Eres un ecófobo
Salivemos un poco antes de tragarnos otro neologismo. Se entiende por ecofobia la actitud de temor y rechazo hacia el propio oikos, entendido como el entorno cultural de pertenencia.
El propio término pone de manifiesto la hostilidad de quien lo emplea hacia aquellos a quienes considera ecófobos, entiéndase, a aquellos que se manifiestan críticos contra el producto cultural que denominamos Occidente.
Dentro de la cruzada (término empleado intencionadamente) anti WOKE, los chuds (nueva denominación para referirse a los fachas) han decidido abrir un frente contra la crítica a los desmanes materializados por la cultura occidental. Naturalmente, como la religión ha estado siempre en el epicentro justificador de las conductas, consideran que la revisión de la historia condescendiente con nuestro pasado es un atentado contracultural y, en consecuencia, que se deben alzar las voces chuds para defender lo más chungo de nuestro pasado.
La administración Trump obliga a la reformulación en los museos de los carteles explicativos críticos con la propia historia. Aquí hay quien se rasga las vestiduras ante el intento de reconsiderar el uso de Reconquista o llamar nacionales a los miembros del ejército sublevado contra la República democráticamente constituida.
La conquista de América, un atropello genocida, es rebautizado como “el Encuentro”. No participar de esta edulcoración de la acción político-cultural de Occidente es ser ecófobo. Y ya se sabe quiénes son los encargados de sanar las fobias.
El lunes 26 de enero de 2026 la universidad Bar Ilán de Israel organiza el Classical Forum Roundtable on Oikophobia. En el evento están invitados dos conferenciantes estadounidenses con el objetivo de reivindicar la virtud ecófila de los desmanes infames que acumula Occidente en el corto, pero espeluznante siglo XXI. Se puede asistir por vía telemática, según se anuncia en CLASICISTS, una plataforma masiva relacionada con el mundo clásico. No está entre mis prioridades fomentar foros incompatibles con los Derechos Humanos.
Si alguien siente compasión por el pueblo palestino, ya no es únicamente antisionista (cuidado con no asumir acríticamente el término antisemita, pues no solo los judíos son semitas), sino que es ecófobo. Ahora que el ejército de Israel ha perpetrado el enésimo genocidio, los chuds pretenden silenciar la vileza haciendo creer que quienes piensan que no era necesario exterminar al pueblo palestino están en contra del acervo cultural de Occidente. Son los mismos que quieren hacernos creer que Mineápolis está lleno de terroristas domésticos. Regresar a los valores espirituales de Occidente es apoyar la apropiación de Groenlandia o de la franja de Gaza; es sancionar la capacidad del gobierno para asesinar impunemente a sus ciudadanos; es apagar las luces de Ilustración.
La democracia parlamentaria tal y como la conocemos no está en peligro; está siendo desmantelada. Para restaurarla no basta con que cambie el signo de los votos en las elecciones venideras. Prácticamente en todo Occidente una media del 25% de la población se ha hecho activamente chud. No hay posibilidad de resiliencia, ese es un mantra de autoayuda ingenua. Entretanto, los depositarios de la representatividad ecófoba, encanallados, dedican sus fuerzas al canibalismo fratricida. Personajillos miserables que no merecen el respeto de sus votantes por no reconocer la gravedad de la situación. Y otros, en el extremo opuesto, ya han hecho acopio para construir su dacha en Marte, una vez que el terrorífico algoritmo lo sabe todo de nosotros.
Que no haya alternativa a este triunfo arrollador de la sinrazón no legitima encerrarse en casa. Es necesario opinar, replicar, revertir la ecofobia en un discurso crítico destinado a la mejora constante de las condiciones de vida en la Tierra para todos, no solo para los MAGAchuds. A los que reivindican las raíces cristianas solo cabe recomendarles que se lean el Evangelio y lo pongan en práctica y a quienes mantienen algo de solidaridad en su vocabulario que contribuyan con paciencia y firmeza en la refundación de una ideología capaz de ilusionar activamente con un voto que no nos envilezca aún más.
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