¿Cómo eran los fantasmas de la Edad Media? Los relatos describían cadáveres podridos, muertos vivientes y ladrones de cucharas

Las almas del purgatorio necesitaban la intervención de los vivos

Héctor Farrés

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Las figuras vestidas de blanco forman parte de numerosas leyendas de apariciones, y su presencia ha servido para representar el temor a los muertos. Poco importa que cambien las épocas o las creencias, porque los fantasmas llevan siglos encontrando la manera de colarse en las historias humanas. Un ruido en mitad de la noche, una silueta junto a una tumba o una voz sin dueño podían bastar para despertar auténtico pavor. En la Edad Media, además, estas presencias tenían una explicación religiosa que las hacía especialmente inquietantes. Los difuntos podían regresar porque todavía necesitaban algo de aquellos que seguían vivos.

Esa relación entre los muertos y sus familiares aparece en doce relatos registrados a comienzos del siglo XV en la abadía cisterciense de Byland, situada en Yorkshire, al norte de Inglaterra. El autor Alex Brown explica en The Conversation que estas historias incorporaban tradiciones populares y enseñanzas cristianas sobre el purgatorio. Se creía que las almas debían purificarse antes de alcanzar el cielo y que las oraciones de los vivos podían ayudarlas a completar ese tránsito.

Las obligaciones pendientes explicaban el regreso de algunos difuntos

Una de aquellas apariciones tenía pendiente una deuda relacionada con unas cucharas de plata robadas por un hombre que había terminado excomulgado. Su espíritu se presentó ante dos caminantes, uno de los cuales huyó aterrorizado mientras el otro acabó forcejeando con él hasta sufrir daños en la ropa. Cuando consiguió establecer comunicación con el difunto, descubrió que necesitaba recuperar los objetos sustraídos y obtener la absolución. El hombre cumplió ambas peticiones, proporcionando al fantasma la ayuda religiosa que reclamaba.

Los fantasmas llevan atormentado a las personas desde hace cientos de años

El episodio pertenece a una colección en la que los encuentros sobrenaturales podían resultar mucho más violentos de lo que sugerían sus propósitos religiosos. Algunos testigos enfermaban después de encontrarse con aquellas presencias, y una mujer llegó a introducir la mano en la carne de un espectro, descrita como una sustancia podrida e inconsistente. Otro espíritu lanzó a un hombre por encima de un seto, aunque lo recogió al otro lado para impedir que se lesionara. Estas historias mostraban que el regreso de los muertos podía convertirse en una experiencia aterradora, incluso cuando el espíritu acababa ayudando a la persona a la que había atacado.

Las apariciones también podían estar relacionadas con disputas familiares y obligaciones económicas que seguían teniendo consecuencias después de la muerte. La hermana de Adam de London, un pequeño propietario de Ampleforth, aparecía condenada a vagar por el pueblo debido a una disputa hereditaria. Su espectro amenazaba a su hermano con sufrir el mismo destino si se negaba a devolver unas propiedades a su marido y sus hijos. Otro relato castigaba a un trabajador fallecido porque no había arado suficientemente bien las tierras de su señor.

El miedo a los muertos provocaba respuestas religiosas y funerarias

La preocupación por el comportamiento de los difuntos también podía provocar actuaciones mucho más extremas cuando una aparición se consideraba peligrosa. James Tankerlay, antiguo rector, regresó convertido en espectro y dejó ciega a la mujer que había sido su concubina. Nadie intentó negociar con él. Sus vecinos desenterraron el cadáver y arrojaron los restos a una ciénaga para expulsar aquella presencia. Brown relaciona estas prácticas con tradiciones que contemplaban decapitar, quemar o mutilar cuerpos para impedir su regreso.

Los fantasmas medievales regresaban para reclamar ayuda a los vivos

Los restos humanos hallados en la aldea medieval abandonada de Wharram Percy, también en Yorkshire, ofrecen un posible testimonio arqueológico de esas creencias. Varios esqueletos fechados entre los siglos XI y XIII presentaban mutilaciones realizadas después de la muerte. Estas alteraciones podrían responder al temor a los muertos que regresaban, aunque su interpretación no permite establecer con certeza que ese fuera el motivo de las intervenciones.

Frente a las medidas aplicadas a los cadáveres, otros relatos concedían a la fe cristiana la capacidad de detener a los espíritus mediante palabras y ceremonias. William de Bradeforth consiguió ahuyentar a una aparición que lo perseguía gritando repetidamente al invocar a Jesucristo. El espectro se alejó adoptando una forma semejante a una tela que se desplegaba al viento. Otro ejemplo es el de un sastre apodado Snowball que recibió visitas de una presencia que adoptaba el aspecto de un cuervo y de un perro. Según aquella historia, el espíritu podía acercarse a él porque ese día no había asistido a misa.

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