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El porqué de la violencia machista: el dominio y la sumisión descansan sobre los estereotipos construidos

La palabra clave son los estereotipos, esas construcciones interesadas de la realidad que elabora el patriarcado y que asignan determinadas características, opuestas, a hombres y mujeres, para definirlos

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Informe de desigualdad de género de la Universidad Pablo de Olavide

El criminal Imanol Castillo Sánchez (31 años) asesinó a la que había sido su compañera durante seis años, Jessica Bravo (28), en el patio del colegio de su hijo de 5 años en Elda, cuando ella, camarera, había ido a recoger al niño. No sabemos nada más de este niño desde aquel 9 de noviembre del pasado 2017. Él sí sabrá, cuando cumpla años, que su padre fue el asesino que le dejó sin madre. Su padre, un ‘toro’ que se curtía cada día en el gimnasio y que había logrado, a base de pesas, duplicar el ancho de su espalda respecto a su cintura.

Su padre, un cobarde, egoísta, dependiente de su madre hasta matarla porque quiso separarse de él; que no trabajaba y que ese día no fue al colegio sino para matar a Jéssica, se suicidó después. La consecuencia, otro niño de 5 años huérfano de madre y de un asesino.

En nuestro país, desde hace 21 años (caso del asesino José Parejo Avivar que mató a Ana Orantes) se viene informando de la violencia de los hombres maltratadores contra las mujeres; es un avance respecto a otros países de nuestro entorno cultural. Sin embargo, hay estereotipos en el tratamiento de esta violencia que no solo no se cuestionan, sino que se fomentan; por ejemplo, se embellece a un asesino. Qué es, si no, decir que Imanol Castillo Sánchez “dejaba entrever el cariño que sentía hacia su hija mayor, de nueve años”. Qué es, si no, contar que “sus amigos le describen como “simpático y correcto, adicto a los gimnasio y buen padre”. Estas frases son fruto del desconocimiento y de la falta de formación en género de la profesión periodística.

Hay periodistas que creen que informar de la violencia de género es contar lo que tienen (de agencias, de internet; ahora, hurgando en webs, blogs, etc.); y no es así, informar de la violencia de género es contar lo que hay que contar para lograr una ciudadanía libre y capaz de gobernarse a sí misma. Y, en vez de reproducir acríticamente lo que pergeñan de aquí y de allá, tendrían que consultar con fuentes expertas que estudian para poder hablar con criterio; tendrían que hacer una inmersión en documentos fundamentales, de largo recorrido, que ayudan a situar el problema para contárselo a la ciudadanía, que tiene derecho a saber, a través de los medios de comunicación, el porqué de la violencia de género.  

Porque sí sabemos el ‘porqué’ los asesinos matan a las mujeres; ya lo advirtió la ONU en 2013, “La violencia contra las mujeres y las niñas se caracteriza por el uso y el abuso de poder y control [de los hombres] en las esferas pública y privada y está intrínsecamente vinculada a los estereotipos de género que son la causa subyacente de dicha violencia y la perpetúan, así como a otros factores que pueden aumentar la vulnerabilidad de las mujeres y las niñas a ese tipo de violencia”. La palabra clave son los estereotipos, esas construcciones interesadas de la realidad que elabora el patriarcado y que asignan determinadas características, opuestas, a hombres y mujeres, para definirlos. Y a ellos, a los estereotipos masculinos, nos vamos a referir.

El 99% de los hombres se creen que son fuertes, independientes, valientes, abnegados, responsables, trabajadores, inteligentes, decididos, con dotes de mando, arriesgados, seguros, eficaces, sinceros, leales, objetivos, estables emocionalmente… y unos cientos más de cualidades positivas de la personalidad. Creerse ungido con estas cualidades tan excepcionalmente positivas sólo por el simple hecho de haber nacido hombre, fomentadas desde que nacieron por la familia, la escuela, la sociedad en general y la cultura patriarcal que los construye, tiene consecuencias perversas para las mujeres.

En el asesinato al que nos referimos, los hechos demuestran que el criminal Imanol Castillo Sánchez no era fuerte, sino débil -pasarse las horas muertas en el gimnasio no le había fortalecido lo suficiente como para saber y poder hacer frente al abandono de una mujer; solo le servía para hacerse selfies que aumentaban el culto a sí mismo-. No era independiente, sino dependiente, por eso la persiguió hasta el asesinato cuando ella decidió cortar con él. No era valiente, fue un cobarde que se mezcló entre la gente, a la salida del colegio de su hijo, para asesinar a Jéssica.  

No fue un abnegado padre de familia, sino un egoísta quien, sabiéndose solo, se llevó por delante la vida de Jéssica Bravo sin importarle dejar huérfano al hijo que tuvo con ella, y a su hija de 9 años, de un matrimonio anterior. No era un hombre responsable, sino irresponsable, que no fue capaz de afrontar los problemas de hombre abandonado y los resolvió quitando la vida a Jéssica y la suya propia. Un hombre débil, dependiente, cobarde, egoísta, irresponsable. Estos son los atributos con los que habría que definir no solo a los asesinos de mujeres para despojarlos de los estereotipos positivos sobre los que los hombres, en general, están parapetados.  

Estereotipos positivos asociados a los hombres y a la masculinidad, los prestigiados; estereotipos negativos asociados a las mujeres y la feminidad, los desprestigiados y antitéticos, dan como resultado relaciones desiguales de dominación y sometimiento entre hombres y mujeres. Por eso la ONU señala que los estereotipos, tan interesadamente elaborados por el patriarcado, son la causa de la violencia machista.

¿Son las mujeres también responsables de fomentar los estereotipos masculinos de género? Dejemos que sea esta frase de Virginia Woolf, escrita hace casi noventa años, quien responda la pregunta “Durante todos estos siglos las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural […]. Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye. ¿Cómo va a emitir juicios, civilizar indígenas, hacer leyes, escribir libros, vestirse de etiqueta y hacer discursos en los banquetes si a la hora del desayuno y de la cena no puede verse a sí mismo por lo menos de tamaño doble de lo que es? […]. La imagen del espejo tiene una importancia suprema, porque carga la vitalidad, estimula el sistema nervioso. Suprimidla y puede que el hombre muera, como el adicto a las drogas privado de cocaína”.

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