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Lo siento, pero Teruel ya existía

¿Es cierto que en las pasadas elecciones hemos votado mucho más que otras veces a partidos de ámbito no estatal?

Muchas páginas hemos escrito ya sobre una de las supuestas sorpresas de las pasadas elecciones: el auge de los partidos de ámbito no estatal (PANEs). En efecto, en estas elecciones han entrado formaciones nuevas al Congreso de los Diputados, y el número total de partidos en la nueva legislatura será el más alto de democracia. ¿Pero a qué se debe este resultado? ¿Es porque hemos votado más que nunca a candidaturas que aspiran a representar territorios concretos? ¿Podemos incluso concluir, como muchos han hecho precipitadamente, que el electorado ha aprendido que la mejor forma de influir en política es optando por candidaturas centradas en la defensa de los intereses de ciertas regiones? 

Veamos los datos: El gráfico 1 muestra, para cada elección al Congreso de los Diputados desde la restauración de la democracia, el porcentaje de votos válidos emitidos a partidos autonómicos o provinciales que no formaban parte de coaliciones o acuerdos electorales con fuerzas de ámbito estatal, y que han obtenido al menos el 0,1% del voto*.

Gráfico 1. Porcentaje a PANEs sobre voto válido, 1977-2019. 

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En las pasadas elecciones de Noviembre, el 11 por ciento de los votos válidos fueron a candidaturas de PANEs, un poco por encima de la media del periodo democrático, pero para nada extraordinario: en cinco elecciones obtuvieron mejores resultados que esta. El porcentaje más alto fue en las elecciones de 1989, en las que estos partidos lograron un 12,4 por ciento del voto total. El resultado peor para los PANEs fue hace solo tres años: en 2016 apenas superaron el 7 por ciento de los votos.

Gráfico 2. Porcentaje a PANEs catalanes y no catalanes sobre voto válido, 1977-2019. 

graf2

Si miramos los datos con un poco más detalle, el escepticismo respecto a una supuesta territorialización extrema del elector español en estas últimas elecciones es aún mayor. El gráfico 2 divide a los PANEs entre partidos catalanes (convendrán conmigo que en Cataluña ha pasado algo especial en estos últimos años, como mínimo desde el punto de vista electoral), y partidos que compiten en el resto de comunidades autónomas.

El gráfico muestra que en estas últimas elecciones los votantes catalanes han optado por partidos de ámbito catalán más que nunca. Hasta el pasado Abril, los partidos catalanes de ámbito autonómico habían estado siempre por debajo del 6 por ciento del voto en toda España, y en estas elecciones han alcanzado casi el 7. Fuera de Cataluña, el voto a PANEs es de hecho ahora más bajo que la media del periodo democrático: solo en tres elecciones (2008, 2015 y 2016) los PANEs no catalanes han tenido menos apoyos que en las elecciones del pasado Noviembre. Si excluyéramos a los PANEs vascos (que también están creciendo en este ciclo político, por razones seguramente específicas al País Vasco y Navarra), los resultados del resto de partidos de ámbito territorial son aún más mediocres, vistos en perspectiva histórica. 

¿Qué ha ocurrido entonces para que tengamos entonces un número históricamente alto de partidos en el Congreso? Tres cosas: primero, tenemos más partidos de ámbito estatal con representación que nunca. Segundo, los PANEs catalanes se han fragmentado: el aumento al voto soberanista en las elecciones generales ha creado espacio para tres partidos de ámbito solo catalán, algo inédito desde la transición. Y tercero, los PANEs de fuera de Cataluña esta vez han logrado optimizar mejor sus (pocos) votos. Estos partidos son por lo general pequeños, por lo que a menudo no entran en el reparto de escaños y desperdician muchas papeletas. Pero en estas elecciones han logrado obtener un escaño hasta con menos del 0,1% de los votos (el de Teruel Existe), y han logrado entrar en más repartos que en el pasado, sin aumentar sustancialmente sus apoyos. Siempre habrá quien se atreva a construir sofisticadas teorías de cambio estructural a partir de circunstancias más bien azarosas y coyunturales, pero en mi opinión este es un ejercicio bastante arriesgado.

Una última reflexión: Se ha instalado entre muchos opinadores la creencia de que nuestro sistema electoral, que genera pocas mayorías absolutas y otorga un poder negociador fuerte a los partidos pequeños, incentiva a los votantes a optar por PANEs, porque son más capaces de obtener resultados visibles para los electores. Este análisis pasa por alto que en nuestra historia reciente ha habido muchos PANEs que han sido incapaces de consolidar apoyos electorales en el medio plazo. ¿Cómo es que los aragoneses dejaron de votar en las elecciones al Congreso al Partido Aragonés o a la Chunta Aragonesista, los andaluces al Partido Andalucista, los asturianos a Foro Asturias, o los valencianos a Unió Valenciana? ¿Es porque son idiotas? ¿O es que se han vuelto repentinamente altruistas y piensan ahora más en el bien común que antes, o más que sus vecinos turolenses, cántabros o canarios? ¿Y si a lo mejor es que no está tan claro que la mejor forma de defender los intereses territoriales sea siempre optar por un partido pequeño? ¿No será que también hay votantes que creen que la mejor forma de defender sus intereses es siendo fuertes en el seno de los partidos grandes? ¿Acaso PSOE, PP, Ciudadanos o Podemos no hacen política territorial? Déjenme acabar recomendándoles un clásico de la ciencia política que explica por qué bajo determinadas circunstancias los partidos grandes son las herramientas más útiles para agregar intereses (incluso aunque tengan una base geográfica) y hacerlos valer en la confrontación política: Why Parties, de John Aldrich. Igual leyendo se nos aclaran un poco las ideas. 

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*Así, por ejemplo, esta definición excluye como "PANE" al PSUC en las primeras elecciones democráticas, a En Marea (que en el Congreso forma parte del grupo parlamentario de Unidas-Podemos e hizo la campaña de forma coordinada con ellos), o la Unión del Pueblo Navarro (que concurrió en una coalición con el Partido Popular y Ciudadanos).     

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