Científicos españoles confirman que la fascinación de los chimpancés por los cristales viene desde hace millones de años

Uno de los chimpancés que participó en el estudio con uno de los cristales utilizados

Àlex Gonzàlez

6 de marzo de 2026 12:00 h

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¿Por qué los seres humanos se sienten atraídos por los cristales? Esta curiosa pregunta ha sido el origen de un nuevo estudio liderado por científicos españoles, que sugiere que esa fascinación podría tener raíces mucho más profundas de lo que se pensaba. Especialmente después de que en distintos yacimientos arqueológicos se encontraran cristales recolectados por homínidos hace cientos de miles de años, sin una utilidad aparente. La investigación ha sido dirigida por Juan Manuel García-Ruiz, profesor Ikerbasque en el Donostia International Physics Center (DIPC), y se ha publicado en la revista Frontiers in Psychology.

Ante la imposibilidad de estudiar directamente el comportamiento de los homínidos prehistóricos, el equipo decidió analizar la reacción de chimpancés, nuestros parientes vivos más cercanos desde el punto de vista genético. Los experimentos se realizaron con chimpancés rescatados del tráfico ilegal y acogidos por la Fundación Chimpatía en el Centro de Rescate de Primates Rainfer, en Madrid. Allí viven animales acostumbrados al contacto humano y a interactuar con objetos que no forman parte de su entorno natural.

“Demostramos que los chimpancés endoculturados no sólo se sienten atraídos por los cristales sino que también tienen la capacidad de distinguirlos claramente de otras piedras con características similares”, explica García-Ruiz, autor principal del estudio. Según el investigador, “fue una grata sorpresa descubrir lo fuerte y aparentemente natural que era la atracción de los chimpancés por los cristales, lo que sugiere que la sensibilidad hacia este tipo de objetos puede tener profundas raíces evolutivas”.

Se hicieron varios experimentos durante el estudio

Para comprobarlo, los científicos diseñaron varios experimentos. En el primero colocaron un gran cristal, al que denominaron “el monolito”, junto a una roca común de tamaño parecido. Aunque al principio ambos objetos llamaron la atención de los animales, pronto se inclinaron por el cristal. Los chimpancés lo arrancaron de la plataforma donde estaba colocado y comenzaron a inspeccionarlo, girándolo y observándolo desde distintos ángulos.

Uno de ellos, Yvan, se lo llevó incluso a los dormitorios para examinarlo con más calma. Cuando los cuidadores intentaron recuperarlo, los animales se resistieron a devolverlo y solo aceptaron intercambiarlo por algunos de sus alimentos favoritos, como plátanos y yogur.

En un segundo experimento, los investigadores mezclaron pequeños cristales de cuarzo y calcita con una veintena de guijarros redondeados. Los chimpancés fueron capaces de identificar y escoger los cristales en cuestión de segundos. “Los primeros resultados fueron muy informativos e interesantes, sobre todo en el momento en que Yvan escogió un cristal de cuarzo entre los guijarros para observar detenidamente su transparencia”, señala García-Ruiz.

Después, el equipo añadió cristales con distintas propiedades (cuarzo, calcita y pirita) pero con una característica común: su forma poliédrica. Los chimpancés siguieron siendo capaces de separarlos del resto de piedras. En uno de los casos, la chimpancé Sandy llegó a clasificar las piezas en dos grupos: por un lado los guijarros redondeados y por otro los cristales con superficies planas.

Los investigadores creen que propiedades como la transparencia o las formas geométricas pudieron despertar la curiosidad de los primeros homínidos. En la naturaleza predominan las formas curvas de árboles, montañas, nubes o ríos, mientras que los cristales presentan superficies planas y ángulos definidos, algo mucho menos habitual en el entorno natural.

El estudio abre una nueva vía para explicar la fascinación que siente el ser humano por los cristales y contribuye a la comprensión de las raíces evolutivas. Su rareza, su atractivo óptico y su singularidad geométrica podrían haberles conferido un significado especial, funcionando como “representaciones físicas de ideas que trascienden el mundo inmediato y tangible” que ellos no conseguían comprender. “Ahora sabemos que los cristales han estado en nuestras mentes durante al menos seis millones de años”, concluye García-Ruiz.

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