Por qué este pequeño y pintoresco pueblo asturiano es conocido como “La pequeña Habana”

Las casonas indianas son testigos de la historia de la emigración asturiana hacia las tierras de Cuba

Alberto Gómez

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En el asturiano concejo de Salas existe un rincón donde el tiempo parece haberse detenido en los ecos de ultramar. A principios del siglo veinte, esta parroquia, llamada Malleza, se ganó el apelativo de “la pequeña Habana” debido a la ebullición y alegría que traían consigo los emigrantes retornados. Durante los veranos, el pueblo se transformaba en un foco de animación constante que recordaba a la capital cubana, acogiendo a la burguesía indiana en sus famosas pensiones hoy desaparecidas. Es una auténtica ‘isla’ indiana en el interior de Asturias, donde el amor por la tierra de origen se manifestó en construcciones monumentales de gran valor. Hoy en día, un agradecido viajero que llegue a este lugar descubrirá un patrimonio arquitectónico que alberga un pasado de abundancia y sueños cumplidos.

Al adentrarse en sus calles, el visitante queda impactado por el contraste cromático de las casas de vivos colores y las impresionantes galerías acristaladas. No le faltaba razón a quien ‘bautizó’ este lugar, pues las palmeras, símbolo inequívoco del éxito en América, presiden algunos de los muy cuidados jardines. El paisaje amable y rural de la zona abraza estas edificaciones de señorial porte, creando una atmósfera que transporta a otro continente sin perder el verdor asturiano. Es un viaje visual desde la panera tradicional hasta la palmera exótica, un contraste que Malleza ha sabido conservar con orgullo. Las casonas indianas no son meros edificios, sino testigos de la historia de la emigración asturiana hacia las tierras de Cuba.

El corazón neurálgico de esta pequeña Habana se encuentra en la plaza del Conde de Casares, un histórico espacio de reunión de gran importancia. En este lugar, los emigrantes mantenían amenas tertulias contando las hazañas que habían vivido allende los mares mientras celebraban las ferias y los mercados locales. Lo primero que llama la atención es la torre de la iglesia de San Juan Bautista, reformada gracias al generoso capital de los propios indianos. Su singular cúpula bizantina de color verde es una seña de identidad única, nada habitual en la arquitectura religiosa de la Asturias rural. Desde esta plaza parte una ruta que permite descubrir los tesoros arquitectónicos ocultos entre los diversos barrios de la villa.

El paisaje amable y rural de la zona abraza edificaciones de señorial porte

Una de las construcciones más emblemáticas es la imponente Casa de Panchón, edificada en 1920 con una belleza y armonía notables. Pintada de un azul claro que resalta bajo el cielo despejado, destaca por su gran galería blanca y sus exquisitos forjados en balcones. Su propietario fue un mallezano que triunfó en el sector de la banca en América, aunque la depresión de 1929 lo llevó a la quiebra. En un gesto de solidaridad, sus amigos indianos de la zona se encargaron de su manutención cuando regresó definitivamente a su hogar natal. La vivienda, rodeada de jardines, se mantiene en perfecto estado, siendo una de las expresiones más selectas del repertorio residencial indiano de esta joya de Asturias.

No menos importante es la Casa de Don Vicente, una edificación que aúna materiales locales con innovaciones como el hierro y el hormigón. Vicente González de Llano, emigrante a La Habana, reformó una casa antigua incorporando volúmenes acristalados y un blasón familiar que expresaba su estatus. El interior de esta casona es un verdadero viaje en el tiempo, conservando maravillosos suelos de baldosa hidráulica con diseños variados. Resulta curioso encontrar detalles del pasado, como un timbre para llamar al servicio desde las habitaciones o indicadores de “libre” en los baños. Aunque su exterior pueda parecer más sobrio que otras residencias, su interior entrañable refleja fielmente la vida doméstica de la burguesía retornada.

En las proximidades de la plaza se encuentran otras joyas como Las Palmeras, casa construida sobre las ruinas de una antigua cuadra. Fue obra de José García, quien prosperó en Cuba con un comercio llamado El Escándalo, donde vendía desde licores hasta automóviles. Esta propiedad destaca por sus peculiares máscaras decorativas en los ventanales y una terraza que mira hacia un jardín de especies exóticas. Siguiendo el camino hacia la zona de La Granja, aparece Villa Alicia, una obra modernista con influencias vienesas diseñada por Julio Galán. Perteneció a Fernando Rodríguez Alonso, fundador de la administración de lotería más famosa de Cuba, conocida popularmente como La Dichosa.

Paneras y hórreos

La convivencia entre lo tradicional y lo indiano es una constante en Malleza, donde las paneras centenarias flanquean las modernas villas coloniales. Un ejemplo curioso es la panera de la Casa Cuervo, que presenta esquinas redondeadas, una característica poco común en este tipo de construcciones. La Casa Cuervo, que data del siglo XVIII, aporta un aire señorial de otra época con sus escudos y estructura rectangular. Al caminar por la avenida de San Juan, el viajero contempla cómo los hórreos conviven con las galerías acristaladas en perfecta armonía. Esta mezcla define el espíritu de la Asturias rural, demostrando que el progreso indiano no borró jamás las raíces campesinas del pueblo.

La zona ofrece una tranquilidad que enamora a simple vista, convirtiéndose en un destino imprescindible para quienes realizan la ruta indiana. Malleza, situada a solo once kilómetros de la capital del concejo, Salas, sigue siendo ese rincón apartado que merece la pena visitar. El viajero puede disfrutar de una comida tradicional mientras contempla el conjunto de casas señoriales desde alguna de las coquetas terrazas cercanas. El entorno natural que rodea a Malleza añade un valor paisajístico incalculable a su rico patrimonio arquitectónico de clara influencia americana. Durante el ascenso por zonas como La Caleona, se pueden contemplar vistas espectaculares del pico Aguión, la montaña más alta del concejo. También se puede disfrutar de bosques poblados de robles, castaños y abedules, donde es posible avistar rastros de corzos, jabalís o pequeñas ardillas. Lugares como La Parada invitan a la desconexión total en medio de la naturaleza asturiana. El murmullo del agua también está presente en fuentes como la de Francisco Pinón, considerada la mejor de la zona.

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