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La poesía si no es sangre es desperdicio

Páginas del libro 'Berlín', de Victoria Guerrero

Gabriela Wiener

Hace mucho tiempo, en el campus de una universidad privada, pontificia y católica del Perú, que cada mes acuchillaba las billeteras de nuestras familias de clase media de los barrios de Magdalena y Jesús María, conocí a Vicki leyendo poemas en recitales preparados para que se lucieran nuestros amigos poetas, no nosotras. Mientras ellos hacían parte de generaciones poéticas que solo integraban ellos, movimientos que cambiarían la historia de la literatura, y construían mitología hasta de la manera en que meaban contra una pared de una calle de París, sus contemporáneas poetas cuando no eran sus musas, sus novias o sus putitas, eran acusadas de hacer malapoesía de sus coños y menstruaciones. Así quién querría seguir.

Muchas se perdieron por el camino, pero Victoria Guerrero no, siguió, y su trabajo literario, y también el extraliterario, se convirtieron en una poética de la resistencia en sí misma. En los 25 años que lleva escribiendo una obra que ya ha cambiado de forma muchas veces, pero que jamás ha dejado de denunciar al poder, la poeta se ha unido a esa tradición de grandes maestras peruanas de la poesía como Blanca Varela o Carmen Ollé, que han tenido una manera casi secreta de existir. Gracias a que el mundo está cambiando y a que ser mujer, poeta y peruana, ya no es, como antes, necesariamente sinónimo de olvido, la obra de Guerrero puede leerse ahora también en España, gracias a la colección de literatura peruana de la editorial madrileña Esto no es Berlín que publica uno de los mejores poemarios de Guerrero, curiosamente titulado 'Berlín'.

Se trata del testimonio de una escritora estranguladora de cisnes –como en el título de uno de sus primeros libros–, que ha hecho de la poesía una lucha contra los que intentan convertir a la literatura en un oficio vano, elitista, artificioso, (solamente) bello o autocomplaciente. El esfuerzo por descarnar el lenguaje, por situarse, por no conformarse. Y por acercarnos el vía crucis de su cuerpo, que es el cuerpo de todas, a veces forzado, a veces hueco, a veces estéril, a veces lívido, a veces morado, a veces enfermo, muchísimas veces agotado. Y activar en nuestro interior una subjetividad en permanente estado revolucionario. Una nueva reconstrucción del rostro golpeado, un túnel cavado con sus uñas para rescatarnos de la teoría/tontería de la inspiración y bajarnos de la Torre de marfil hacia el lodo del mundo, una casa roja en Pueblo Libre, un hogar bañado de nuestra nueva y santa sangre porque, como le enseñaron sus ancestras, huérfanas, calvas y sin úteros, si la poesía no es sangre, es desperdicio.

Guerrero es, además, una de las fundadoras del Comando Plath, un colectivo feminista de mujeres de la cultura cuyo lema no podía ser otro que: “Escribimos, existimos”, –nuestro cogito, ergo sum, nuestra única certeza– y que desde hace un par de años recogen denuncias públicas de mujeres acosadas y abusadas por hombres de la cultura, en la línea de esfuerzos recientes como #MeTooEscritoresMexicanos. “A los que no me leerán”, decía la dedicatoria de otro de sus libros, y no puedo evitar pensar en las 53 asesinadas en Perú por violencia de género y las 18 asesinadas en España en lo que va del año.

Lo bueno de hablar de Victoria es que cuando te vas demasiado de lo poético hacia lo político, o demasiado de lo político hacia lo poético, en realidad no habrás salido nunca de su territorio. Su poesía es acción que activa y revoluciona el mundo. Porque el gran tema de la obra feminista de Victoria es la violencia, la batalla contra el liberalismo salvaje y la explotación laboral que se da en los cuerpos de mujer, contra los fundamentalismos religiosos y las fobias, el racismo colonial y el disciplinamiento femenino, el abuso sexual y médico, los rituales heteronormados del amor y la maternidad obligatoria, la idea impuesta de que somos recursos productivos y reproductivos. Crítica social y económica desde el vértigo, lirismo manchado de plusvalía, rebelión desde los centros de tortura, desde la casa del amo, las cárceles, el canon literario o el consultorio del ginecólogo, Berlín es la poesía de la esposa maltratada, la bruja quemada y la superviviente, pero también es todo lo que aún no han podido quitarnos.

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