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Es peligroso asomarse al interior

Consulta de Psicología en un hospital.

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Mi obra maestra ha sido la de mi propia ruina. ¡Qué poética! ¡Qué bella! ¡Qué forma tan elegante de echarse a perder! No necesito aplausos, no se levanten de sus asientos, no hace falta: esta columna es pura autocompasión de un hombre que no se tiene en mucha estima acompañada de un par de metáforas razonablemente bien pensadas al amparo de la luz que atraviesa mi persiana como un bostezo del sol de invierno por la mañana. Solo palabras pomposas ¿Lo veis? Ni siquiera es para tanto.

Paso muchas noches explorando mis vacíos, haciendo digging como un DJ de mi propia miseria porque de alguna forma me volví adicto a lo que de allí extraigo, a lo Timothy Leary, y a cambio me convierto en un santurrón melancólico nimbado de tristeza y consumido por mi propia angustia, y mis ojeras rozan los pómulos y se vuelven indistinguibles de un puñetazo en la cara, y pierdo peso y pierdo a gente en el proceso. Es peligroso asomarse al interior de esto, decía Delaossa en Un Perro Andaluz (2019). He acabado convirtiendo la de escritor en una profesión de riesgo.

Me he planteado pedir al médico que me dé la baja por depresión. Tengo el penitente privilegio de poder hacerlo, porque soy autónomo y porque ya he pasado por lo mismo otras veces, y ahora me siento incapaz de moverme con el fango hasta las rodillas, de levantarme por la mañana y sentir algo distinto a un temblor en el estómago. Mi ideología me dice que si no soy capaz de ir a ver a mis padres ni de levantarme de la cama, tampoco debería ser capaz de trabajar, aunque aquí me tenéis, gestionando un imperio bajo el edredón, siendo el CEO de esta startup de perder pelo y destrozarse los nervios que he fundado sin siquiera un garaje en el que empezar. Deberíamos vivir en un mundo en el que poder pedirse una baja por bajona sin excederse en explicaciones ni sentir que dejando de trabajar dejo de ser quien soy. Sin escribir solo soy un chico triste.

Claro, nada me impide colmar estas páginas de lloros, lamentos y frustraciones expuestas y fingir que este es mi trabajo y que no estoy dejando de hacer otra docena de cosas; fingir que no entro en pánico cada vez que suena el teléfono porque solo espero malas noticias; fingir que me reconozco en el espejo, que no me levanto con la misma tos que se llevó a mi abuelo y además de eso tener la hipócrita determinación de contestar, si me preguntan, que todo me va bien.

Respondo que todo me va bien porque me da pereza escuchar las obsequiosas muestras de empatía de los demás; sus consejos, sus sermones sobre qué cambiarían ellos si fueran yo. Te vendría bien ir a terapia. No me aconsejes que vaya a terapia si no estás dispuesto a pagármela, porque una atención psicológica que pueda serme útil cuesta lo que pago de alquiler, y apenas llego a pagar el alquiler. Los de mi clase no optamos a la salud mental, la hipotecamos a futuribles y fantaseamos con ella en el medio plazo. Lo bonito, y lo poético –de ahí esa introducción tan pomposa– de todo esto es que el culpable soy yo. Me explico. A ojos del sistema, la culpa de mi precariedad es mía. Es mía porque he preferido malvivir de esto a vivir de cualquier otra cosa; mía porque mis gastos fijos son el ochenta por ciento de mis ingresos fijos; mía porque fui tan imbécil, tan merecedor de mi propia ruina, que elegí no pegarme un tiro para matarme de hambre tiempo después; es culpa mía, en definitiva, por elegir mal, por apegarme a lo desagradecido, lo mal visto y lo banal que es la literatura y, poco más al fondo, el periodismo literario.

No es culpa, por supuesto, de que no tengamos una sanidad mental gratuita, ni de lo ridículamente mal pagado que está cualquier trabajo y no digamos ya el de plumilla, ni de que las ciudades se hayan convertido en parques temáticos para turistas y sea imposible desarrollar una vida decente sin encadenarte a un trabajo que absorba tu alma y tus ganas de vivir, no. La culpa es mía. 

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