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Arqueología del olvido

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Fallecer es un trámite burocrático; la extinción real, la del alma, es una erosión gradual marcada por el silencio, que concluye cuando la vida sigue su curso, ignorando el vacío que dejas.

Fue el agua, actuando como un macabro revelador, la que expuso los restos. No los de una criatura de otra era, sino los de un ciudadano en su apartamento de Valencia. Una cañería bloqueada por las lluvias desbordó una terraza, creando un torrente de suciedad que se abrió paso a través de una tumba inadvertida. Al forzar la entrada, las autoridades no descubrieron una vivienda, sino el escenario de un naufragio social.

El cadáver momificado era el epicentro. Había permanecido allí durante quince años. Un individuo solitario, divorciado tres décadas atrás, con dos hijos desvanecidos en el curso de sus propias vidas. Nadie llamó. Nadie se preocupó. Mientras, la maquinaria del Estado, autómata e implacable, siguió operando: la Seguridad Social abonaba una pensión a una sombra, manteniendo activa una cuenta que sufragaba el suministro eléctrico de una casa a oscuras. Era un espectro al corriente de sus pagos; una paradoja tan terrible que roza lo fantástico.

Su caso no es una anomalía. En Madrid, el cuerpo de una anciana de 78 años fue hallado en su baño en 2004. En Fuengirola, un hombre de 86 yació sin vida durante un año hasta ser descubierto por una empleada de hogar esporádica. Este patrón se repite globalmente. En Londres, a Joyce Carol Vincent la encontraron tres años después de su muerte frente a un televisor encendido. En Japón, el fenómeno es tan frecuente que se le ha dado un nombre: Kodokushi, o “muerte en soledad”.

Estos no son hechos fortuitos, sino la evidencia de un sistema social defectuoso que genera exclusión de forma sistemática. La situación es tan grave que el Reino Unido ha creado un “Ministerio para la Soledad”, un remedio burocrático para un mal existencial. En este engranaje, quien pierde su utilidad o relevancia, es descartado.

El destierro definitivo, a veces, es una decisión consciente de la familia, justificada como un acto de cuidado. Ingresar en un geriátrico es la etapa final. Es un desarraigo forzoso que aniquila las referencias vitales del anciano. Se le promete atención especializada a cambio de su geografía emocional, apartándolo por ser un estorbo en un mundo acelerado.

Vivimos, además, una contradicción flagrante: en la cumbre de la conectividad digital, experimentamos el mayor aislamiento. La pantalla ofrece un sucedáneo de compañía, una ilusión de comunidad que se esfuma al bloquear el móvil. La llamada ha sido reemplazada por el “like” y el contacto físico por el emoticono, creando una cercanía estéril y distante.

Nuestras propias urbes facilitan esta desconexión. Hemos erigido una arquitectura de la apatía. Los patios comunes han sido sustituidos por bloques de pisos herméticos y los parques por centros comerciales, espacios impersonales donde se evita la mirada. La vida se encapsula en burbujas privadas —coche, oficina, casa— eliminando la interacción fortuita que antes constituía la red social.

El catálogo de nuestros marginados define nuestra era: el anciano anónimo en una residencia; el sintecho bajo un cartón. El silencio de los portales. El correo publicitario amontonado. El motor de un frigorífico como único pulso de una existencia paralizada. Tres lustros de olvido demuestran que se puede estar muerto mucho antes del colapso biológico. Es el cierre de una historia que nunca tuvo lectores.

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