El gatopardismo era Feijóo
En El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, hay una frase que simboliza la capacidad de los sicilianos para adaptarse a lo largo de la historia a los distintos gobernantes de la isla. “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, le dice Fabrizio a su tío Tancredi en la célebre novela. Desde entonces en ciencia política se llama gatopardista al político que inicia una transformación revolucionaria, pero en la práctica sólo cambia lo superficial de las estructuras de poder. Más o menos lo que se barrunta que puede pasar en el PP con la llegada de Alberto Núñez Feijóo a la dirección nacional. La misma de derecha de siempre con distintas caras.
El estreno del gallego al frente del PP ya ha dado algunas pistas. Y aunque aún no ha sido coronado ni tendrá formalmente las riendas del partido hasta el próximo 2 de abril, sus primeros pasos después del golpe contra Casado, evocan a un inequívoco ejercicio de gatopardismo. Que todo cambie para que nada cambie. O que cambien un poco las formas para que el fondo siga siendo el mismo.
En la última sesión de control en el Parlamento, con Pablo Casado ya de salida y con el partido en manos de un Comité Organizador designado por Feijóo, los populares soslayaron la envergadura de la crisis internacional consecuencia de la Guerra en Ucrania, cargaron como siempre contra el Gobierno y acusaron a Pedro Sánchez de usar la guerra como coartada para esconder su responsabilidad en el deterioro económico y la crisis energética.
En Moncloa, tomaron nota. Y no sólo de la intervención de la portavoz del PP, Cuca Gamarra, que fue en la que repararon todos los diarios porque fue la encargada de interpelar a Sánchez, sino de la de todos y cada uno de los diputados que intervinieron en la sesión del pasado miércoles. Según fuentes gubernamentales, fue una música coral que “respondía claramente a una estrategia idéntica a la desplegada hasta ahora y que respondía al todo vale”.
Con Casado o con Feijóo, “el PP es el mismo PP de siempre”, sentencia un miembro del Gobierno, para quien “la derecha no respeta ni pandemias ni guerras y nunca está a la altura de los desafíos a los que nos enfrentamos”. La situación por la que atraviesa Europa tras la invasión rusa es de tal envergadura, añade el mismo interlocutor, “que no debería admitir el más mínimo ruido, sino seguir el ejemplo de lo que estamos viendo en Europa, donde no ha habido fisura alguna entre los jefes de gobierno, que están buscando concertadamente medidas con las que responder a Putin y a la vez paliar la crisis energética”.
La sesión de control fue la primera señal, para los socialistas, de que “el moderado Feijóo se ha retratado más pronto que tarde”, también al dar su beneplácito al acuerdo de gobierno con la extrema derecha en Castilla y León. Y es que aunque el gallego ha hecho auténticas filigranas durante la semana para desmarcarse de la entente con los de Abascal e intentado, a través de medios afines, endosar el acuerdo a Pablo Casado, ha pinchado en hueso. Y es que el todavía presidente del PP renegó en Bruselas ante los populares europeos de un pacto con quienes criminalizan a los migrantes, niegan la violencia machista, rechazan el estado de las autonomías y defienden medidas excluyentes que contradicen principios democráticos básicos.
Alfonso Fernández Mañueco, por su parte, ya ha asumido como propio el discurso de la ultraderecha sobre la “inmigración ordenada” y la “violencia intrafamiliar” y el propio Feijóo ha calificado el acuerdo de “perfectamente legítimo”. Y esto mientras la prensa internacional, como fue el caso The Guardian, recordaban al “moderado” Feijóo quienes eran sus nuevos socios: un partido que quiere una “reconquista” de España, “la construcción de un ”muro infranqueable“ alrededor de los enclaves del norte de África de Ceuta y Melilla, ”la derogación de las leyes sobre violencia machista y acabar con la hegemonía de la corrección política“. Reuters por su parte, llamaba la atención sobre el hecho de que un partido de extrema derecha tuviera una parte del poder en España por primera vez desde la dictadura de Franco.
Y todo mientras Núñez Feijóo trataba de justificar lo injustificable y decir al mismo tiempo una cosa y su contraria sin sonrojarse y en menos de 24 horas. Así el jueves calificó de legítimo el pacto y el viernes, a tenor de las reacciones, trataba de desvincularse del mismo al afirmar que “a veces es mejor perder el Gobierno que ganarlo desde el populismo”. Siempre, con la coletilla, de que aún no es el presidente del partido y que, por lo tanto, ni se ha desdicho de sus posiciones anteriores ni ha claudicado ante nadie. Un ejercicio que en La Moncloa creen baldío porque el acuerdo con Vox “lleva su marca y su autorización”, algo que arrastrará “ya para siempre” y ha permitido descubrir “su verdadero rostro”.
Los socialistas sostienen que la respuesta a los dos principales retos a los que se enfrentaba el presidente de la Xunta al dar el salto a la arena nacional -la corrupción en su partido y la relación de los populares con Vox ha sido premonitoria de por dónde transitará el nuevo PP: “A la sombra de sospecha que se cierne sobre Ayuso por las comisiones que cobró su hermano de una empresa contratada por la Comunidad de Madrid, Feijóo ha pretendido darle carpetazo con una solemne declaración sobre la honorabilidad de la presidenta madrileña, pese a que la Fiscalía mantiene abierta una investigación y todo indica que es un asunto de largo recorrido. Y a su impostado discurso de rechazo a la extrema derecha y los populismos, le ha seguido su beneplácito a una coalición de gobierno con Vox”. Nada más lejos de la fabricada imagen de moderación y centralidad que el gallego ha intentado cultivar desde hace años.
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