Un antiguo episodio de calor extremo muestra cómo se adaptaron plantas y animales
Hace 56 millones de años, la Tierra experimentó un episodio de calentamiento global abrupto que alteró de forma significativa la relación entre plantas y polinizadores. Durante miles de años, enormes cantidades de carbono procedentes de la actividad volcánica y la liberación de metano de los sedimentos oceánicos se acumularon en la atmósfera y los océanos, provocando un aumento medio de la temperatura global de unos 6 °C. Este periodo, conocido como Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, se prolongó durante más de 100.000 años y supuso un profundo cambio en la distribución de especies y en la composición de los ecosistemas.
¿Modificó las estrategias de polinización?
Un equipo de investigadores ha analizado este evento a partir de fósiles de polen hallados en la cuenca de Bighorn, en Wyoming (Estados Unidos), una región rica en sedimentos depositados hace entre 50 y 60 millones de años por antiguos ríos que drenaban las Montañas Rocosas. El objetivo era determinar si, además de la migración de especies ya documentada, el cambio climático de entonces también modificó las estrategias de polinización. El estudio, publicado en la revista Paleobiology, revela que en apenas unos miles de años la polinización animal ganó protagonismo mientras que la polinización por viento se redujo.
Para llegar a esta conclusión, los científicos combinaron tres líneas de evidencia: la presencia de granos de polen fósil agrupados en “racimos”, indicativos de transporte animal, la comparación con las plantas actuales emparentadas con las fósiles para conocer sus métodos de polinización, y el análisis de la diversidad morfológica del polen. El resultado fue claro: durante este periodo de clima más cálido y estacionalmente seco, disminuyeron las plantas polinizadas por el viento, como los árboles de hoja caduca propios de climas templados húmedos, y aumentaron las plantas de polinización animal, como palmeras subtropicales y ceibas, típicas de regiones tropicales secas.
La razón detrás del hallazgo
El declive de la polinización por viento se explica, según los investigadores, por la desaparición local de las especies que dependían de esta estrategia. En paralelo, plantas adaptadas a climas más cálidos y secos se desplazaron hacia latitudes más altas, colonizando la cuenca de Bighorn. Este movimiento no se produjo en solitario: los insectos y otros animales polinizadores se trasladaron con ellas, facilitando el establecimiento de nuevas comunidades vegetales y proporcionando recursos a mamíferos pequeños, incluidos los primeros primates y marsupiales.
Los datos concuerdan con estudios previos que mostraban cómo este episodio climático forzó un desplazamiento hacia el norte de especies y hábitats. Sin embargo, la investigación añade un matiz importante: no solo cambió la distribución geográfica, sino también la estructura de las interacciones ecológicas, favoreciendo a las especies y ecosistemas basados en la polinización animal. Este patrón se dio en un contexto en el que las temperaturas medias eran varios grados más altas que antes y después del evento, y las estaciones más secas.
Mensaje de advertencia para el presente
A pesar de la magnitud de los cambios, la investigación recuerda que la tasa de alteración climática durante el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno fue aproximadamente diez veces más lenta que la provocada por el actual cambio climático antropogénico. Esto, sostienen los autores, pudo ser la clave para que la mayoría de las especies terrestres y sus relaciones ecológicas sobrevivieran. Pasados más de 100.000 años, los bosques que repoblaron la cuenca de Bighorn eran muy similares a los que habían existido antes del episodio, lo que demuestra la capacidad de recuperación cuando no se produce una extinción masiva.
El estudio plantea un mensaje de advertencia para el presente. Si bien el pasado demuestra que los ecosistemas pueden adaptarse y recuperarse de cambios climáticos intensos, también subraya que la velocidad de esos cambios es determinante para su supervivencia. La aceleración actual de las emisiones de gases de efecto invernadero y el ritmo de aumento de temperaturas superan con creces lo ocurrido hace 56 millones de años, lo que aumenta el riesgo de extinción y de pérdida irreversible de funciones ecológicas clave, como la polinización.
Los autores concluyen que frenar el ritmo de alteración ambiental es esencial para conservar tanto a las especies polinizadoras como a las plantas de las que dependen. Mantener estas interacciones será fundamental para sostener la biodiversidad y la seguridad alimentaria global, recordando que, incluso en un planeta que se recalienta, la resiliencia es posible si se da el tiempo suficiente para que la naturaleza se adapte.
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