Podemos-Ciudadanos: seis años de competición por el cetro de la “nueva política” hasta votar juntos en el Congreso

Inés Arrimadas y Pablo Iglesias, en la inauguración de la COP25 en diciembre de 2019.

Llegaron casi a la vez a la política estatal. Unos, desde la universidad, el asesoramiento a otros partidos y los movimientos sociales. Otros, desde el ámbito catalán, donde llevaban una década larga pugnando por hacerse un hueco. La evolución de Podemos y Ciudadanos en el último lustro ha funcionado como termómetro de los muchos vaivenes que ha vivido España. Hoy, Pablo Iglesias está en la Vicepresidencia del Gobierno y al frente del grupo de Unidas Podemos e Inés Arrimadas intenta demostrar la utilidad de los 10 diputados que heredó de Albert Rivera, apoyando en momentos puntuales, pero muy necesarios, a un Ejecutivo en el que está una coalición que, desde su posición actual, se abre con reticencias a aceptar esos apoyos siempre y cuando no modifiquen sustancialmente sus objetivos políticos.

La irrupción y ascenso de Podemos desde las elecciones europeas de 2014 fue visto con estupor, primero, y miedo, después, por parte de las élites políticas y económicas del país. La ola antiestablishment que surgió en España a partir de las movilizaciones del 15M amenazaba con llevarse por delante el sistema emanado de la Transición. 1,5 millones de personas votaron a la coalición que lideraba Izquierda Unida. 1,2, al recién creado Podemos. Justo detrás se situó el hoy extraparlamentario UPyD, mientras Ciudadanos se conformaba algo menos de medio millón de votos.

La abdicación del rey Juan Carlos I, en junio de 2014, daba cuenta del terremoto institucional que había sacudido al país. El problema no eran las elecciones de ese mes de mayo, sino lo que venía por delante. El bipartidismo, sostén del sistema, se agrietaba. Y los datos sociológicos mostraban que buena parte del torrente de desafección desembocaba en el partido que lideraba Pablo Iglesias. 

Ni siquiera la Monarquía, mimada durante 40 años por medios, políticos y empresarios, pudo soportar el creciente desencanto social. El “cambio político” había llegado.Y para quedarse. Podemos hablaba de prohibir los desahucios, de nacionalizar las eléctricas, de revolucionar el mercado laboral, de una banca pública. De terminar con “la casta”. Palabras como “regeneración”, “primarias” y “nueva política” llenaban los titulares y las ilusiones de quienes estaban desencantados con los partidos tradicionales.

Ese mismo mes de junio de 2014, el presidente del Banco Sabadell, Josep Oliú, puso las cartas sobre la mesa y pidió crear “una especie de Podemos de derechas” ante el “miedo” que, dijo, les daba el que existía.

Fuera una chanza, como se defendió luego, un deseo o una revelación, lo cierto es que el salto de Ciudadanos a la política estatal recibió un fuerte impulso. Albert Rivera lideraba el partido desde 2006, cuando se fundó como una opción de izquierdas antinacionalista  en Catalunya. Sus resultados electorales fueron discretos y en los siguientes años protagonizó varios giros ideológicos, pasando de la socialdemocracia al liberalismo, pasando por una alianza con el grupo de extrema derecha Libertas en 2009.

Aquél acuerdo, que fracasó electoralmente, también rompió el partido por dentro y Ciudadanos vio su hueco reducido notablemente. Pero la crisis política, que se cebó especialmente en PP y PSOE, abrió un nuevo hueco. En 2013, Rivera lanzó un proyecto estatal que recibió el apoyo expreso, entre otros, de un por entonces desconocido Santiago Abascal, hoy presidente de Vox.

Ciudadanos, sin ninguna estructura, sondeó un acuerdo con la UPyD de Rosa Díez. El entendimiento fracasó y fueron por separado a las elecciones de 2014. Ganó el partido de Díez, pero fue apenas un fogonazo. Poco después, UPyD se deshizo como un terrón de azúcar entre broncas internas mientras Ciudadanos despegaba en las encuestas.

2015: el año del cambio

El segundo semestre de 2014 sirvió a Podemos para lanzar una carrera orgánica que le permitiera llegar a las elecciones de 2015. En enero, el partido desbordó la Puerta del Sol en una manifestación en la que Iglesias puso proa al Palacio de la Moncloa.

Para entonces, la guerra mediática contra el partido había empezado y las acusaciones, nunca probadas, de financiación de países extranjeros llenaban horas de televisión y radio. También las cuitas internas, que tanto daño han hecho a Podemos, empezaban a aflorar.

Las elecciones de mayo de 2015 también supusieron un triunfo de Podemos sobre Ciudadanos, aunque el partido de Iglesias tuvo resultados desiguales. Si a nivel local logró, a través de candidaturas amplias y de corte municipalista, las alcaldías de Madrid, Barcelona, Valencia, A Coruña, Cádiz, Santiago y un largo etcétera, en el plano autonómico su impulso fue mucho menor. 

Por entonces las relaciones entre Podemos y Ciudadanos no eran ni mucho menos tan malas como lo fueron después. Al menos hacia fuera. Los discursos de ambos partidos evitaban el enfrentamiento entre dos movimientos que, aunque alejados ideológicamente se retroalimentaban. El objetivo era otro, arañar más y más votos al bipartidismo.

Pero los comicios de mayo de 2015 dejaron claro que el entendimiento sería complicado. Salvo contadas excepciones, no se produjo un entendimiento entre los dos partidos en ayuntamientos ni comunidades. Las alianzas que se produjeron representaban otro eje, izquierda-derecha, aunque, una vez más, los discursos hablaran de transversalidad y entendimiento de los diferentes.

Desde mayo de 2015 no hubo descanso hasta las elecciones generales del 20 de diciembre. Dos meses antes, Jordi Évole intentó juntar en un debate a los cuatro principales candidatos (Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, además de Iglesias y Rivera). Las sillas de PP y PSOE quedaron vacías. El programa arrasó en audiencia. La actitud de los líderes de Podemos y Ciudadanos gustó e inauguraron lo que se dio en llamar“, ”el espíritu del Tío Cuco“, el bar donde se celebró el encuentro.

Los estrategas de Podemos, que pugnaba en las encuestas por el primer puesto, salieron contentos, pero sabedores de que también habían impulsado al que, ahora sí, iba a ser rival directo en las urnas. No sería el último debate entre ambos y en los siguientes Iglesias se impuso con mayor claridad. Especialmente en el de la campaña, celebrado por Atresmedia y del que Rajoy se ausentó. El líder del PP optó por enfrentarse solo a Pedro Sánchez en el clásico cara a cara de TVE.

2016: la muerte del 'espíritu del Tío Cuco'

Si alguna vez alguien pensó que podría darse un amplio entendimiento político en las instituciones entre Podemos y Ciudadanos, los primeros compases de 2016 demostraron lo contrario. Los resultados de Iglesias fueron muy bueno: 69 diputados y algo más cinco millones de votos. Rivera sufrió la penalización del sistema electoral y logró 40 escaños con sus 3,5 millones de sufragios.

Con todo, el dato de esos comicios fue el “empate catastrófico” que se produjo, en palabras de Íñigo Errejón. Una aritmética parlamentaria que se demostró ingobernable. Los 123 escaños del PP eran insuficientes para gobernar y en ese momento nadie quería pactar con el partido que representaba los recortes sociales y la corrupción. Los 90 del PSOE obligaban a un pacto a tres en un país en el que nunca se había producido una situación similar a nivel estatal, mucho menos un Gobierno de coalición.

La negociación fue imposible. Podemos exigió la Vicepresidencia y un reparto proporcional de los ministerios en una rueda de prensa que se produjo mientras Sánchez era recibido por Felipe VI. El PSOE rechazó la idea de plano y los partidos se empeñaron más en las diferencias que en las semejanzas. En esos días, además, la policía política que había puesto en marcha el PP en el Ministerio del Interior comenzó a filtrar dossieres contra Iglesias y los suyos para torpedear cualquier posibilidad de acercamiento, con el informe PISA a la cabeza.

Quien sí cerró un pacto con el PSOE fue Ciudadanos. Pedro Sánchez y Albert Rivera firmaron un documento que alejaba del todo un posible entendimiento con Podemos, como reconoció el propio Íñigo Errejón, en una entrevista con eldiario.es. El sector del por entonces número dos de Iglesias llegó a plantear una abstención incondicional que permitiera gobernar a Sánchez como presidente y Rivera como vicepresidente antes que la temida e inédita repetición electoral. La crisis dentro del partido fue muy real y le costó el puesto al secretario de Organización, Sergio Pascual, íntimo de Errejón. Muchos meses después se supo que el motivo real fue una operación interna para desgastar a Iglesias.

La abstención no ocurrió. El 26 de junio de 2016 los españoles volvieron a las urnas. Y cualquier atisbo del buen clima entre los dos partidos nuevos de un año antes parecía un sueño. La portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Madrid, Begoña Villacís, había dicho en plenas negociaciones que su principal interés era “que Podemos no entrara al Gobierno”. Lo cierto es que así fue. Temporalmente, Ni entró entonces ni después del 26J.

La repetición electoral sirvió para reforzar al PP de Rajoy y desgastar, y mucho, a Podemos y Ciudadanos. Para entonces, Pablo Iglesias y Alberto Garzón habían sellado el acuerdo que dio lugar a la coalición Unidos Podemos, pero el resultado en las urnas reflejó un millón de votos menos de los que habían sumado por separado unos meses antes. Solo el sistema electoral maquilló la sangría y les permitió mantener los 71 diputados. Eso sí: estuvieron a poco más de 300.000 votos del ansiado sorpasso al PSOE. Rivera, por su parte, perdió ocho diputados y un buen puñado de sufragios.

En esa campaña Jordi Évole reeditó el debate de unos meses antes. Pero el espíritu del Tío Cuco se había quedado en el bar de Cornellá que le dio nombre. Ni siquiera se repitió el escenario. El encuentro fue bronco y, aunque esta vez el triunfo de Iglesias fue evidente, las sensaciones no eran las mejores, como luego quedó demostrado.

Alejamiento total durante el Gobierno de Rajoy

Las relaciones nunca se recompusieron. Las políticas, por diferencias insalvables que habían quedado claras en el acuerdo de Gobierno sellado por Sánchez y Rivera. Pero tampoco las personales.

Ciudadanos optó por apoyar al PP de Rajoy y el PSOE se abstuvo, salvo un pequeño grupo de diputados, tras un golpe de mano del Comité Federal del PSOE que obligó a dimitir a Pedro Sánchez y dejaba, en teoría, el paso libre a Susana Díaz.

Un escenario muy interesante para Podemos, ya Unidos Podemos, que veía como la desconexión del PSOE con su base social empujaba al partido a una suerte de “pasokización”, en referencia al histórico PASOK griego, hermano del PSOE y que se hundió para dejar paso a un nuevo partido en la izquierda, Syriza. El que fuera referente de Podemos y de IU y del que hoy pocos, o nadie, quiere acordarse.

La realidad fue bien distinta. La dirección del PSOE se confió y dio tiempo a Sánchez para rearmarse y reformular su relato. Ante Jordi Évole dijo que los poderes económicos habían imposibilitado un acuerdo con Podemos. Los mismos que habían auspiciado el acuerdo entre Rajoy y Rivera.

Sánchez ganó las primarias a Díaz y recuperó para el PSOE buena parte del discurso que había ensanchado la base social de Unidos Podemos. Iglesias se enfangó en un continuo de crisis internas, aunque revalidó en febrero de 2017 la Secretaría General del partido, imponiéndose a su ya examigo Íñigo Errejón Rivera, mientras, trabajaba para crecer a costa del PP y de los votantes más moderados del PSOE.

El proceso independentista de Catalunya impulsó a la que se estaba consolidando como número dos de Ciudadanos. El 1-0 y la aplicación del artículo 155 cambiaron el eje. Ni arriba-abajo, ni izquierda-derecha. Ellos y nosotros. Inés Arrimadas ganó las elecciones de diciembre de 2017 y, aunque no logró gobernar, forjó una imagen de dura y lideró la oposición ante el Gobierno independentista.

De la moción de censura al Gobierno de coalición

Después llegó la sentencia de la Gürtel, la moción de censura, el acuerdo programático entre el PSOE y Unidos Podemos, las elecciones andaluzas que supusieron la irrupción de la extrema derecha de Vox. Y el fiasco de los Presupuestos de 2019. El rechazo de ERC y JxC, juicio del procés mediante, tumbó el proyecto del Gobierno en solitario y abocó a unas nuevas elecciones el 28 de abril marcadas por la emergencia democrática de la irrupción de Vox.

Las tornas cambiaron para Podemos y Ciudadanos. En realidad, para todos. Las elecciones de 2019 fueron el reverso de las de 2015-2016. Albert Rivera, Pablo Casado y Santiago Abascal competían por el electorado nacionalista que se había movilizado ante la opción real de una independencia de Catalunya. Rivera fue capaz de atraer a votantes que habían confiado en Iglesias, sobre todo en diciembre de 2015. 

Pedro Sánchez ganó las elecciones con mucho margen. El PP del recién elegido Pablo Casado se derrumbó hasta los 66 diputados. Y Rivera rozó el sorpasso: se quedó a 200.000 votos y 9 escaños. Unidas Podemos, que vivió ese mismo mes de enero la escisión de Errejón en Madrid, volvió a sufrir una sangría de votos y logró sostenerse en los 42 diputados, mientras Vox se conformaba con 24.

La negociación para un Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, que todo el mundo daba por hecho, embarrancaron de forma estrepitosa. Pablo Iglesias llegó a dar un paso atrás, el primero desde 2014, y dejó el camino expedito para que Irene Montero fuera la vicepresidenta del Gobierno y líder de facto del partido. Pero la oferta no convenció y, como tres años antes, los españoles se vieron empujados de nuevo a las urnas tras meses de bronca mediática.

Y cuando muchos apostaban porque Ciudadanos adelantaría al PP y Unidas Podemos se hundiría, máxime con la irrupción del Más País de Íñigo Errejón, ocurrió lo contrario. Más o menos. Los de Iglesias volvieron a perder muchos votos. La suma de Podemos e IU logró 3,1 millones de sufragios, la mitad que en 2015. Y se dejó otros siete escaños: hasta los 35. Pero Rivera se desfondó hasta los 10 escaños. Tres menos que ERC. Un golpe imposible para un partido que había nacido precisamente contra el independentismo catalán.

El fundador del partido dimitió al día siguiente y, meses después, anunció su fichaje por un despacho de abogados. Su sustituta fue Ines Arrimadas. Pero “la política no termina nunca”, como ha dejado dicho Pablo Iglesias. Y mientras su alter ego en tantos aspectos hacía las maletas, él cerraba en secreto y de forma súbita un preacuerdo de Gobierno de coalición con el PSOE con Sánchez de presidente e Iglesias de vicepresidente segundo

Una sonrisa del destino que llegó por que el PSOE, lejos de capitalizar el voto de izquierdas, perdió apoyos y Más País fracasó en su intento de comerse a Unidas Podemos. Además, el PP de Casado se reforzó de la caída de Ciudadanos. Pero quien recogió más réditos en la noche del 10 de noviembre de 2019 fue Vox, que se convirtió en tercera fuera con 52 diputados. La extrema derecha sustituyó en el Parlamento, de un plumazo, al “centro liberal” que quería representar el partido de Rivera.

La pandemia

Sánchez logró la investidura con una mayoría heterogéna y frágil, como ha quedado demostrado durante el estado de alarma. Los planes que tenía el Ejecutivo volaron por los aires cuando el SARS-CoV-2, un coronavirus con origen en China, llegó a Europa.

Miles de muertos después, con una crisis económica y social en ciernes y la oposición de las derechas tildándolos de “criminales” e “ilegítimos”, el Gobierno se plantea la difícil tarea de cumplir el acuerdo de coalición y de forjar amplios acuerdos que permitan aplicar políticas de reconstrucción.

La situación ha permitido a Inés Arrimadas girar hacia el centro para intentar despegarse de PP y Vox antes de que Ciudadanos fuera deglutido. Sus dos apoyos activos, con un , a las dos últimas prórrogas del estado de alarma fueron vitales para el Ejecutivo de coalición. Especialmente la quinta, justo cuando ERC decidió pasarse al no en otro de esos giros que solo se pueden entender desde Catalunya y por la presión que supone tener, aunque la pandemia lo haya tapado, a varios dirigentes políticos en la cárcel o fugados de la Justicia y unas elecciones convocadas oficiosamente, pero sin fecha. El miedo a perder era tan real que el PSOE rompió la regla no escrita de negociar, y pactar, con EH Bildu aunque fuera su abstención.

La decisión de Arrimadas le ha valido fortísimas críticas de muchos de sus excompañeros. El propio Rivera, Juan Carlos Girauta o Marcos de Quinto, quien abandonó su escaño por no compartir el proyecto al que había llegado desde su puesto de ejecutivo internacional en Coca-Cola, ERE ilegal en España mediante.

Pero también le ha dado aire y ha suavizado su imagen y la de su partido. Del no es no que Rivera robó a Sánchez ha pasado a una posición pactista que le ha valido los elogios incluso de los que eran sus enemigos frontales, Unidas Podemos. Hasta el punto de que, además de agradecer su apoyo, han abierto la mano a un entendimiento parcial durante la legislatura, incluso en los Presupuestos Generales.

Así lo ha expresado, por ejemplo, ministros como Alberto Garzón o Yolanda Díaz. El líder de IU, esta misma semana, ha sostenido en dos entrevistas que el Gobierno “tiende la mano” a Ciudadanos en la negociación presupuestaria. La ministra de Trabajo, por su parte, se refirió a la situación de “emergencia” que pasa el país para abrirse a esa negociación.

En Podemos son menos proclives. El portavoz parlamentario, Pablo Echenique, dijo que las diferencias políticas son excesivamente amplias como para poder armar un proyecto presupuestario que convenza a ambos. Y el propio Pablo Iglesias ha apostado en público por rehacer la mayoría de la investidura para las cuentas de 2021, aunque ha tendido la mano a todos los grupos, excepto a Vox, en el marco de la comisión parlamentaria de reconstrucción.

Quienes se han mostrado totalmente en contra son los comunes. Su líder en Madrid, Jaume Asens, considera a Ciudadanos “antagónicos” y cree que las palabras de Garzón no son más que “cortesía parlamentaria”. Otra vez la cuestión catalana.

Fuentes de Unidas Podemos en el Gobierno sostienen que “la pelota está en el tejado de Ciudadanos” con la oferta de mano tendida que, más o menos explícita, más o menos sincera, han hecho tanto desde el grupo confederal como desde el PSOE. “La clave es que si no es posible, que no sea por nosotros”, zanjan las mismas fuentes.

Una de las principales dificultades para un entendimiento amplio del Gobierno con Ciudadanos está en la intención, y necesidad, que tiene Pedro Sánchez de atraer a ERC. El empeño del presidente del Gobierno es contar con el apoyo de los republicanos, que además de ser numéricamente imprescindibles, su presencia en el bloque de la investidura facilita la suma de otros. 

Solo el paso de la legislatura dirá si la posibilidad de entendimiento entre las tres fuerzas es posible. Además de lo que ocurra en el Congreso no habrá que perder de vista lo que pase en otras plazas donde Ciudadanos gobierna con el PP y el apoyo de Vox, como Murcia, Andalucía o la Comunidad de Madrid. Precisamente en Madrid el Ejecutivo de coalición entre Isabel Díaz Ayuso e Ignacio Aguado pende de un hilo.

Con todo, las formas sí parecen haberse relajado. El pasado 6 de diciembre de 2019 el Congreso celebró su tradicional recepción por el Día de la Constitución. La coincidencia quiso que Iglesias acabara situado entre Arrimadas y el dirigente de Vox Iván Espinosa de los Monteros. Las cámaras captaron un momento de distensión en el que los tres charlaron y sonrieron de forma abierta. 

Esa imagen quizá hoy no podría repetirse pues la tensión entre el vicepresidente del Gobierno y Vox es enorme. También lo parecía en octubre de 2019, a un mes de las elecciones, cuando un diputado captó una conversación entre Iglesias y Rivera en la cafetería del Congreso reservada a los diputados. Luego la difundió en Twitter el alcalde de Valladolid y portavoz de la Ejecutiva del PSOE, Óscar Puente. Es la última instantánea juntos de los líderes de los partidos que acabaron con el bipartidismo. 

  

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