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EN PRIMERA PERSONA

Alicia y la escuela menguante: para querer hay que poder

"Es parte del mantra neoliberal. Que cada palo aguante su propia vela, que ya el viento llevará a cada uno a su sitio".

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“Sé que cuando quiere, puede”, me dice la madre de Alicia (pseudónimo) en un mensaje. Ha faltado cuatro días a clase por estar enferma y ha vuelto hoy. Le he escrito porque me he quedado maravillado con cómo ha sido capaz de calcular dobles y triples ella sola, sin mi ayuda. Durante su enfermedad, ha estado realizando las tareas de clase con ella en casa. Yo le he ido resolviendo sus dudas cada día. También le he dicho que no se preocupara por las tareas si estaba muy enferma. “Cuando no tiene fiebre, sí puede hacerlas. No quiero que se quede atrás”, me ha contestado. Atrás de dónde, de quién, me pregunto. Si hay alguien atrás es porque hay alguien delante y vamos a alguna parte. ¿Hacia dónde?

Alicia tiene ocho años y cursa segundo de primaria. Según su última evaluación psicopedagógica, presenta necesidades educativas especiales asociadas a un trastorno específico del lenguaje (TEL). Tiene dificultades de atención, planificación y organización. Repitió infantil de cinco años. Además, desde pequeña ha sufrido ataques epilépticos y toma medicación que le afecta a todas esas funciones. Su madre me ha insistido varias veces: “Tiene ratos buenos y ratos que desconecta”. Hablo con ella casi a diario. Hace tareas por las tardes con Alicia, las que yo le indico, como si fuera una segunda maestra que no existe en clase.

En el colegio hay un maestro de apoyo para todos los niños y niñas que requieren refuerzo pedagógico. A Alicia solo la ve una hora y media a la semana. Eso, si no tiene que sustituir. Su madre también la lleva a un gabinete psicopedagógico y a otro psicológico que paga ella de su bolsillo. Me pregunto qué sería de Alicia sin toda esa ayuda de su madre, si ella no pudiera dedicarle el tiempo y el dinero necesario para compensar la falta de recursos en la escuela. Pienso también en todas esas otras madres —siempre son ellas— que no tienen tiempo ni dinero que dedicarles a sus hijos/as y compensar sus dificultades. Yo solo no puedo atenderla como merece. Ni con la ayuda de su maestra de Pedagogía Terapéutica ni con la de su maestro de Audición y Lenguaje, que la ven dos horas a la semana.

Mientras la observo en mi mesa, concentrada, incluso feliz, pendiente solamente de los números que descompone, multiplica y recompone de nuevo, mastico las palabras del mensaje: “Sé que cuando quiere, puede”. Nada la distrae. Va anotando en una esquinita resultados parciales para que no se le olviden, porque hacer todo el recorrido de una vez le resulta casi imposible, pero sí que es capaz de usar esas estrategias que hemos trabajado y construido en clase. Se lo cuento a su madre. Sé que es más fruto de su trabajo que del mío. No me da miedo reconocer que es mérito suyo. Entonces pienso en todas las veces en que no ha sido capaz de concentrarse y atender a mis explicaciones, las veces que no era capaz de seguir el ritmo de la clase. ¿Qué será eso? ¿Cómo se mide?

Es parte del mantra neoliberal: “Si quieres, puedes”. Que cada palo aguante su propia vela, que ya el viento llevará a cada uno a su sitio. Pero para algunas su vela está hecha jirones y su palo, astillado. Al menos, podrían tener la oportunidad de recibir una reparación y mantenimiento adecuados. No ya para seguir ese ritmo —¿qué prisa hay?—, sino para poder avanzar con cierta soltura y autonomía.

Alicia termina sus últimos cálculos y me los enseña orgullosa. Se sienta en su mesa, guarda la ficha en su lugar correspondiente y se pone con la siguiente tarea. Dibuja muy bien y puede estar horas haciéndolo sin perder esa concentración de la que habla su evaluación psicopedagógica. “No, para querer hay que poder”, le contesto a su madre, que me da las gracias por enviarle el mensaje de que todo va bien después de haber estado tantos días enferma. No sé cómo explicarle que soy yo quien tiene que darle las gracias a ella, pero que, en realidad, no es justo. Ojalá nadie tuviera que ser como la madre de Alicia. Ojalá todas las madres pudieran ver crecer a sus Alicias en una escuela que responde adecuadamente a las necesidades de cada una.

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