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La ciudad que no oye

Acabo de enviar una solicitud de cita a mi médico de familia mediante la aplicación del móvil. La respuesta automática me comunica que el médico se pondrá en contacto conmigo lo antes posible. Pero… ¿cómo me contactará? ¿Será como la vez anterior, que me telefoneó y no me enteré?

Es incomprensible que una aplicación para atender cuestiones de salud pública no tenga previsto un apartado para las personas que somos sordas. Esta vez, en el teléfono de contacto he dejado el de Esther, la intérprete de lengua de signos, para que, cuando el médico llame, lo haga a su número y que Esther, a su vez, me haga a mí una videollamada en lengua de signos.

Este estado de alarma va a acabar con nuestros nervios… La poca paciencia que tiene todo el mundo… Ayer mismo, cuando fui a comprar al supermercado, un nuevo cambio en la normativa, que esa es otra… las constantes variaciones… No consigo estar al tanto de todos los cambios… Son demasiados, pese al esfuerzo que se está haciendo para hacérnoslos llegar de forma accesible. Las empleadas con sus mascarillas trataban de explicarme algo. Yo no las entendía bien. ¿Cómo? Me hacían gestos… Me señalaban un pasillo. Me señalaban otro pasillo. Yo no sabía dónde debía dejar mi carro. Ya tenía mis guantes puestos, la mascarilla puesta… Por señas, les pedía a ellas que se bajaran la suya. Fruncían el ceño. Se enfadaban. Se negaban a bajarse la mascarilla. Pero es que, con la mascarilla puesta yo no sabía qué querían decirme. Si hasta ayer yo pasaba por ese pasillo para acceder al supermercado… Frustración de las gordas, que ya no sé ni lo que me quería llevar del establecimiento.

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La ciudad que no habla

No hay sonidos que guíen. Hay pájaros que trinan, arriba, en el cielo. Los autobuses siguen circulando semivacíos. Los vehículos pasan de tanto en tanto. Esta ciudad es un paraíso, pero un paraíso con trampa. Las primeras, en mis manos. Gato con guantes no caza ratones. Me los quito, porque sin el sentido del tacto no veo lo que tengo a mi alrededor y sin todo su sonido creo que vivo en otro barrio. Vivo en otro barrio, de hecho. Las panaderías siguen vendiendo pan, pero esta mascarilla, que no sé si me protege o no de algo o si protege o no de algo a alguien, me impide oler el pan.

Ya no sé si he dejado atrás la peluquería, porque no huele a tinte. Tampoco sé si me queda mucho o poco para llegar a la esquina, donde debo girar para enfilar hacia el supermercado. Las dependientas del súper, un diez. Me ayudan a coger lo que necesito. El bar está cerrado. No hay alboroto de camareros tomando pedidos alegremente. La leche calentándose a toda presión… Los camareros estarán muy tristes en sus casas… La tapia del colegio, sin la algarabía infantil, se me hace infinita… Ahora no temo darle con la punta de mi bastón a ningún viejo. Ya no me puedo llevar a ninguno por delante. No están. No oigo sus pasos cansados precediéndome…

Nada suena como antes y una anda desorientada. Sin mesas ni sillas en las terrazas, uno pensaría que se camina mejor, pero no. Es una ilusión. Los obstáculos son un reto para las personas resilientes… Si ahora un agente me pidiera que me identificara, ¿cómo sabría que es realmente un agente de la policía? Y si me niego a mostrarle mi identificación, ¿podría sancionarme? Pero yo no sé si verdaderamente él es quien dice ser… Podría estar enseñándole mi DNI a cualquiera… Vulnerabilidad… Esta mascarilla… He de tragarme mi propio aliento y me ahogo. Me falta el aire… el aire libre.

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El virus que nos abrió los ojos

El estado de alarma y el consiguiente confinamiento, a los periodistas nos ha llevado a un estado de frenesí informativo. Como servicio esencial, las horas de trabajo se nos han multiplicado, en muchos casos, teniendo que realizar crónicas para medios dentro y fuera de nuestro país. De pronto, nuestros hogares son multifuncionales al más puro estilo Ikea. Escuela, oficina y vivienda todo en uno.

Como aliada, la tecnología y, por fin, lo que muchos veníamos reclamando desde hace años, ponerla al servicio del humano, más allá del ocio y el tiempo libre, más allá de las películas, los videojuegos y los correos electrónicos. Íbamos a comprar el pan en un Ferrari cuando teníamos kilómetros de autopistas para recorrernos el mundo y llegar tan lejos como quisiéramos. El problema era que no queríamos. No, el problema era que algunos, con el poder de decidirlo, no querían o, lo que es aún peor, no veían la necesidad. Porque no era su necesidad.

El teletrabajo ha entrado como un torrente en los hogares españoles, gracias a esta pandemia. Lo estoy viviendo con cierto regocijo. Siento una efervescencia similar a la de un niño cuando ve a sus padres tirarse al suelo para jugar con ellos. De pronto, una inmensa mayoría da ese pasito que faltaba. El Ferrari por fin rula y ruge a pleno rendimiento. No a pleno, que quedan engranajes por engrasar. Pero todo se andará.

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Confinamiento

El palabro ha hecho realidad el sueño de todos los adolescentes que conozco. Llegaron a casa con las mochilas repletas de libros y cuadernos, concienciados del necesario encierro, casi felices de novelería por la teleducación, un poco fastidiados por perderse la salida de los viernes a las hamburgueserías. Nativos digitales, sobrellevan bien horas de encierro. Se relacionan a través de las pantallas. Están acostumbrados a hacer los deberes juntos, reunidos virtualmente a través de sus tablets. Para ellos es un punto y seguido de sus rutinas, a las que simplemente les restan el fastidioso hecho de ir de forma presencial al colegio o al instituto.

Pero el confinamiento presenta tintes dramáticos para otros adolescentes. Para otros jóvenes, también nativos digitales, para los cuales la interacción, la salida y las actividades son imprescindibles. Tanto para sí mismos como para sus familias y, especialmente, para sus madres, porque las horas de ocupación de ellos son también respiro y tiempo para ellas. Para que ellas puedan ocuparse de otras cosas. Son los adolescentes, los jóvenes con discapacidad intelectual. Para chicos especialmente dependientes, para los que la actividad es estabilidad, progreso y equilibrio. Los que iban a centros de día. Los que estando escolarizados, tienen agendas organizadas con actividades que cumplen funciones terapéuticas, que con esta cuarentena quedan en suspenso.

Esto me lo hacía ver mi vecina María, de la que ya os hablé en este otro artículo.

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Eutanasia: Una visión desde la discapacidad

Paciente en un caso de eutanasia

Año 2020 y aún seguimos con la misma historia de siempre. Bueno, de siempre no, ahora hay mucho más populismo y miseria informativa. Las redes sociales han ayudado a difundir bulos y a propagar un miedo de todo punto infundado. ¿De qué estoy hablando? Pues hablo de la eutanasia que estos días es pasto del panorama informativo actual. Es un tema que, lejos de ser un debate sosegado, ha sido polarizado absurdamente por la derecha más rancia, llevándolo a un punto tal que hay circulando una cantidad de falsedades y exageraciones totalmente inaceptables. Y esto no es más que el mismo debate de siempre. 

Recuerdo a principios de los dos mil la película que puso en la mesa, por primera vez y de forma pública en democracia, el tema de la eutanasia. Se formó un revuelo generalizado y se salieron las cosas de madre, pero no se hizo nada a nivel legal. Hace unos años, con el caso de una pareja cuyo marido había dispensado un veneno a su mujer, aquejada de una enfermedad degenerativa, se volvió a reabrir el debate. 

En 2020, después de varios intentos se ha abierto la puerta desde el Congreso de los Diputados para hacer una ley de eutanasia que termine con el dolor de los enfermos terminales e irreversibles y, cómo no, la derecha ha vuelto a poner el grito en el cielo. Cosas como que nos van a matar a todos, que esto sirve para hacer recortes sociales puesto que se va a ejercer una presión horrible sobre esas personas para que acaben con su vida, por no hablar de las tonterías sobre una pastilla "asesina" de Países Bajos. 

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¿Quiénes cambian?

Niños con TDAH. \ ouyea - Compfight

Los alumnos con déficit de atención son chicos a los que les cuesta centrarse para atender a los profesores en clase. Recuerdo que, cuando yo misma era alumna, en mi clase había algún compañero así, y como casi siempre, acababa castigado fuera del aula o sentado en la última fila para que dejara de molestar.

Pero los tiempos cambian… Afortunadamente, decimos todos… Repetimos todos, como un mantra que tranquiliza y apacigua nuestras conciencias. Cambian los tiempos y… debe ser que la magia hace el resto. La magia y también las metodologías innovadoras y la excelencia. No olvidemos la excelencia que ahora lo inunda todo. Igual que las normativas que protocolizan hasta la manera en que el alumnado del siglo XXI tiene que ir al baño. De dos en dos para evitar cualquier eventual agresión sexual intramuros, que, por supuesto, nunca jamás ocurriría dentro de nuestro centro. En otros puede que sí. En el nuestro, no.

Pero el joven adolescente con TDH, al que le cuesta mucho centrar su atención en eso que el profesor explica en la pizarra, entretiene sus manos con un cubo de Rubik de doce caras. Un cubo de Rubik imposible para ese profesor, que tiene que cumplir unos objetivos, que alguien determinó en un despacho muy muy apartado de ese aula. Lo que el profesor no sabe, e interpreta como una falta de respeto, porque su alumno no está mirando la pizarra, es que manipular el cubo de Rubik le permite prestar atención a un chico con TDAH.

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La guerra azul

La guerra azul

2040. El conflicto armado provocado por los normales está a punto de acabar. Nosotros, la resistencia, después de muchos años de ostracismo, conseguimos imponer la ley. Esa ley que estuvieron sistemáticamente saltándose cada día aquellos que se creían con la potestad para pisarnos.

Ha habido muchas bajas en todos estos años, coches rotos, ruedas pinchadas, pero al final lo conseguimos. Las plazas de movilidad reducida ya no volverán a ser ocupadas por los normales. Ha costado años de guerra, pero lo conseguimos. Es cierto que tuvimos que tomar la vía radical, pero no había otra manera. Se intentó de todas las maneras posibles, pero seguían sin tomarnos en serio, así que hubo que actuar.

Ahora que parece que los normales han entregado las armas, nosotros suspiramos con calma. Ya no tendremos que pelear más por nuestras plazas, no tendremos que salir del coche esperando que la otra persona nos cuente cualquier milonga, no tendremos que aguantar las sobradas de gente sin escrúpulos que durante tantos años hemos soportado.

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Netflix, la audiodescripción y los alienígenas

Me he convertido en una devoradora de series cualquiera. Hasta hace tres años no me interesaban nada. Prefería sumergirme en la lectura de un libro. Pero desde que me suscribí a Netflix… hago incluso maratones de series. Algo que me parecía de seres de otra realidad. Ahora… ahora no encuentro paz hasta que no me engancho a otra serie que mantenga en vilo a mi cerebro. Debo ser un homo sapiens corrientens corrientens, porque le está sucediendo lo mismo a casi todo el mundo a mi alrededor.

Pero confesado el hecho, lo que realmente les quería contar son las circunstancias particulares en las que esta devoradora de series con discapacidad visual consume el producto. Solo podré exponer lo relativo a la plataforma de Netflix, por ser esta a la que estoy suscrita. Probé un día HBO con el usuario de mi hermana. Comprobé que no era accesible ni en los elementos más básicos.

La accesibilidad general de Netflix es buena, pero la audiodescripción en español no es algo prioritario para la plataforma.

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'Double': dos no son mejor que uno

Double, casa de la Cultura de Catarroja

Sus compañeras de trabajo no entendían cómo se pintaba los labios sin mirarse al espejo. Pero así es como ella puede hacerlo bien, porque mirar es una molestia. Se llama diplopía. Es una alteración de la visión que consiste en la percepción de dos imágenes de un mismo objeto. Ver doble. Algo que, a priori, puede causar cierta gracia por las bromas que hacíamos de niños al ponernos bizcos, pero realmente no pensamos en sus implicaciones. Es una patología muy invalidante.

No hay estudios que indiquen cuántas personas la sufren en España. Imagíneselo. Ver todo doble, constantemente. La valenciana Inma García Peris sabe muy bien lo que significa y quiere que veamos el mundo con sus ojos –o con su cerebro, pues es ahí donde verdaderamente está la visión. Nos propone un ejercicio de empatía con 'Double', una exposición que muestra, a través de veintiséis fotografías, cómo ve ella el mundo que la rodea.

Miopía magna desde los cinco años, desprendimiento de retina a los dieciséis y, tras las operaciones, visión doble. Cuando después de dos meses le destaparon los ojos, veía el mundo por duplicado. Un mundo duplicado por el que decidió transitar a costa de todo, incluso de su propia salud.

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No usarás el nombre de la "discapacidad" en vano

Otra vez. Otro debate. Otras elecciones donde celebraremos la fiesta de la democracia. Por tantito no han coincidido con Halloween. Susto da, desde luego, el nivel de los señores candidatos a la presidencia. Truco o trato. Pues mucho de truco y poco de trato, me temo. El concepto de "trato" que manejan no va más allá de "ustedes vótennos, que ya veremos lo que hacemos". Lo importante es que voten para que salgan las cuentas. Las de formar gobierno. De las otras, las que nos tocan el bolsillo aún no tocan.

Y yo esperando a que alguno hablara de la discapacidad… Más que nada por ver si decían algo distinto. Un bloque, otro bloque, otro más… Me gustó que estuvieran permitidas las interrupciones. Lo hace más… debate. O por lo menos lo asemeja en las formas. Ellos, en el fondo, son monologuistas. Algunos, de los malos; porque solo saben ceñirse al papel. Otros, reiterativos hasta el aburrimiento.

Dependencia. ¿Han dicho dependencia? Falsa alarma… Solo formaba parte de una enumeración de las palabras que siempre quedan bien en un discurso… A saber: igualdad, dependencia, diversidad, mujer,… Nada, nada. Otro bloque… ¿Y la discapacidad? No se la ve… (Ni se la espera). Bueno, claro, es normal que yo no la vea… Normal, claro… ¡Dependencia! Falsa alarma de nuevo. Volvían a nombrarla como aderezo de discurso insustancial. Otro bloque y seguimos esperando. Un par de alusiones, aunque sin entrar en materia… "minusválido" y "discapacitado". Según las Naciones Unidas, lo correcto es el término "personas con discapacidad".

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