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El suicidio de la razón

El presidente estadounidense, Donald Trump.
17 de marzo de 2026 22:08 h

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Vive la humanidad un momento aciago justo cuando la sociedad se está viendo privada de uno de sus principales instrumentos: la capacidad de reflexionar, deducir y actuar, el pensamiento lógico. Y es tanto así que, probablemente, está entre las principales causas del desastre que nos asola. No tiene pies ni cabeza lo que está ocurriendo. Y que nadie se alce para pararlo con efectividad. Por el contrario, cada día que pasa se acelera el ritmo del desvarío.

 A veces basta una llamada de atención. Y esa ha sido para mí volver al pensamiento del filósofo alemán Jürgen Habermas, que acaba de fallecer a los 96 años. Fue Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2003 y ya entonces la derecha feroz española le vituperaba y se burlaba del galardón. No porque Habermas fuera de izquierda radical, sino por sus ideas; en realidad por la capacidad de pensar. Es un clásico de las cabezas obtusas. Ahora, el hijo de un nazi, eurodiputado de Vox, se ha apuntado al insulto frente a multitud de personas que lloran la muerte del gran filósofo del último siglo por su permanente reflexión sobre el mundo actual, sobre Europa en particular.

En su propuesta fundamental -la Teoría de la Acción Comunicativa-, Habermas proponía diálogo, entendimiento, búsqueda de consensos a través de argumentos sólidos y honestos. “Cuando los seres humanos hablan para entenderse -no para manipular ni para vencer- activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla, sino en la fuerza del mejor argumento”, resumía la profesora y periodista Máriam Martínez-Bascuñán, en uno de los mejores artículos publicados en las necrológicas.

Si se trata de entenderse, no de vencer, estamos en el polo opuesto. De escuchar, en vez de silenciar, lo mismo. De hecho a menudo ya se silencia con gritos que tapan los sonidos. El principio de legitimidad se ha abandonado por completo. Decía que la fuerza ha de estar en el mejor argumento, no en el poder o la autoridad de quien habla. Imaginen cuando se llega al límite de darle legitimidad al discurso más absurdo, violento e irracional. Autoritario. A la mentira que se ha adueñado de la vida pública.

De hecho es otro de los postulados de Habermas: imprescindible la verdad en lo que se quiere comunicar y se quiere discutir para consensuar. Al punto de proponer la creación de una ética, una política y una teoría consensual de la verdad. Por desgracia, es ya el más flagrante de los fracasos de esta sociedad: los bulos que traga y difunde. La siembra de arenas movedizas sobre el raciocinio y la moral de cada ciudadano que se deje atrapar y lo cierto es que son incontables ahora.

 Si existiera un atisbo de esta estructura lógica y moral, Donald Trump no sería presidente de los Estados Unidos, no lo hubiera sido tras conocerle, y no se consentiría que siguiera un día más en el cargo. Ese que ha empleado incluso en organizar una guerra demencial por propio interés y el de su amigo (o lo que sea) Netanyahu: otro que no estaría al mando del expansionismo genocida de Israel en un mundo cuerdo.

Trump no solo ha desestabilizado el Orden Mundial que mal que bien existía, también la economía, principios elementales de la democracia, de los derechos humanos, de la ética, la decencia, la integridad. Ya se cuentan por miles las víctimas inocentes de este delirio salvaje, por millones los desplazados. Algo inadmisible y ahí sigue, soltando paridas cada día, borracho de egocentrismo. Con multitud de cómplices -hasta ahora- por acción o por omisión de sus deberes. Esa Europa con una tríada al mando (Von der Leyen, Kallas y Rutte), que cada vez la desdibuja más y la humilla más.

Trump es otro Hitler del que también se ocuparon las reflexiones del filósofo alemán y como fundamento de su teoría. Si con el nazismo y otros fascismos la razón había sido reducida a un instrumento, había que repensarla como capacidad de entenderse, de acción comunicativa.

En su lugar tenemos ahora la frivolidad máxima del pensamiento, la desinformación, las redes controladas por poderosos millonarios cómplices. Las que se pueblan a diario de enjambres de avispas hambrientas de daño para su insaciable odio. En España de forma lacerante. Como tantas veces ya decimos, Trump es un resultado, origen y amalgama ahora de sus correligionarios y todas sus secuelas.  Pero nuestro país añade una vieja incultura y la huella del fascismo impune.

En un mundo donde funcionaran la lógica y la ética, tampoco Isabel Díaz Ayuso -como ejemplo máximo de la indigencia moral e intelectual de la cúspide del Partido Popular en este momento- sería presidenta de una comunidad que reúne ya a 7 millones de personas. Cada día comparece presa de una especie diarrea intelectual a soltar todas las estupideces que se le ocurren. Con una abundancia extrema de mentiras entre ellas, y un grado inadmisible de insultos a quien no comparte su vida y obra de ultraderechista plena, mimada por el aparato que la sustenta. Y todo con total impunidad.

Cuando embiste a Pedro Sánchez y afirma, como hoy, que “va contra el sentido común, contra la verdad y contra la voluntad del pueblo, el daño que está causando es tremendo”, quizás habla de ella misma ante su espejo, pero sobre todo olvida conceptos fundamentales: Pedro Sánchez salió investido presidente del gobierno en 2023 con 179 votos a favor y 171 en contra. Sumó 12.600.00 de votos ciudadanos. Ayuso con 1.599.186 en Madrid -es decir, apenas un 12%- intenta equipararse a Sánchez e insulta diariamente a más de 12 millones de personas.

Nos espera -si nada lo remedia que está por ver- un futuro de derecha-ultraderecha en los gobiernos autonómicos que han celebrado elecciones. Demasiados cómplices. Mediáticos, sin duda, que empuercan una gestión que ha convertido a España en líder económico de Europa en siete años, mientras se hunde la mismísima Alemania. Queriendo volver al funesto aznarismo, también impune, y dilapidar por los bolsillos que gusten ese legado. Porque parece que conseguidos los votos autonómicos suficientes y los titulares, ahora toca seguir con “sorpresivas” -es un decir- decisiones judiciales en el trabajo que no consiguen acabar en esos mismos siete años. Porque corregir seis años de investigación y archivar el caso de corrupción contra la número 3 de Ayuso ha causado un gran impacto entre las personas decentes.

 Habermas fue un hombre que se negó a rendirse al pesimismo escribía Martínez Bascuñán y, como ella, creo que “es posible construir un orden sin soberano y una legitimidad sin espada”. Pero hay que apagar los ruidos, tirar la cadena donde se arrojen los exabruptos y mentiras políticas y mediáticas, estimular la razón. Y ver síntomas por dónde atajar los obstáculos y empujarlos a buen fin. La errática gestión de Trump no puede durar en estos términos. Y cuanto más tiempo pase va a ser peor. De momento, hay ya críticas y deserciones. Un general francés que ha sido alto cargo de la OTAN dice que unirse a los fiascos de Trump es como comprar un billete para el Titanic. Más significativo, el director del Centro Nacional Antiterrorista de Estados Unidos, Joe Kent, ha presentado su dimisión porque, dice, que no puede en conciencia apoyar esta guerra: “Irán no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación, y es evidente que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y su lobby en el país”. Sin embargo, datos posteriores definen a Joe Kent de forma que aparece como un personaje controvertido.

Tiempos muy turbulentos que necesitan calma y reflexión. Y que se imponga la lógica. Lo que es altamente probable es que si cae Trump irá detrás buena parte de la ola ultraderechista mundial. No parece muy irracional y cumple la premisa de que rendirse al pesimismo es lo último.

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