El ocaso de los corralones de la calle Castellar: de tejido industrial al desahucio y abandono de los artesanos en Sevilla
Estefanía Ramírez contempla en el cuadro cómo era su vida hasta hace unos meses: su sombra se proyecta desde el marco de la puerta de su antiguo taller a uno de los patios de los corralones de la calle Castellar. En pleno centro de Sevilla, logró un espacio donde impartía clases y daba rienda suelta a su creatividad, pero la decadencia ha entrado en el recinto industrial. El último lustro ha estado marcado por los desahucios y las pérdidas de varios negocios, mientras las asociaciones implicadas en reivindicar su valor patrimonial y etnológico intentan frenar la especulación y la gentrificación que azota al casco histórico.
“Cuando me dieron el golpe en la puerta, se eclipsó todo. No sabía qué hacer”, relata en conversación con este medio. Continúa viviendo en el edificio con la convicción de proteger lo poco que queda, a pesar del ataque, pero el miedo ha hecho mella. La tarde del 28 de agosto llegó al número 48 de la calle Castellar, donde reside con un contrato de alquiler que está vigente desde hace una década y, una vez frente a la puerta, recibió un golpe por la espalda. Se trataba de uno de los vigilantes puestos por la gestora de la propiedad que le exigía, a gritos, la llave de acceso. En mitad del desconcierto, varios hombres arrancaron la puerta metálica, sin importarles que se estuvieran grabando los hechos, hasta que la policía llegó para parar el conflicto.
Con un parte médico en donde se determina que la agresión provocó una policontusión y una denuncia presentada ante la Policía Nacional, la también organizadora cultural mantiene que a partir de aquel suceso decidió volver a reactivar el tejido asociativo, sin embargo, hay varias voces de los corrales que prefieren el anonimato. A raíz de la entrada de los nuevos administradores de la propiedad, siendo Garajes Santa Inés S.A. la empresa mayoritaria, se han sucedido los desalojos, la pérdida de negocios, las grietas en las paredes y las pintadas como Fuera okupas en las paredes blancas llenas de humedades.
A la sombra del Palacio de las Dueñas, se suceden las amenazas y varios procesos judiciales que ha ido ganando en distintas sentencias: “No paran de pintar las paredes de afuera y la situación real que hay es que hay inquilinos y también moradores que puede que hayan dejado de pagar, pero han hecho atrocidades humanas”, sostiene en referencia al contexto de algunos vecinos. “Yo creo en este espacio”, afirma.
Abandono de los artesanos
Uno de los últimos altercados registrados tuvo fecha el pasado 21 de enero. La Policía Nacional detuvo a un hombre por un presunto delito de amenazas al increpar a un habitante del inmueble a que desocupara las instalaciones. Este episodio y tantos otros han creado un clima de crispación que ha calado entre los artesanos que intentan sobrevivir a duras penas con sus negocios, destaca la artista junto a los testimonios recogidos por este medio. Ramírez, que aterrizó en la calle Castellar inspirada por el ambiente de compañerismo y posibilidades que se ofrecían, toma como punto de inflexión julio de 2025 tras más de diez años marcados por el deterioro y la dejadez.
La canícula andaluza aplastaba cualquier ánimo contra las piedras. Con las altas temperaturas imperantes en la ciudad, de repente, se produjo una desconexión del suministro eléctrico a principios de mes que afectó a varios locales durante días. Uno de los afectados fue Antuán Martínez, quien perdió cientos de litros de cerveza artesanal que necesitaban una refrigeración constante. Tras la inspección municipal, la propiedad lo acusó a él y a los arrendatarios circundantes de tener la luz pinchada, se desentendió de los problemas ocasionados y no indemnizó a ninguno de los afectados, pese a que ingresaban los suministros mes a mes.
Con una denuncia presentada ante los juzgados y una reclamación interpuesta a la asociación de consumidores Facua, Martínez dejó el taller. La marca BrewFuckers nació con el fin de dar rienda suelta a una de sus pasiones, para experimentar, crear bebidas originales y, de vez en cuando, tomar el sobrante con las amistades que se juntaban alguna tarde. Un recorrido que logró varios reconocimientos en certámenes de cerveza artesanal gracias a la calidad y el singular aroma de sus composiciones. A su vez, se encargó de formar al alumnado del módulo superior de dietética y nutrición, por lo que ya no solo se trataba de un desempeño personal, sino de la educación para decenas de jóvenes.
A caballo entre una actividad en la que invertía tiempo, esfuerzos y expectativas, y maniobrar en unas dependencias desgastadas, describe que el ambiente era cada vez más “desagradable” con respecto a las maneras en que los gestores de la finca trataban a los artesanos que se mantenían en sus puestos y, al mismo tiempo, exigían mejoras en las infraestructuras. Sin llave para las nuevas puertas de acceso metálicas, que habían sustituido a las antiguas de madera, los techos de uralita seguían encima de sus cabezas y, como única respuesta a las reclamaciones, le ofrecieron un cambio de local.
Una propuesta que perjudicaba al artesano, dado que se cambiaban las condiciones del alquiler drásticamente: de 150 euros al mes con suministros aparte, se pasaba a un montante de 600 euros sin agua ni luz. Una subida de precios que iba acompañada de cubículos más estrechos y sin servicio de lavabo, entre otras cuestiones. Por tanto, rechazó la oferta y, tras casi veinte años, se marchó. El procedimiento para reclamar las pérdidas ocasionadas por el desabastecimiento de luz queda en manos de la justicia, a la espera que se resuelva lo más pronto posible con tal de recuperar la fianza y el costo de los últimos meses.
Lucha de décadas
La Asociación Salvemos los Corralones, operativa entre 2015 y finales de la pandemia al igual que la plataforma Trompeta Verde, se movilizó en su momento para favorecer las actividades culturales y de divulgación patrimonial con el fin de que no cayera en el olvido este espacio industrial y lo que había significado para la sociedad andaluza. En un reportaje para la revista El Topo y en varios artículos científicos, la investigadora de la Universidad de Sevilla (US), María Barrero, divulga los orígenes del enclave en una metrópoli donde las barriadas obreras vivían atravesadas por los procesos industriales del siglo XIX y XX. Compuestos de talleres, espacio libre interior y un edificio tapón, los corralones se protegieron individualmente y también a partir del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de 2006.
En la actualidad, quedan los corralones de Castellar, número 48, 50 y 52; Pelícano, nº 4; Pasaje Mallol, nº 8; Bustos Tavera, nº 26, y Pasaje Mallol, nº 11. Ubicados en la zona norte, entre la basílica de la Macarena, la Alameda de Hércules y el Metropol Parasol, los oficios se hicieron hueco en las dependencias y se habilitaban viviendas en las plantas altas para facilitar la vida de los moradores. En contra de la lógica del mercado, esta dinámica permitía alquileres asequibles a los emprendedores que aportaban riqueza del barrio. Sin embargo, la disputa entre los actuales propietarios y los artesanos y los programadores culturales tiene un largo recorrido, mientras que el mercado inmobiliario y la presión turística ejercía presión para hacer un nuevo uso del suelo.
En 2006, la Plataforma de Artesanos y Artistas del Casco Antiguo (PACA) denunciaba el desalojo de varios propietarios que habían desempeñado sus labores durante toda una vida. En paralelo, la popularización de Sevilla y su apuesta como destino turístico dejó titulares llamativos, entre ellos, el de Ryanair recomendando la calle Castellar como un enclave en el que convivían ocio y arte. Una apuesta por revitalizar el inmueble que produjo una serie de denuncias por parte de los vecinos de la zona, produciéndose en septiembre de 2012 el precinto tras la intervención de un dispositivo de las fuerzas de seguridad por la proliferación de bares clandestinos en el interior del inmueble.
Construcción de viviendas
Más allá de ese episodio, la transformación de la apariencia de los corrales ya era imparable. En 2017, la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Sevilla sancionó por tercera vez consecutiva a los dueños por utilizar los patios como aparcamiento. El acuerdo alcanzado en 2012 era erradicar este tipo de uso y se procedió a multar tanto en octubre de 2013 como junio de 2015 a la propiedad. Pese a las advertencias, se hizo caso omiso y, en la actualidad, tanto los antiguos artesanos como los actuales habitantes, coinciden en que continúan con la misma práctica.
La propiedad, que ha ido pasando de mano en mano, fue adquirida por Manuel Betanzos, quien, en una entrevista grabada en 2013, admite que el proyecto ideal era mantener el tejido asociativo, cultural e industrial, a la vez que se reestructurarían los solares con la construcción de 20 viviendas y un colegio concertado. Pese a las intenciones, desaparece del mapa y queda a cargo como administradora judicial Rocío Hernández, sin mayor explicación.
Pasado el tiempo, los inquilinos dejaron de tener contacto con la recién nombrada y en el año de la pandemia aparecieron en escena los hijos del patriarca, Manuel (hijo), Rocío e Inés, según señalan las personas consultadas por este medio, produciéndose el desencuentro final entre las partes implicadas. Esta cabecera ha intentado ponerse en contacto con la familia, sin respuesta al cierre de esta edición.
Una de las históricas reclamaciones de los colectivos es que el área de Castellar - Dueñas, protegido por el PGOU (Plan General de Ordenación Urbana) de Sevilla y el ARC (Área de Rehabilitación Concertada), pase a ser gestionado por la administración pública con motivo de su importancia patrimonial, urbanística y social. A preguntas de este medio, el Ayuntamiento hispalense afirma que no tienen constancia de ninguna queja formal en el último periodo y que, en cualquier caso, actuarían en caso de que se dañara el patrimonio. En este sentido, cabría destacar que unas dependencias del inmueble sufrió un incendio hace unos meses y se procedió a su derrumbe.
Incendios y derrumbes
Por sorpresa, la propiedad, según los testimonios recogidos, procedió a derruir los habitáculos circundantes para evitar que volvieran las dos personas que habían sido desahuciadas en las semanas anteriores por un grupo de hombres vestidos de negro y sin mediar autoridad competente, siendo uno de los desalojados una persona en silla de ruedas. Hay contabilizados cuatro desalojos en el último periodo, pero sin que se cuente con el apoyo de Servicios Sociales del Ayuntamiento, tal y como le ocurrió a Jimy en el año 2021. En la azotea, llena de escombros, siguen desperdigados los enseres dentro de la habitación con los accesos inutilizados. Además, el tren de borrascas que ha asolado a Andalucía entre enero y febrero ha provocado goteras y destrozo de materiales dentro de los locales. Unas filtraciones que se dan con motivo del precario estado de conservación del complejo.
“Llevamos años reclamando reparaciones mientras cumplíamos con nuestras obligaciones: pagamos el alquiler y la respuesta siempre ha sido que no había forma de hacer nada”, critican dos de los comerciantes afectados que prefieren mantenerse en el anonimato, “es insostenible”.
Tras la inversión realizada en las instalaciones para acomodar el espacio, de repente, es imposible continuar con las actividades que eran su sustento económico. Las desavenencias con la propiedad se acumulan y el paso del tiempo hace cristalizar el abandono de los patios: “Aquello estaba absolutamente lleno de gente y, al final, queda un torneador y algún que otro local más”, lamenta uno de ellos. “Era una cosa de ir empujando, de empeñarse, de ir poco a poco, en un sitio que estaba cerca de casa, con una ubicación cómoda y en donde no se molestaba a nadie”, rememora. En un callejón que parece cada vez más estrecho, los implicados han comenzado a reunirse y definir cuáles serán las siguientes líneas de actuación para dar vitalidad, una vez más, a los corralones.
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