Por qué en este pueblo de 30 habitantes se decidió instalar los dos primeros semáforos de la localidad y en la misma calle

Purujosa llegó a ser considerado el pueblo más pequeño del mundo que a pesar de su reducido tamaño sí tiene semáforos

Alberto Gómez

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Situada lo alto de un espolón rocoso, en la cara oculta del Moncayo, se encuentra Purujosa, una localidad de la provincia de Zaragoza que, a pesar de ser un pequeño municipio, está regulado por un sistema de tráfico. O al menos por dos semáforos. Purujosa, perteneciente a la comarca del Aranda, lindando con la provincia de Soria y el municipio de Beratón, se encuentra en un entorno natural privilegiado pero de difícil orografía. Con una demografía reducida, con un censo oficial que oscila entre los 30 y 35 habitantes, durante los meses más crudos del invierno su población real apenas llega a la decena. Pero es en el centro de la localidad donde se da una mayor circulación de vehículos, concretamente en la calle Mayor, la principal arteria del pueblo que se extiende a lo largo de unos 500 metros.

Esta vía no solo es la calle más importante por su longitud y desnivel, sino que constituye el único punto de acceso para entrar o salir de la localidad. El problema fundamental que motivó la intervención tecnológica fue la extrema estrechez de la mencionada vía, la cual está plagada de curvas que dificultan la visibilidad. En varios puntos del trayecto, la calle es tan angosta que resulta físicamente imposible que dos vehículos coincidan o se crucen al mismo tiempo. Antes de la regulación, la convivencia vecinal se veía afectada por discusiones diarias entre conductores que se encontraban de frente y no deseaban dar marcha atrás. 

Además de los constantes roces entre los coches, existía un peligro real de que algún vehículo cayera al precipicio debido a la sinuosidad de la carretera apoyada sobre la roca de esta localidad de Aragón. Ante esta problemática que interfería directamente en la rutina diaria del pueblo, el entonces alcalde, Santiago San Martín Ibáñez, tomó una decisión determinante. La instalación de dos semáforos fue la solución elegida para solventar los conflictos y garantizar el orden en el tráfico. La ejecución del proyecto fue llevada a cabo por una empresa eléctrica de la localidad de Illueca. 

Lo que más sorprende de la localidad, al margen de sus semáforos, es su arquitectura, pues las casas parecen agarrarse a las rocas

Por su parte, la coordinación técnica y el mantenimiento de las señales en caso de avería se gestionarían a través de una empresa especializada ubicada en Zaragoza. El funcionamiento de estos dispositivos sigue una lógica sencilla: ambos semáforos permanecen habitualmente en rojo hasta que la llegada de un vehículo activa el sistema para permitir su cruce. Cada ciclo de espera no se extiende más de cuatro o cinco minutos, tiempo suficiente para recorrer la calle Mayor con total tranquilidad y seguridad. Aunque hoy su uso está totalmente normalizado, la implementación inicial no estuvo exenta de desafíos, ya que algunos conductores se resistían a respetar la luz roja. 

De hecho, tanto algunos vecinos como visitantes de fuera solían saltarse la señalización por impaciencia, lo que inicialmente mantenía vivos los conflictos en la estrecha vía. Con el transcurso del tiempo, el establecimiento de estas señales ha supuesto un alivio para los habitantes, reduciendo drásticamente el riesgo de accidentes. La actual alcaldesa, María del Carmen Clemente, se muestra satisfecha con el funcionamiento actual, subrayando que es esencial respetar estas normas en la entrada del municipio para evitar incidentes. Los dos semáforos se han convertido en un símbolo de la identidad de este pueblo, uniendo la seguridad necesaria con la singularidad que les dio fama mundial. 

Todo un récord

Y es que dicho hito de tráfico llegó a ser registrado en el Libro Guiness de los Récords, al ser considerado el pueblo más pequeño del mundo que a pesar de su reducido tamaño sí tiene semáforos. En cualquier caso, Purujosa hoy no solo es conocida por sus récords o su curiosa regulación vial, sino también por sus importantes yacimientos de fósiles de trilobites y su entorno para el senderismo. La localidad, situada sobre el río Isuela y el barranco de la Virgen, permite que desde cualquier punto de su casco urbano se pueda disfrutar de unas espectaculares vistas de la geografía aragonesa. Al recorrer el pueblo, lo que más sorprende es su arquitectura, pues las casas parecen agarrarse a las rocas al estar cimentadas directamente sobre el terreno pétreo. 

Entre sus construcciones más relevantes destacan la iglesia de El Salvador, una obra del siglo XIII que sobresale con elegancia entre el caserío tradicional. Asimismo, es imprescindible visitar la ermita de Constantín, enclavada en un lugar estratégico con una panorámica inigualable. La localidad pertenece al Parque Natural del Moncayo, de ahí que el paisaje circundante esté salpicado de cuevas, peñas y barrancos que ofrecen un entorno natural de gran belleza para todo agradecido visitante. Para quienes buscan turismo activo, la zona brinda la oportunidad de realizar diversas rutas o excursiones a pie o en bicicleta de montaña. Además, la configuración del terreno facilita la práctica de la espeleología en sus variadas cavidades naturales.

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