -has leído bien: millones- en solo unos días, y el autor no te ahorra ningún detalle al contar cómo la gente va desplomándose en las azoteas al amanecer, en las clínicas sin aire acondicionado, en las calles, sumergidos en un lago que parece una sopa.
Nos cuenta Robinson que poco después de la trágica ola de calor en India, “cuando las honras fúnebres y los gestos de solidaridad terminaron, una gran parte de la población mundial, y sus gobiernos, retomaron sus asuntos como siempre. Y las emisiones de dióxido de carbono continuaron en todo el mundo. Así pues, durante un tiempo dio la impresión de que la gran ola de calor sería como los tiroteos que acaban en matanza en los Estados Unidos: al principio todo el mundo se horrorizaba y los condenaba, y luego caían en el olvido o eran desbancados por el siguiente; hasta que pasaron a ser algo cotidiano y se convirtieron en la nueva normalidad”. No sucede así, porque la novela es esperanzadora, y la gran ola provoca una reacción mundial, pero tendréis que leerla para averiguar en qué sentido.
La verdad es que sí, los veranos de temperaturas extremas, olas de calor reiteradas y noches tórridas o infernales son ya nuestra nueva normalidad. Nos hacemos selfies con los termómetros al sol. Leemos con indiferencia las noticias sobre temperaturas extremas en toda Europa, los incendios descontrolados en Grecia, la sequía, el récord de temperatura del agua en el Mar Mediterráneo, o que julio ha sido el mes más caluroso registrado nunca a escala mundial y el verano de 2023 puede acabar desbancando al de 2022 como el más caluroso de la historia (es decir, el segundo más fresquito del resto de nuestra vida).
Y lo peor, lo sabemos, está por venir. La Organización Meteorológica Mundial avisa de que la región del mundo que se está calentando más rápidamente es… ¿la India? No: Europa. Y la NASA avisa de que en España superaremos los 50 grados en las olas de calor de los próximos años. 50 grados, repito. A la sombra, que siempre serán más al sol o en las islas urbanas de calor. Menudos selfies nos haremos con termómetros callejeros marcando 60 grados.
Lo sabemos, no hace falta que lo recuerde el enésimo artículo sobre la emergencia climática. Sabemos que ya está aquí, que no es el futuro sino este verano, y los venideros. ¿Qué hacemos ante ello? La nueva normalidad. Nos adaptamos. Nos acostumbramos. Medidas paliativas. Artículos en prensa sobre “los mejores consejos para dormir durante la ola de calor”. Aparatos de aire más potentes. Salir a otras horas de casa. Veranear en el Cantábrico. ¿Que no se puede trabajar de día por el calor? Pues trabajaremos de noche, no hay problema (lo de dormir de día, ya tal). ¿Que los turistas dejan de venir en verano? Ya vendrán en invierno buscando calorcito.
En el mejor de los casos los gobiernos toman medidas para adaptar climáticamente nuestras casas, nuestros centros de trabajo y de estudio, las calles. Pero no dejan de ser formas (necesarias, claro) de adaptarnos, de asumir la nueva normalidad, renunciando por completo a medidas ambiciosas para impedir que el termómetro siga subiendo en el futuro. Medidas como las que imagina Kim Stanley Robinson. A ver si algún ministro lo lee en una noche tórrida. O lo leemos los ciudadanos, y exigimos algo más que medidas adaptativas.
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