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En salud mundial, cooperación necesaria: es nuestra responsabilidad

Fotografía de archivo del secretario de Salud de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., durante un acto público, en Dallas (Texas, EE.UU.). EFE/Adam Davis
26 de enero de 2026 21:56 h

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El próximo viernes, 30 de enero, como cada año, se celebra el Día Mundial de las Enfermedades Tropicales Desatendidas – ETD -. Así lo decidió la OMS en su Asamblea del 31 de mayo de 2021 con la finalidad de mejorar el conocimiento que el mundo debe tener del devastador impacto que estas enfermedades tienen en las poblaciones más pobres del mundo. Y, también, para exhortar a países, grupos y personas a secundar la dinámica en favor de los objetivos de su control, eliminación y erradicación.

Me refiero especialmente a estas enfermedades por la evidencia que su propia denominación genérica revela: su desatención. Lo que, naturalmente, es particularmente grave teniendo en cuenta que son enfermedades prevalentes en comunidades empobrecidas de zonas tropicales, si bien algunas tienen una presencia geográfica más amplia. En todo caso, se calcula por la OMS que afectan a más de 1.000 millones de personas y que 1.500 millones requieren de alguna intervención, tanto preventiva como curativa. Enfermedades como la úlcera de Buruli, la enfermedad de Chagas, el dengue, la lepra, la filariasis linfática, la oncocercosis y otras forman parte de este grupo.

Son enfermedades “desatendidas” por su escasa presencia en los programas de salud en casi todo el mundo, porque todavía hoy se les dedican muy pocos recursos y porque las agencias de financiación mundiales prácticamente las ignoran. Y esto ocurre porque afectan a poblaciones que, a su vez, son desatendidas y tienen carencias muy importantes en todos los aspectos, poblaciones que son, en definitiva, extremadamente vulnerables.

Y estas enfermedades, a su vez, tienen una especial presencia en zonas rurales, lugares de conflicto y regiones de difícil acceso, asociadas siempre a los problemas de saneamiento y de acceso al agua potable y, claro, a falta de atención de calidad a la salud. Por ello, afectan a las poblaciones más pobres dentro de las pobres, particularmente en zonas de América Latina y en África Subsahariana.

Estas enfermedades, como todas las demás que conocemos, tienen modos de combatirlas, desde luego. Una gestión adecuada del ciclo de la enfermedad, desde su prevención hasta sus distintos tratamientos, una salud pública eficaz desde la atención primaria y el enfoque integral y una provisión de servicios de agua potable, saneamiento e higiene constituirían intervenciones estratégicas básicas y esenciales para los objetivos antedichos de la OMS. 

De hecho, las ETD tienen gran relevancia para el Objetivo de Desarrollo Sostenible 3 de la Agenda 2030 de la ONU. Y para ello la OMS está adoptando medidas concretas en el marco de su Hoja de Ruta sobre las ETD 2021-2030 con objetivos claros, entre los que destaco el de reducir en un 90% el número de personas que requieren tratamientos contra estas enfermedades, eliminar al menos una ETD en 100 países y erradicar en todo el mundo dos enfermedades – la dracunculosis y el pian -.

Pero, es claro que, para lograrlo, hacen falta medios, muchos e ingentes medios y una transformación de las estructuras sociales y económicas de dichos países y de sus servicios, en particular los referidos a la salud y al agua potable y al saneamiento.

Las cosas no marchaban del todo mal, aunque todo es mejorable y a ello debemos aspirar. Pero, lo que no cabía es que fueran a empeorar de manera tan relevante como ha ocurrido. Sí, sí, me refiero a Trump y a sus tremendas primeras decisiones, de consecuencias imprevisibles pero, sin duda, terribles: la salida de los EEUU de la OMS y el cierre de su Agencia para el Desarrollo Internacional – la USAID -.

No dejan de ponerse de relieve las que son sus consecuencias, algunas ya constatables, como altos funcionarios de la propia USAID y muchas organizaciones han expresado ya: un desatre humanitario, calculando que pueden registrarse hasta 14 millones de muertes a añadir a las que ya se producen, muertes de las que 4,5 millones serán de menores de cinco años -, a consecuencia de diversas enfermedades y que, además, más de un millón de niños al año sufrirán desnutrición aguda grave, con efectos que se prolongarán irremediablemente en sus vidas.

Sin duda también esta disminución de recursos económicos va a causar una merma de la capacidad de los gobiernos de muchos países para mantener campañas de sensibilización que faciliten la prevención y la propagación de estas enfermedades y afectará igualmente a la estabilidad y la confianza de los sistemas de salud de esos países.

¡Una auténtica catástrofe! Pero ello se materializará solamente si cruzamos los brazos y abrimos la boca únicamente para maldecir de Trump. 

Podemos revertir la situación creada por sus decisiones, porque el resto de países, organizaciones y personas somos también responsables. Para ello se aprobó la Ley 1/2023, de 20 de febrero, de Cooperación para el Desarrollo Sostenible y la Solidaridad Global, en cuyo artículo 1.6 se contempla que se “destinará, al menos, el 0,7 % de la renta nacional bruta (...) a la AOD, conforme a los criterios contables acordados en el seno de la OCDE, en el horizonte del año 2030” y que, para tal objetivo “se contemplarán, a través de una planificación indicativa plurianual, las asignaciones necesarias en los Presupuestos Generales del Estado basadas en las disponibilidades presupuestarias de cada ejercicio”.

Hemos estado, me refiero a España, muy lejos del objetivo histórico y justo de dedicar, al menos, el 0,7% del PIB – o asimilado –. Nos hemos dejado de ocupar de ello con seriedad. Es de “exigir”, más que de “esperar”, que se cumpla ese compromiso, ahora ya obligación legal, y que asumamos nuestra responsabilidad como Estado. Y también, sin duda, en las posibilidades de cada cual, nuestras responsabilidades individuales.

El 30 de enero es un día especial. Un día para conocer que hay muchos cientos de millones de personas padeciendo unas enfermedades prevenibles y curables y unos déficits sanitarios inaceptables y que hay otros 364 días en cada año para luchar contra ellas, con orden y con compromiso.

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