Marta Borraz


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3.500 metros cuadrados. 200 habitaciones repletas de muebles y obras de arte acumuladas a lo largo de cinco siglos, pero sin memoria. Entrar al Palacio de Liria, la residencia oficial de la Casa de Alba en Madrid, en la que hoy vive el duque actual, es sumergirse en su imponente patrimonio, con pinturas de destacados artistas como Velázquez y Rubens o cartas del puño y letra de Cristóbal Colón. Las bondades de la familia y su colección artística, convertida en museo, centran las visitas abiertas al público desde 2019, pero al mismo tiempo difunden una visión equidistante y cómplice con la propaganda franquista sobre lo que ocurrió con el palacio durante la Guerra Civil.

Una cruz llamada franquismo

Una cruz llamada franquismo

Nada se nombra sobre la autoría fascista del bombardeo que desató el incendio que prácticamente solo dejó en pie la fachada del edificio, un episodio sobre el que la Casa de Alba defiende que hay “teorías contrapuestas” en referencia a las acusaciones, al estilo de Gernika, que hizo el bando sublevado a los republicanos.

Nada se cuenta tampoco de la tarea que llevaron a cabo las milicias comunistas en medio de las llamas para intentar rescatar las pinturas, tapices y demás obras de arte que amenazaba el incendio y que fueron posteriormente expuestas por el Gobierno de la República en Valencia.

La mansión ocupa los números 20-22 de la calle de la Princesa, una de las arterias principales de la ciudad. Construido en el siglo XVIII, de estilo neoclásico, es considerado el domicilio particular de mayores dimensiones de Madrid, en el que destacan los amplios jardines que lo rodean. Son algunos de los detalles que se cuentan en la visita general que ofrece el palacio, un recorrido por 14 estancias que dura 65 minutos y en el que los contenidos se explican en doble modalidad: todo el trayecto está dirigido por una guía del propio palacio y una audioguía que lleva cada uno de los visitantes.

Solo hay que esperar seis minutos desde que da comienzo la visita para que la voz que ha grabado la información histórica y cultural nombre el incendio que destruyó casi por completo el palacio en noviembre de 1936. Se produjo en el marco del bombardeo sistemático que las fuerzas aéreas alemanas e italianas llevaron a cabo bajo mando franquista sobre Madrid, pero la audioguía pasa por ello de puntillas. Aunque en otro momento asegura que la historia de Liria “se entrelaza con la propia historia de España”, lo cierto es que hay una parte que queda oculta.

“La vida social y artística” del palacio “se truncan con el estallido de la Guerra Civil. Un incendio que se prolonga durante varios días asola el palacio. La destrucción es devastadora”.

Casi como si las llamas se hubieran producido por accidente y no como producto de las bombas y la estrategia de terror que llevó a cabo el bando sublevado sobre la capital, son estas palabras las únicas referencias a la contienda durante todo el recorrido. Pero la realidad es que, contra todo pronóstico –el entonces duque de Alba, Jacobo Stuart, fue embajador de Franco en Londres–, el palacio comenzó a arder a las 4 de la tarde del 17 de noviembre de 1936 por el efecto de 18 bombas incendiarias, cita el estudio La historia recuperada. Vicisitudes del Palacio de Liria durante la Guerra Civil española, de Valme Muñoz Rubio.

El periódico ABC de Madrid, que en esas fechas todavía apoyaba al Gobierno republicano, daba cuenta de ello en su edición matutina del día siguiente: “En tres funestas incursiones, el enemigo sembró ayer sobre Madrid la muerte y el estrago. Sus bombas incendiarias produjeron varios siniestros. Uno de los edificios que con trágicos resplandores ardió fue el histórico Palacio de Liria”. La misma cabecera, pero en su edición de Sevilla, bajo mando franquista, llevó a portada los ataques generalizados de la jornada: “En el día de ayer las tropas del Ejército nacional continuaron conquistando posiciones a los rojos, dentro ya de la capital de Madrid, batiendo y destrozando a la columna internacional”, rezaba el periódico.

La explicación que da la Fundación Casa de Alba sobre la falta de mención a la autoría de las bombas es que se “ha preferido mantener una posición aséptica y neutral”, dice un portavoz en respuesta a este medio. La institución da por hecho que “existen teorías enfrentadas de voces autorizadas” y asegura que “las pruebas manejadas por los historiadores no son concluyentes”, por lo que se consideró “que lo mejor era evitar cualquier tipo de polémica”. Preguntada sobre cuáles son esas hipótesis, la fundación señala al incendio provocado por la aviación alemana o nacional y a otra que “defiende que fue provocado por individuos particulares para tapar un saqueo”.

La propia voracidad de los rojos no se contentó con saquear el palacio, sino que quiso destruirlo para borrar así brutalmente la huella del robo

Periódico ABC, abril de 1939

Es precisamente la visión del ataque que difundió la propaganda franquista en su momento, que quiso responsabilizar a las milicias republicanas que custodiaban el palacio. Así quedó escrito en el informe que un arquitecto realizó para el duque de Alba los días posteriores, pero también en el ABC de Madrid, que, una vez que pasó a control de los franquistas, en abril de 1939, afirmó: “Pocas cosas son comparables a estas mutilaciones atroces que dejan a medio morir nuestras antiguas mansiones cortesanas [...] La patraña marxista tendió sus armas en torno a la destrucción del Palacio de Liria”. Y prosigue: “Una propaganda falaz afirmó deberse a un bombardeo de la aviación nacional. La verdad era repelente: la propia voracidad de los rojos no se contentó con saquear el palacio, sino que quiso destruirlo para borrar así brutalmente la huella del robo”.

La equidistancia sobre la autoría también se la puede encontrar el visitante en Liria cuando pregunta a los guías que acompañan el recorrido, según ha podido comprobar este medio en días diferentes. “Hay muchas teorías, a ciencia cierta no se sabe [...] Hay quien asegura que fueron los nazis, que fueron los rojos...”, señaló una de las guías. Otro afirma que fueron aviones por parte de “los nazis o Franco”, aunque “no se sabe bien”, añade. A la pregunta de si fue el bando franquista, responde: “Me parece, así dicen, pero no se sabe seguro”. La Fundación Casa de Alba no ha respondido a la pregunta de este medio sobre si los trabajadores reciben alguna directriz específica sobre el asunto.

“No hay controversia científica”

Los historiadores, sin embargo, no tienen duda. “En ese momento bombardeaban Madrid solo las fuerzas aéreas sublevadas con sede en Ávila y Talavera y la aviación alemana. Ambas bajo mando franquista. No hay controversia científica alguna”, responde Gutmaro Gómez, profesor de Historia en la Universidad Complutense de Madrid y coordinador de Asedio. Historia de Madrid en la guerra civil. “Se sabe de sobra. Fue un bombardeo más de los que hacían esos días y que afectaron al Museo del Prado o la Biblioteca Nacional. Fue aviación coordinada con el bando rebelde que le estaba haciendo a Franco la labor, obsesionado con tomar la capital”, cuenta Antonio Cazorla, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Trent (Canadá).

Lo que sí está en discusión es qué aviación fue en concreto. Hay quienes aseguran, como Michael Alpert, que ha estudiado la intervención de la aviación extranjera en la contienda, que fue la Legión Cóndor de la Alemania nazi. En concreto, bombarderos Junkers alemanes. Alpert asegura que las bombas pudieron caer sobre el palacio “con intención” o accidentalmente, ya que la técnica de bombardeo, mediante el empleo de bombas explosivas y otras incendiarias, “no había llegado a la cima de precisión” desarrollada durante la Segunda Guerra Mundial y había “blancos legítimos” relativamente cercanos a la residencia de los Alba.

El historiador experto en la Guerra Civil y el franquismo Ángel Viñas asegura que ya a lo largo de agosto y septiembre “los aviones extranjeros fascistas fueron uno de los principales apoyos de los sublevados”. De hecho, la Aviazione Legionaria de la Italia fascista “ya se había comprometido a apoyar el golpe 15 días antes de que estallara”. Sobre Madrid, sin embargo, cree que en la fecha del bombardeo del Palacio de Liria la Legión Cóndor no estaba aún constituida formalmente. “Fue una fuerza estructurada con mandos y reglas de actuación que entró en acción de manera organizada en diciembre”. Aun así, los aviones alemanes, “algunos de los cuales pasarían a formar parte de la Cóndor”, ya atacaban Madrid en noviembre, añade.

Los tesoros, salvados por los comunistas

Hay otro capítulo destacado de la historia de la residencia de los Alba durante la Guerra Civil que tampoco existe para las visitas guiadas del palacio. Y es que fueron los milicianos republicanos los que rescataron buena parte de su patrimonio artístico y cultural de las llamas.

Sin embargo, la audioguía lo pasa por alto. “Casi toda la colección artística se salva al haber sido custodiada en el Banco de España, el Paseo del Prado y la Embajada británica”, reproduce la grabación haciendo referencia a los traslados de una pequeña parte de las obras que había hecho el duque de Alba previamente. Parte de estas piezas, sin embargo, fueron devueltas al palacio antes del incendio por parte de los republicanos.

“La propaganda franquista está diciendo en ese momento que los rojos están saqueando todo y destruyendo la cultura. En el caso de las iglesias ocurrió, pero los grandes edificios artísticos del país son protegidos, tanto por el Gobierno de la República como por las milicias, porque se entiende que es patrimonio del pueblo”, explica Cazorla.

Tras la incautación del Palacio de Liria por parte del Gobierno republicano, este se convirtió en uno de los centros culturales más activos de Madrid

Valme Muñoz Rubio

Uno de los mejores ejemplos fue el del Palacio de Liria, que había sido incautado por las milicias del Partido Comunista pocos días después del fracaso del golpe de Estado contra la República en Madrid. Era algo relativamente frecuente, tal y como describe Muñoz en su estudio, que tenía por objetivo proteger el patrimonio cultural y artístico y “convertir palacios y colecciones en museos populares”.

Las piezas fueron protegidas con gran celo, “se extremaron las medidas de seguridad”, como la prohibición de fumar o la salvaguarda de las pinturas con pasamanos, y el palacio se mantuvo abierto. Creían los republicanos que era el lugar más seguro pensando que los sublevados nunca lo atacarían. Se organizaron visitas y charlas de conferenciantes hasta el punto de que se convirtió “en uno de los centros culturales más activos de Madrid”, cita la investigación.

Todo se vio interrumpido con el bombardeo, pero fueron precisamente las milicias republicanas las que se apresuraron y lograron salvar buena parte del tesoro artístico y cultural que guardaba el palacio. Varios testimonios dan cuenta de ello, entre ellos el de un trabajador de la casa que relató las primeras horas del incendio: los milicianos intentaron primero sofocar el incendio, pero ante su intensidad decidieron rescatar cuanto se pudiera. Los cuadros se guardaban en el cuarto considerado más seguro, el del teléfono; se descolgaron las cortinas, los tapices y, junto a las alfombras, se trasladó todo al jardín. Allí se llevaron también los muebles, los libros, las porcelanas y la plata.

Desde allí, los bienes eran cargados en camionetas y trasladados a dos edificios, en las calles de Serrano y de Antonio Maura, ocupados por el Partido Comunista. La tarea, admirada también por personas “no simpatizantes del Gobierno”, según ha documentado Valme Muñoz, se extendió durante varios días. La República no tardó en incorporar el episodio a su aparato propagandístico y llevó a cabo un despliegue en forma de artículos y folletos con el objetivo de amplificar “su encomiable labor cultural”, cita la investigación. De hecho, parte de las obras fueron expuestas en Valencia a finales de año: “Las milicias rescatan de las llamas las mejores obras de arte de este célebre Museo y el Ministerio de Instrucción Pública expone ante el mundo civilizado el testimonio vivo de la cultura salvada por el pueblo antifascista”, se leía en uno de los folletos de la muestra.

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