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Podemos: vive deprisa, muere joven y deja un ¿bonito? cadáver

La secretaria general y diputada de Podemos Ione Belarra con los diputados de su grupo.

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Tú no te puedes acordar porque eres joven, pero hubo un tiempo en que Podemos era el mayor fenómeno político visto en España desde la Transición: en cuestión de meses multiplicó exponencialmente sus votos y entró en la mayoría de ayuntamientos, comunidades y en el Congreso por la puerta grande; logró el apoyo de medio millón de “inscritos” que además financiaban masivamente el partido en cada campaña; se implantó en toda España, hasta el último pueblo, con sedes propias, los llamados “Círculos” que bullían de actividad; celebró grandes asambleas desbordando Vistalegre; reunió a decenas de miles de personas en una gigantesca manifestación en Madrid; disparaba las audiencias televisivas y ganaba debates electorales; reventó los aforos de todos sus mítines durante varias campañas electorales; participó en confluencias municipales que conquistaron las alcaldías de grandes ciudades y entró en coaliciones de gobierno autonómicas; estuvo a punto de sorpassar al PSOE en unas generales; presentó una moción de censura al gobierno del PP; y hasta llegó a gobernar España en coalición, con ministerios y una vicepresidencia. Además, incorporó a gente de enorme talento: activistas sociales y políticos, gente de la cultura y la universidad, jóvenes forjados en el 15M, periodistas, un capital humano como pocas veces se ha visto en una misma formación.

No te acordarás de todo eso porque hace muuucho tiempo ya de aquello. No sé, por lo menos… siete u ocho años, nueve como mucho.

Sobre la deriva última de Podemos, su camino hacia la irrelevancia política y su riesgo de desaparición, otro día discutimos si entre todos lo mataron (pocos partidos han soportado tanto acoso y derribo político, mediático, policial y judicial) o él solito se murió (las malas decisiones, el personalismo del líder y el creciente enroque interno vienen casi de fábrica), pero hay algo indudable: no se ha visto nunca un ascenso tan fulgurante y una caída tan vertiginosa en tan poco tiempo. El partido impulsado en 2014 por Pablo Iglesias ha completado en menos de una década el ciclo de vida que a otros partidos lleva un siglo: nacer, crecer, implantarse territorialmente, entrar en las instituciones, ser oposición, gobernar, sufrir escisiones internas, perder el poder, pasar una travesía en el desierto, ser superado por competidores del mismo espacio, encogerse, volverse irrelevante, ser testimonial y tal vez pronto desaparecer. Todo eso en nueve años.

Ya sé que los tiempos de la política se han acelerado locamente, y que la picadora de carne va triturando a políticos cada vez más jóvenes y breves, pero lo de Podemos es meteórico en el sentido más literal del término: un cuerpo celeste que cruza fulgurante el cielo y acaba desintegrado o estrellado. Como se dice de los jóvenes rockeros y actores que mueren trágicamente en la veintena, “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”.

En el caso de Podemos, ni siquiera es seguro que vaya a dejar un bonito cadáver, pues su final está siendo especialmente triste. Tras menguar a toda velocidad, cerrando sedes y echando gente tanto en ERE como en purgas internas; tras quedarse fuera de ayuntamientos y parlamentos autonómicos, integrarse en Sumar de malas maneras y ser tratado sin piedad por sus ex compañeros de viaje, ha acabado en el grupo mixto como si fuera un partido provincial. Y espera, que todavía puede ser peor: que termine por morir justo donde todo empezó: en las elecciones europeas.

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